Un río que atraviesa un paisaje captura el mundo y lo devuelve acrecentado: un mundo cambiante y centelleante, más misterioso que el que solemos habitar. Los ríos recorren las civilizaciones del mismo modo que los hilos se ensartan en las cuentas, y apenas se me ocurre alguna época que no guarde relación con un gran canal navegable. Aunque las tierras de Oriente Medio están ahora más secas que la yesca, en otro tiempo fueron fértiles, alimentadas por el Éufrates y el Tigris, los fructíferos ríos de los que florecieron Sumeria y Babilonia. Las riquezas del antiguo Egipto se originaron en el Nilo, al que se consideraba la calzada que separaba la vida de la muerte y que estaba hermanado con los cielos por el vertido de estrellas que ahora llamamos la Vía Láctea. El valle del Indo, el río Amarillo: lugares en los que empezaron las civilizaciones, amamantadas por las dulces aguas que enriquecían la tierra con sus inundaciones. El arte de la escritura nació de forma independiente en estas cuatro regiones y no creo que sea una coincidencia que el advenimiento de la palabra escrita estuviera nutrido por aguas fluviales.

Un misterio envuelve los ríos y nos atrae hacia ellos, pues se alzan desde lugares recónditos y viajan por caminos que hoy no tienen por qué corresponderse con los de mañana. A diferencia de un lago o un mar, un río tiene un destino y la certeza con la que avanza posee algo que lo hace relajante, especialmente para quienes han perdido la fe en el lugar al que se dirigen.