Esa marejada de voces la deja un tanto desolada o, por el contrario, la inunda, como si la sudestada le trajera ideas nuevas para su escritura. La soledad del Delta es un deleite para el pensamiento y Gaby, la protagonista de A orillas de sí misma, interpretada por Marcela Guerty, se deja invadir por un coro que se expande y se acerca, que la tiene al acecho o la acompaña con una mansedumbre encantada.La estructura coral y arborescente hace de A orillas de sí misma una experiencia sonora impregnada de la lentitud y la velocidad de una naturaleza inmanejable. Sometida a su clamor, la mujer de esta historia se dispone a escribir una novela, aunque la narración adopta la forma de un diario de sus vacaciones en el Delta a lo largo de los años. De este modo, las constelaciones sonoras, las voces que dialogan en la cabeza de una escritora, se expresan en un coro conformado por diecisiete actores y actrices que leen el texto (al igual que Marcela Guerty), más desde su musicalidad que desde su sentido dramático.El trabajo que realiza Ciro Zorzoli se parece al de un director de orquesta. De hecho, el director se ubica entre la platea para señalar los ritmos de ese conjunto de intérpretes que se suceden tanto en la voz como en el abordaje inesperado del espacio. La correntada de voces responde a esa direccionalidad musical y convierte a los intérpretes en seres fantásticos, en habitantes de un pueblo, en la manifestación misma de la naturaleza o en las voces de la imaginación de la protagonista.El texto original es una novela escrita por Susana Pampín llamada Arroyo (Marciana Editorial, 2021), que aquí ha pasado por un proceso de edición y también de descuartizamiento escénico. Los personajes se agolpan, dicen los textos al unísono, abren el espacio como si fuera un río, generan imágenes y nos permiten acercarnos a las palabras como Juan L. Ortiz lo hacía al instalarse en el paisaje del Litoral. Hay algo existencial y abstracto que nos convoca. A orillas de sí misma no propone una historia, sino un ejercicio de desplazamiento de las palabras que retumban en nosotros y que se convierten en algo diferente del significado, de una relación causal o lógica. Los intérpretes extraen de esos textos una cadencia extrañada, una manera de leer casi física que desacomoda los sentidos.La enunciación de las fechas parece traer algo del orden de lo real a un mundo absorto en esta suerte de ópera contemporánea (de hecho, Marcela Guerty instala el formato de un aria o de un corifeo, y el coro cumple la función del recitativo), que les pide a los cuerpos una entonación más que un entendimiento.La escritura de Pampín supone una instancia de suspensión: una casa cerca del río, alguna visita, el amor de una pareja que se deshace y trae cierta melancolía, el silencio como otro estado de escucha ante la fragancia de una naturaleza que ofrece su lenguaje. La propuesta de Zorzoli alude a esa sonoridad del espacio y convierte a la palabra en paisaje, pero, al mismo tiempo, la forma remite a la introspección, a las voces que una escritora conjuga al momento de disponerse a trabajar en su novela o al llevar un diario de esos días desapacibles que abren el espacio para la aventura.La palabra, en su instancia sonora, deviene un cuerpo, como si conquistara cierta autonomía. Los intérpretes (Cecilia Ursi, Emilia Ladogana, Eugenia López, Fernando Morales, Fiamma Carranza Macchi, Gastón Guanziroli, Guadalupe Otheguy, Ignacio Torres, Jonás Elfenbaum, Juan Manuel López Baio, Julián Cardoso, Julián Chertkoff, Luciano Kaczer, Maite Mosquera, Natalia Tencer, Roberta Blázquez Caló y Valentina Remenik) parecen dejarse llevar por las palabras en una innovación donde las resonancias instalan algo del orden del ritual, una densidad salvaje, una conexión extrema entre lo dicho y esa selva que se impone y determina la escritura.La base experimental de esta obra, que forma parte de la programación del Club de Artes Escénicas Paraíso (en coproducción con el Centro de Experimentación del Teatro Colón), genera una relación entre el texto, la puesta en escena y la actuación totalmente dislocada, en la que el procedimiento adquiere un protagonismo decisivo al momento de marcar la línea narrativa. El hecho de que todos los intérpretes lean no convierte a A orillas de sí misma en un ensayo o en un espectáculo semimontado. Por el contrario, hay una elaboración minuciosa que hace de esa lectura una partitura, como si viéramos un conjunto de músicos que ejecutan instrumentos frente a un atril que, en este caso, se mueve y deambula junto con los desplazamientos de los actores y actrices. En esta obra, el cuerpo y la voz de los intérpretes se muestran como instrumentos ante el pianista en escena, mientras el piano será también un objeto del que saldrán sonidos anómalos y al que se le darán usos diversos, como plataforma alrededor de la cual los intérpretes intervendrán, cambiando su valor y su sentido.Zorzoli desacopla ciertas jerarquías escénicas. El escenario conserva su artificiosidad, no apela a una lógica realista; está claro que vemos intérpretes exigiendo de sus cuerpos y de sus voces el armado de otro espacio donde el ejercicio teatral deviene música. En la ejecución física y sonora, la máquina teatral es evidente y, de esta manera, observamos su transformación, su modo de aludir a algo ausente, pero que existe en el orden de lo imaginario. Algo tan sensorial, grupal, acompasado y sincronizado como una orquesta que hace vibrar sus instrumentos para que la totalidad de la pieza se haga presente en la suma de cada una de sus partes.*A orillas de sí misma se presenta el 25 y 26 de julio, a las 17, y el 28 y 29 de julio, a las 20.30, en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, Viamonte 1168. PC