Ignacio Aldecoa nació un 24 de julio, hace 100 años, y murió solo 44 años después. En ese breve tiempo de vida se hizo un nombre dentro de la generación del 50 (con otros como Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Juan Benet, Carmen Laforet o Juan Goytisolo), que se dedicó, entre otras cosas, a dar testimonio de las durezas sociales del franquismo (la pobreza, la injusticia, la represión) en un momento de periodismo censurado.
“La generación del 50 tuvo que poner de nuevo en marcha el motor de la cultura, fue el primer intento de narradores españoles por salir de la grisura y el solipsismo hispánico de la primera posguerra”, explica Fernando Ariza, novelista, crítico y profesor titular de Literatura Española en la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Paradójicamente, aunque esta corriente supuso la primera nota discordante de la dictadura, pasó a la posteridad vinculada al franquismo más plúmbeo.
Aldecoa, que cultivó generosamente el relato y publicó cuatro novelas memorables (su obra se encuentra en Alfaguara), es especialmente conocido por ese realismo social, por el cuidado y la empatía con el que puso el foco en las clases populares, los trabajadores, también los seres marginados. Los pescadores de sus novelas Gran Sol y Parte de una historia, el hombre gitano huido en Con el viento solano o las mujeres de guardias civiles en El fulgor y la sangre, entre tantos y tantos relatos que trataron con precisión cirujana la realidad su época. Camareros, campesinos, boxeadores y marineros, muchos marineros.






