Mientras lo estuvimos llamando “Veronés”, era un pintor —uno de los grandes, desde luego— aunque algo difuminado entre las otras personalidades, más estridentes y ruidosas, de Tiziano o de Tintoretto, cuyas siluetas de recortaban con más nitidez al contraluz de aquella época, ya de por sí una cima histórica. Con esta magnífica exposición dedicada ahora a Paolo Veronese (1528-1588) concluye el recorrido de casi 20 años (los Basanno, Tiziano, Tintoretto…) con el que el Museo del Prado ha descrito la línea troncal de la colección veneciana de los Austrias que anima su propia identidad de museo y, de paso, la genealogía más ilustre de la pintura española.
Pero esa condición específicamente pratense no es lo que más importa. Las interdependencias entre las diversas secciones de la muestra tienen la virtud de plantarnos ante un pintor muy diferente, en gran medida redescubierto. Por un lado, está su difícil cronología, los maestros (Rafael o el Parmigianino) cuyos ecos recoge el joven pintor que forja su estilo, y están los discípulos (Rubens) imposibles más tarde sin su influencia.
Por otro, está la recreación de su proceso de trabajo y el del taller, que debieron de ser trepidantes, al menos desde que los encargos venecianos se hicieron abrumadores. Y está la crucial implicación de la arquitectura, el teatro en el que se hacía realidad la ficción celeste de la pintura, superior a la verdad de la vida. De hecho, en la sala principal, la arquitectura sirve, sobre todo, para acusar el contraste entre la serenidad escénica de Veronese y la abismada perspectiva de Tintoretto, sobre la que cualquier elemento parece desperdigado. Y está, finalmente, el dramático pintor en que se convirtió al cabo de su vida quien había sido antaño el artista más jubiloso del Renacimiento. Quiero decir que todo esto contradice aquella visión, casi espontánea, de un pintor que se agotaba en su papel de hilo musical de época.






