Siempre he admirado la belleza de los animales. Esa mancha rosa de los flamencos que convierte el cielo en un rothko, por ejemplo, o la ligereza sincronizada de las gacelas ante la amenaza de la muerte depredadora. La maravilla de contemplar, por ejemplo, el galope de una manada de caballos. En la infancia conservamos aún esa bella libertad animal pero al crecer nuestros cuerpos se van preparando para servirnos como prisión (mental) en vez de para galopar desnudos en verdes praderas. El control social que se ejerce sobre nuestros cuerpos es tan salvaje que lo más bello que tenemos se ha convertido en una maldición. Y esa carga se hace más pesada que nunca en verano. Por este motivo he decidido convertirme en yegua, como mínimo hasta el otoño.
La maravilla de contemplar el galope de una manada de caballos es que nadie estigmatiza sus cuerpos. Cualquiera comprende su belleza pero nadie piensa “qué gordo está ese percherón”, “pobre aquella que ya no puede parir” o “qué fea le cuelga la tripa al semental”. No es que los caballos no tengan edad o medidas corporales, es solo que en los cánones privados de su belleza nada tienen que ver ellas. Yo en cambio soy una humana social y por eso tengo que controlar mi cuerpo, juzgarlo y someterlo.






