Concha Alós (1926-2011) fue una destacada escritora española adscrita al realismo social. Se la considera coetánea de la generación del Medio Siglo —aquella nómina de autores nacionales que nacieron en los años veinte del siglo pasado y que comenzaron a publicar en la década de los cincuenta—. Sí hombre, sí, Josefina Aldecoa, Ana María Matute, Ferlosio. Ya sea por ser una chica de provincias, por pertenecer a una familia de clase obrera y republicana, por ser mujer y divorciada y, en el mejor de los escenarios, una anomalía literaria, ganó el Planeta hasta en dos ocasiones. Decido pensar que la representación de la desigualdad de clase y género condicionó su recepción en la España franquista y favoreció su olvido posterior. En ese entorno atravesado por el milagro español del generalísimo, la clase media española, ¿cómo pensar si quiera que una autora abriese la boca para representar a los Espín, una familia española venida a menos, en 1969? A Franco apenas le quedaban seis años de vida y los tecnócratas del Opus Dei habían puesto en marcha la nación de cara al exterior. Spain is different! Y el mundo debía saberlo. Esa España desmentida tomaba cuerpo en La madama: una novela experimental, sórdida y de una agilidad prosística vertiginosa, donde se contaba, desde la óptica de dos narradores distintos, las desventuras de una familia media española con un miembro importante del clan en presidio. Además, incluía una mirada crítica, estrangulante y divergente sobre la vida de las mujeres. Sin embargo, la oportunidad de este texto se vio cuestionada por uno de los principales aparatos represores del régimen: la obra de Concha Alós se peleó con el censor día sí y día también. En dictadura, el censor medio en España fue un burócrata para quien los libros a evaluar eran una sopa de letras. Ojo, dice fascismo. ¿Por qué no cambiarlo por franquismo? También era un tipo de lector que tenía una fijación singular con lo escatológico. Ir de vientre, no, muy vulgar. Mejor comer. Con toda probabilidad, su momento más humilde consistiese en que su jornada laboral pasase por el utilizar un bolígrafo rojo con el que hacer una enmienda a la totalidad e irse a casa después. Es una lástima, mucho crítico y lector hoy procede de la misma forma: evalúa, simpatiza, pero no evita señalar con mezquindad desde la envidia.Hay autores que participan del campo editorial en ese momento que dicen sin decir, pero ella dijo diciendoLa madama, ahora recuperada en La Navaja Suiza, es la última obra de Alós en la que decide actuar de testigo de ese tiempo educado a la antigua, más que a las órdenes de un mercado editorial en plena ebullición y sus tendencias. El censor a veces marca lo que se dice al tuntún y exhibe una vaguería en su inspección de libro. Por las notas de Nieves Ruiz Pérez, responsable de esta edición, va en aumento esa pereza ancestral. El ‘justifique su respuesta’ menos original que se haya leído nunca. El censor solo tenía que buscar palabras que no pudiesen decirse y proponer sustituirlas por otras. El editor, en cambio, era un hombre pidiéndole a otro que trabajase y que lo hiciese para defender sus intereses, no sé si tanto los de la autora en cuyo nombre actuaba. La ineptitud de la censura, holgazana superlativa, pasaba por leer literalmente. El humor de Alós es un humor que reside en parodiar lemas que marcaron una época y en su letra apreciamos una intencionalidad creativa moderna y combativa. No en pocas ocasiones, su literatura insinúa que la censura caerá como institución, pero que algunas inercias permanecerán. Ella llega, incluso, a verbalizar este modus vivendi en esta novela: “Viejas costumbres, enseñanzas que se te pegan como una costra, que mueren con uno”. Alós, una genuina superviviente del intelecto, un cabezón poderoso. Un ejército frente a los costrosos que vendrán. Hay otros autores que igualmente participan del campo editorial de ese momento que dicen sin decir, pero Concha Alós dijo diciendo. Tal vez creyese que cuanto más bruta y certera en la expresión fuese su voz, más abrumadora le sería la lectura a quien recibiese el texto. No se equivocó. Ahora, los reproches que se le hicieron fueron más desconcertantes desde la prensa del momento que desde la maquinaria represora. Para la mujer española que intervino en aquellas industrias culturales, el auténtico censor era ese crítico mediocre que veía en las voces de las mujeres que escribían un competidor duro y magnético. No sé si siento más lástima por los comentarios tímidos de los censores o por los críticos de la época. Ruiz Pérez en su prólogo a la edición comenta que la situación de la mujer española no ha sufrido tanto cambio y que, pese a que nos sorprendan ciertas cosas, hay otras que siguen intactas. Eso considero yo respecto a la crítica literaria hoy a la hora de enfrentarse a según qué textos, a según qué nombres. A según qué temas, digámoslo ya con toda la claridad. ¡La preocupación en los temas y quién puede ofrecer sobre ellos un abordaje literario! A todas esas llamadas de atención que se hacen pasar por comentarios, observaciones y notas que son más juicios que análisis críticos. El cuento no ha cambiado mucho desde Santa Teresa; entre Dios y la mujer, el inquisidor, solo se incorporó un mediador más de cara a poder expresarse públicamente; entre la literatura y la mujer, el censor, o varios, y el editor. Logísticamente, algo muy complicado, si me lo permiten. El triunfo del correveidile. Hoy en día diríamos que las redes sociales son el tercero en disputa. Ando segura de que si compartiese estas intuiciones con la propia Alós en una suerte de ouija ella me diría algo así como que con la Iglesia me topé, ella que sorteó tantas veces aquellas oraciones insulsas desde el genio y la rabia. Sobre todo, desde la ira. Y no hay nada que disguste más a un hombre presumiblemente feliz que una mujer iracunda, que es otra forma de decir que la feminidad es un estandarte susceptible de perder el juicio. La madamaConcha AlósLa Navaja Suiza, 2026274 páginas. 18,50 euros
Concha Alós, la novelista olvidada que narró la clase media durante el franquismo
La escritora pertenece a la generación de los niños de la guerra, y fue una anomalía en el sistema literario español. Se recupera su novela ‘La madama’ sin los torpes cortes de la censura






