Tras pasar por medios como ABC, El Mundo, RNE, Onda Cero, TVE o Telemadrid, Isabel San Sebastián (Santiago de Chile, 1959) ha encontrado en la novela histórica un espacio desde el que rescatar del olvido a hombres y especialmente mujeres extraordinarias de la España medieval. Guerreras, reinas, peregrinos y personajes capaces de resistir lo inimaginable le permiten mirar el presente con una claridad que solo da el haber investigado vidas de otra época. “Somos una generación de gente con una escasísima tolerancia al dolor, al fracaso, al sacrificio, al miedo. Nos hemos instalado en una gran comodidad y desconocemos lo que fue la vida en la época que yo novelo”. Esa perspectiva histórica impregna también su forma de entender el envejecimiento en una sociedad obsesionada con la juventud. “Vivimos en la efebocracia permanente, una persona a partir de los 55 ya es desechada en la empresa o en la política; la experiencia es despreciada”, dice. Y sin embargo ella ha hecho exactamente el camino contrario. Reconoce que habría dedicado más tiempo a sus hijos y menos a una carrera absorbente —“si hubiera sabido lo que sé ahora, probablemente habría dedicado un poco menos a mi trabajo y un poco más a mis hijos”— y celebra haber podido corregir ese rumbo con sus nietos.Ahora, que acaba de publicar La venganza del apóstol (Plaza & Janés), reivindica una madurez libre de esclavitudes: se cuida, sí, pero no está dispuesta a vivir sometida al espejo ni a pedir perdón por las huellas de una vida intensamente vivida. Con los años, confiesa, ha ganado seguridad, perspectiva y sentido del humor, “y eso pesa muchísimo más que tener arrugas”. Necesita proyectos, seguir sintiendo curiosidad, seguir escribiendo. Envejecer, para ella, no consiste en parecer más joven. “Me dicen, ¿a qué edad volverías? A ninguna. Ahora mismo estoy en el momento más feliz de mi vida, con diferencia. Sin agobios, reconciliada conmigo misma”.¿A qué le da más importancia hoy en su vida?Lo primero de todo son mis nietos y mis hijos. Tuve una carrera preciosa como periodista, un privilegio enorme, pero ese trabajo tan absorbente me impidió estar con mis hijos todo lo que yo hubiera querido cuando eran pequeños. Visto con perspectiva, creo que fue un error. Si hubiera sabido lo que sé ahora, habría dedicado un poco menos a mi carrera y un poco más a ellos. Como las cosas no tienen vuelta atrás, lo que no quería era repetirlo con mis nietos. Así que en cuanto pude dije: hasta aquí llega mi carrera periodística.¿Cómo son sus días ahora?Mis hijos dicen que no tengo vida social, y es verdad. Pero es que ahora me apetecen otras cosas. Me paso largas mañanas en mi butaca leyendo, tomando notas, pensando. Y luego me impongo una disciplina muy rígida de escritura: empiezo a escribir sobre las nueve y media y no me levanto hasta las cinco o seis de la tarde. Antes doy un buen paseo con mi perro, y cuando termino doy otro. Los días que dedico a mis nietos son para ellos, y no escribo.Hablemos del oficio de escritora, ¿cómo consigue escribir una novela como La venganza del apóstol?Pensándola mucho antes de escribir una sola palabra. Necesito saber cómo empieza y cómo termina, de hecho, lo primero que escribo es la última frase. Yo entiendo una novela como una historia circular: todo tiene que encajar al final con la idea que propones al principio. Si no tengo ese círculo claro, no puedo terminarla. Y el trabajo de armarlo todo lo hago en Asturias, paseando por el bosque o por la playa. Con la paz que me da ese lugar. Ahí es donde hago el trabajo más difícil.Los personajes de sus novelas sobreviven a cosas terribles. ¿Qué le han enseñado sobre la fortaleza?Que somos generaciones con una escasísima tolerancia al dolor, al fracaso, al sacrificio y al miedo. Cuando escribía sobre la reina Urraca hice andando el Camino del Salvador. Cuando pienso en la cantidad de veces que Urraca recorrió esos caminos, a lomos de una mula o andando, sin ropa técnica, sin nada y sin quejarse, pienso: qué blanditos somos, qué poco duraríamos en esta época. Hay una imagen pública de la mujer medieval como una damisela frágil con la trenza, tirándola por la ventana para que la rescaten. Y es lo contrario. Eran mujeres capaces de aguantar muchísimo. Para empezar, dar a luz ya era jugarse la vida. Y aun así lo hacían.Somos generaciones con una escasísima tolerancia al dolor, al fracaso, al sacrificio y al miedoIsabel San SebastiánY muchas veces, reducimos la Edad Media a una época de oscuridad y brutalidad.El cine tiene mucha culpa de eso. Nos ha presentado la Edad Media como un lugar en blanco y negro. Y es falso. Era un mundo de colores, de símbolos, de significado. Las iglesias estaban pintadas. Los vestidos eran preciosos. La gente hablaba, cantaba, vivía en comunidad. Por ejemplo, las campanas de las iglesias simbolizaban la voz de Dios y cada toque significaba algo distinto. La gente leía el vuelo de las aves o las cenizas de una hoguera. Era un mundo muy duro, sí, pero también profundamente vivo y profundamente espiritual.Hoy parece que estamos volviendo a buscar algo de esa espiritualidad.Lo he pensado mucho últimamente. Hace veinte o treinta años España vivía un tiempo de esperanza: Europa, prosperidad, crecimiento. La esperanza estaba puesta en lo cercano, en lo material. Ahora esa esperanza se ha apagado. Los jóvenes no pueden independizarse, no pueden acceder a una vivienda, los trabajos están muy mal pagados, la política da vergüenza. Y cuando desaparece la esperanza en lo mundano, uno busca esperanza en lo trascendente. Yo no soy creyente, pero respeto profundamente las creencias de los demás. Es imposible vivir sin esperanza. Si tienes veinte años y todos son barreras, es imposible.La escritora acaba de publicar nueva novela. Amaya Aznar¿Y a los 67 ve la vida más fácil que a los 20?Con esta edad tienes menos fuerza, pero tienes algo que no se compra: perspectiva y serenidad. Me he pasado buena parte de mi vida sintiéndome terriblemente insegura, culpable, como madre, como profesional, como mujer. Eso me acompañó durante muchos años. Ahora he ganado en seguridad, en sentido del humor, en capacidad de disfrutar de cosas muy sencillas. Y eso pesa muchísimo más que tener arrugas.¿Está reconciliada con el tiempo que pasa?Sí, lo llevo bien. De hecho, mira mis canas. Mi hijo me dice que él tenía una madre rubia. Le digo: no, tenías una madre con mechas. Ahora ya no las llevo. Uno intenta cuidarse, te pones una crema, andas para estar un poco en forma. Pero hay cosas que no se pueden evitar, y esta carrera contracorriente para intentar evitar el paso del tiempo me parece grotesca. Pertenezco a una generación de mujeres a quienes nos enseñaron que lo importante no era el físico, era el coco. Cuando yo tenía veinte o treinta años, que te valoraran por tu físico era casi un insulto profesional. Ahora es al revés. Y yo hice pronto el proceso intelectual de aceptar el paso de los años. Me miro al espejo y me reconozco en lo que yo quería ser.Lee también¿Y qué ve?A una mujer que no se ha traicionado. Que no ha cambiado sus principios fundamentales, que no se ha vendido, aunque haya pagado un precio por ello. Mi vida está hecha. Ha sido una vida muy fecunda: en lo personal, porque tengo dos hijos y cinco nietos; en lo profesional, porque hice un trabajo que me encantó; y en lo literario, porque he podido escribir lo que quería escribir. Y eso da una paz que no tiene precio. Me dicen: ¿a qué edad volverías? A ninguna. Ahora mismo estoy en el momento más feliz de mi vida, con diferencia.Y sin embargo, a veces la sociedad trata la madurez como si fuera un defecto.Vivimos en la efebocracia permanente. A partir de los 55 años uno empieza a ser descartado: en las empresas, en la política y hasta en la literatura. Tú ves quiénes triunfan hoy en el mundo literario y son criaturas que es imposible que tengan la experiencia vital necesaria para escribir algo con profundidad. No digo que no tengan talento, pero hemos confundido juventud con valor y madurez con obsolescencia. La humanidad ha escuchado a sus mayores durante siglos y, de golpe, hemos decidido que la experiencia ya no vale la pena.Hemos despreciado la experiencia cuando precisamente es una de las pocas cosas que solo se adquiere viviendo.Tú ves quiénes triunfan hoy en el mundo literario y son criaturas que es imposible que tengan la experiencia vital necesaria para escribir algo con profundidadIsabel San SebastiánDespués de todo lo vivido, ¿cuál diría que es el secreto para envejecer bien?Lo fundamental es aceptar que la vida pasa. Y, en mi caso, disfrutar enormemente de mis nietos. Tengo amigas que me dicen: “Qué horror ser abuela”. ¿Qué horror?, les digo. ¡Pero si es lo mejor del mundo! No envejeces, te rejuveneces. Te tiras al suelo a jugar, vas a parques de atracciones y te lo pasas bomba. Y luego recibes un amor que es muchísimo mejor que cualquier bótox o cualquier tratamiento de belleza. Las sonrisas que te regalan los nietos no las consigue ningún cirujano. Y luego está la paz que te da saber que has vivido de acuerdo con tus principios. Que no te has vendido. Que no te has traicionado a ti misma. Aunque hayas pagado un precio, eso te da una serenidad inmensa.¿Aparte tiene a muchos lectores que le siguen, imagino que esto también le aporta felicidad?Por supuesto, la mayoría de mis lectores es un público adulto, sobre todo mujeres, porque en España las mujeres leen mucho más que los hombres y porque yo escribo historias donde ellas tienen un papel muy importante.Lee tambiénSan Sebastián ha pasado por varios españoles. Amaya Aznar¿Hay algún encuentro con un lector que recuerde con especial emoción?Recuerdo a un militar español que esperó más de dos horas en una firma para que le dedicara dos novelas. Cuando llegó hasta mí me dijo: “Estos libros me acompañaron en una misión en Irak y en otra en Afganistán. Gracias”. Y aquello me llegó al alma. También mujeres que me han contado que una de mis novelas las acompañó mientras cuidaban a una madre enferma o a un marido en sus últimos días. Eso te hace consciente de la responsabilidad enorme que tiene escribir. De que, quizá durante unas horas, estás ayudando a alguien a olvidarse del dolor o del miedo. Y eso es un privilegio inmenso.¿Qué libros la han acompañado a usted durante su vida?Tuve una adolescencia bastante complicada y solitaria. Mi padre era diplomático y cambiábamos continuamente de país. En aquellos años me refugié muchísimo en la literatura francesa: Camus, Flaubert, Zola, Malraux… Me acompañaron de verdad. He releído varias veces La peste, de Camus, y cada vez me gusta más. El doctor Rieux me parece uno de los personajes más hermosos de la historia de la literatura. También recuerdo leer todos los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós estando embarazada de mi primer hijo y viviendo sola en Alemania.Escribir tiene una responsabilidad enorme; quizá durante unas horas estás ayudando a alguien a olvidarse del dolor, y es un privilegio inmensoIsabel San Sebastián¿Y le ha costado despedirse de alguno de sus personajes?Sin ninguna duda de Alana de Coaña. Es mi alter ego medieval. La protagonista de La visigoda, coprotagonista de Astur y también de La peregrina. Es el personaje que más se parece a mí. Habita además una época que me fascina especialmente: esa alta Edad Media asturiana, brumosa, llena de bosques y de magia. Me costó muchísimo asumir que tenía que dejarla atrás, que los siglos avanzaban y ya no podía rescatarla más. Aunque sigue viva. Siempre hay un linaje de ficción en mis novelas y, de alguna manera, Alana continúa respirando a través de él.¿Le queda mucho por escribir?La próxima novela me enfrenta a Isabel la Católica, y eso es un desafío enorme. Tengo que estudiarme otra época a fondo, impregnarme de un personaje gigantesco. No sé si me llevará dos o tres años. Pero prefiero hacerlo bien que hacerlo rápido. Y mientras tanto, aquí estoy: con mis nietos, con mi perro, con mis paseos por Asturias. Que no es poco.