Ángela Segovia es una mujer de los bosques. Desde pequeña frecuentó el pinar cercano a su pueblo natal, Las Navas del Marqués, un lugar con castillo y convento en la provincia de Ávila. Cuando murió su abuelo, que siempre le guiaba, siguió explorando el bosque en solitario, para preocupación de sus padres (no había telefonía móvil), e incluso cuando sus amigas, ya adolescentes, preferían ir a tomar algo a un bar antes que andar jugando por las veredas. La eterna atracción de la arboleda. La escritora paseaba, miraba el paisaje, se subía a las piedras (aunque asegura que no abrazaba árboles). El bosque tiene sus peligros: en su espesura siempre te puedes perder, sobre todo cuando anochece o si ha nevado. En el bosque duerme lo desconocido. El bosque está en los cuentos populares, en Caperucita roja —ahí vive el lobo—, en Hansel y Gretel, también en las novelas de caballerías, ambas inspiraciones de la escritora. Quien entra ahí sale transformado. “Hay algo misterioso en el bosque. El paisaje parece traducir tus emociones”, dice Segovia, de 38 años que esta lejos de aparentar, sentada ahora en un bar de la calle San Bernardo. Este es otro mundo: dentro del local martillean las obras del baño, fuera atrona el fragor del tráfico: Madrid, ciudad del ruido. En el bosque tampoco es que haya silencio: la actividad y el estímulo es constante, pero invisible para el urbanita de sentidos abotargados. También hay literatura.La obra de Segovia está traspasada por el bosque. Considerada una de las mejores poetas de su generación, galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández o el Félix Grande, hay mucho ramaje en sus poemarios. Pero ahora se ha adentrado en los oscuros caminos de una oscura novela, Joi (La uÑa RoTa). En ella, una niña de 12 años desaparece misteriosamente en la foresta nevada y es encontrada dos años después, silenciosa, sin explicar lo que ha pasado, y con una herida en la pierna que se niega a dejar cicatrizar, en el asfixiante ambiente de la institución mental. Como en una serie de pequeñas novelas dentro de la novela, en otro momento aparece un personaje diametralmente opuesto, Face, un escritor en formación que, además, es un asesino en formación. El camino de la vida hace que ambos se acaben juntando y transiten un París en el que resuenan ecos de los bajos fondos o de un malditismo por el que sobrevuela la figura de Arthur Rimbaud. Es un encuentro lleno de fría crueldad, en un texto intenso, plagado de simbolismo y elipsis. Segovia ya había hecho una incursión en la narrativa con antelación, en Las vitalidades (2022), una nouvelle que también salió de sus experiencias boscosas. “En realidad, en mi poesía siempre había coqueteado con lo narrativo: personajes, tramas, estructura, el paso fue algo natural. Las vitalidades fue como una voz que salía de eso, cuando había terminado la trilogía poética. Sentía que ya había explorado suficiente y que quería ir hacia lo desconocido”, dice. A la poesía se aficionó en la adolescencia, cuando empezó a transitar sola los árboles, y en su casa, donde se leían sobre todo novelas, comenzaron a llegar poemarios publicados por un periódico (no recuerda cuál): Lorca, Neruda, Vallejo. “Descubrí que era un lenguaje que me era natural”, afirma. A la investigación poética también ha dedicado el Seminario Euraca, de la que es artífice junto con las también poetas Luz Pichel o María Salgado, que surgió después de las acampadas 15M, en un momento de desconfianza en las instituciones, huyendo del academicismo, aunque no de la profundidad. Un grupo de personas que piensan juntas y de manera horizontal sobre la poesía y sus alrededores. La poesía, sin embargo, no está solo en los poemas. “Decía Bolaño que alguna de la mejor poesía del XX está en la narrativa, en Joyce, en Faulkner, yo diría que también en el propio Bolaño. Creo que la poesía tiene que ver con romper la conexión más directa entre signo y sentido o con las conexiones en el interior de la obra, ya sea la rima entre los versos o entre los planos en una película de Bergman”, añade Segovia. Joi, pues, trata de esa inocencia extrema, la de la protagonista, que de tan extrema parece íntimamente relacionada con la maldad. Segovia reconoce influencias del personaje artúrico de Perceval o de El Idiota de Dostoievski. “A Perceval, por ejemplo, el ignorar las normas, el no saber manejarse, esa inocencia casi ridícula, le lleva a un estado casi místico o sagrado”, dice la autora. Un mundo cada vez más cruel La inocencia, esa que escasea en un mundo, el de hoy, cada vez más cínico y cruel. “También por eso me interesa: es una cualidad que no es muy útil en nuestro mundo, porque la ironía se ha extendido muchísimo, pero no la ironía del siglo XX, sino una postironía en la que todo se convierte en una broma muy laxa y ridiculizable, esa que internet ha desplegado tanto y que también es una forma de poder”, dice la escritora, que concibe la inocencia más bien como una apertura a lo desconocido más allá de los relatos rígidos que manejamos.En el otro lado, la maldad, que Segovia vincula en este caso con la literatura, porque los escritores no son seres angelicales, ni siquiera los poetas; muchas veces son todo lo contrario. Jean Genet, reconocido ladrón; François Villon, poeta y asesino; el vicioso Marqués de Sade (hasta los ficticios escritores nazis que recoge Bolaño). De Rimbaud se dice que pudo estar implicado en un asesinato y que traficó con armas. “Hay una tradición que relaciona la literatura y el mal: mi personaje, Face, pasa la frontera del malditismo para llegar al mal más infernal”, dice la autora. En este libro Segovia quería trabajar el terreno de lo moral sin ser moralizante, por eso despliega un lenguaje despegado, lacónico, distanciado de la violencia. “Explorar cómo la inocencia puede levarte lugares demoniacos o cómo el mal puede llevarte a lugares casi sagrado: cómo al final son dos caras de la misma moneda”, dice. Escribió la novela en circunstancias muy especiales: tras el nacimiento de su hijo, de noche, en la cama, con el bebé encima, y tecleando febrilmente en el teléfono móvil, como al anochecer en un claro del bosque. Fue una vida disociada entre crianza y escritura, con el agotamiento propio de esa etapa, adentrándose cada noche en un mundo oscuro. Al terminar llegó la depresión, que duró un año. “Tiene sentido que acabara así”, dice. Los rigores de la maternidad no le alejaron de la escritura, porque para Segovia la escritura no es una actividad, sino una necesidad. “Los escritores siempre somos escritores, siempre estamos en una sublimación extraña, obsesionados con algo en lo que tienes fe y que da sentido a tu vida... e incluso al mundo. Al menos yo lo vivo así. Cuando pienso que el mundo es una mierda, miro a mi biblioteca y pienso, bueno, algo bueno hemos hecho”, concluye.