El señor Hichem Miraoui, de origen tunecino, fue asesinado a tiros el pasado sábado en el sur de Francia. La Fiscalía Antiterrorista gala ha asumido esta semana la investigación del asesinato como un crimen de carácter racista vinculado a la extrema derecha, primera vez que lo hace desde su creación en 2019. El hombre detenido como presunto asesino había dejado un inequívoco rastro racista e islamófobo en las redes.
Días antes, en Alemania, la policía había detenido a cinco jóvenes de la órbita ultraderechista por presuntamente planear ataques contra migrantes o contra adversarios políticos.
A finales de abril, también en Francia, un joven maliense fue asesinado a puñaladas en una mezquita.
En diciembre, la justicia británica constató la voluntad terrorista de un ataque con cuchillo perpetrado años atrás por el neonazi Cavan Medlock en un despacho especializado en derecho migratorio. No ha sufrido condena penal por ello por haber caído, después del ataque, enfermo mentalmente.
Se trata de un puñado de episodios —dentro de una serie más amplia— que constituyen una derivada extrema y execrable de la progresiva afirmación de un coacervo de ideologías nacionalistas y supremacistas, uno que avanza con fuerza en gran parte del mundo, y en Europa también, desgraciadamente. El galope de ideas que sin mucha finura exaltan las loas de la civilización propia, pretenden mantener su pureza y dibujan a los otros como amenaza en múltiples niveles —socioeconómico, cultural, geopolítico— claramente supone un caldo de cultivo propicio para el brotar de plantas enfermas, por lo general solitarias, pero también con algunos casos de construcción de red.









