Sanangó está “tan perdido en las montañas que podría ser el único pueblo en el mundo”. Lo rodea una naturaleza “escuálida y muda” y su centro estuvo alguna vez en La Golondrina, un local que no era más que “madera vieja, olor a orines, tierra mezclada con cemento”. Una taberna en la que bebían el aguardiente de Jeremías los “borrachos con manos grises, con almas ateridas por una aflicción incurable, los campesinos hijos de campesinos y de indios ya borrachos, de buscadores de oro enloquecidos por la montaña”. Dos de esos bebedores fueron Heraquio y Lautaro Cruz, hijo de “Lautara, la cruel” y conocido como “Patas de Mirlo”. Después de quemar La Golondrina azuzados por Nardarán, “un tipo irascible, colérico, pacífico sólo con sus animales”, Heraquio y Lautaro vagaron por las montañas buscando a Jeremías para que les revelase dónde guardaba su “aguardiente encantado”.Los campesinos le llevan a la Virgen aguardiente; dejan velas para que las almas de los muertos encuentren su camino Desde hace algunas semanas, Esther recorre las veredas del río Nauyaca para escribir sobre la estatua de la virgen de Sanangó, que se salvó del incendio de 1887, fue trasladada y más tarde desapareció misteriosamente. No va a escribir nunca su crónica. Pero su inmersión en el territorio —y en la circularidad de un tiempo mítico a cuya percepción contribuye en gran medida el aguardiente de bejuco, que todos beben— la confronta con otras realidades, o con su alucinación. El Nauyaca es “movimiento sosegado, continuo, fluido”, pero también “los despropósitos y los embaucos de la gente de esa región loca sin retorno” y la violencia sin causa y sin consecuencia que ciertas novelas atribuyen a los campesinos y a los tarados. Heraquio y Lautaro no encontraron nunca a Jeremías, pero es posible que al secreto de su bebida —que colmaba una sed tanto física como espiritual— ya lo conociesen todos: Zacarías Zambrano, de “longevidad sobrenatural”; el arriero Chiro Cuéllar; Cotrino Serrador, el médico que “servía en las veredas lo mejor que podía a humanos y animales, llevándolos también con venenos a la muerte, cuando los dolores de una enfermedad se hacían insoportables”; Corona Blanca; Sara Mojonales, “la evangélica recién llegada que se enfurece al descubrir que la gente en Sanangó le pone crucifijos a los perros para proteger por igual con la cruz de Cristo a los humanos y a las bestias”; Lidia, la niña que se convierte en anciana esperando el retorno de su abuelo y regala el aguardiente de bejuco a quien lo necesite, también a Esther.Andrea Mejía (Bogotá, 1978) es filósofa y escritora y ya había publicado los libros de cuentos La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (2018) y Quietud (2022) y la novela La carretera será un final terrible (2020) antes de que La sed se va con el río fuese finalista del Premio Rómulo Gallegos de 2025. Un cierto consenso —que surge espontáneamente en las conversaciones en Colombia y es producto de un entusiasmo genuino— sostiene que Mejía es una excelente ensayista, aunque no una de “las voces más singulares en la literatura colombiana actual”. De hecho, los lectores de La sed se va con el río tendrán la impresión de que ya han leído todo esto antes, en algún punto del recorrido que va de José Eustasio Rivera al Pedro Páramo de Netflix y pasa por Laura Esquivel, Isabel Allende y el Gabriel García Márquez más realista: los campesinos le llevan a la virgen aguardiente, flores y maíz y se emborrachan a los pies de su estatua; dejan velas en la puerta de sus casas para que las almas de los muertos encuentren su camino en la oscuridad; la naturaleza es alucinante y parece inducir alucinaciones en sus habitantes; el atraso se nos presenta —sorprendentemente— como una vida más verdadera que las otras.