Una exposición en el Reina Sofía reivindica al pintor cántabro como un creador para el que el arraigo en la sensibilidad física del arte y de la vida resulta irrenunciable

Si, como hemos visto últimamente, el Premio Velázquez no estuviera dedicado a la fabricación política de un arte puramente gubernativo, un pintor como Juan Uslé ya lo hubiera recibido hace tiempo (y mucho antes, claro, Cristino de Vera, José María Yturralde o Aurèlia Muñoz). La gran exposición Ese barco en la montaña, resumen de 30 años de pintura, magníficamente comisariada por Ángel C...

alvo Ulloa, nos pone delante de los ojos una evidencia que, por lo visto, es en vano querer explicar a quien no la percibe. Por si no fuera suficiente, un rato de charla con el propio Uslé desvela señales inequívocas: su lectura de Velázquez, pájaro solitario o su gusto por la pintura de Ortega Muñoz (y por la de Mark Rothko o Sigmar Polke, naturalmente) no hacen sino ratificar la certeza de encontrarnos ante el otro arte, el arte verdadero.

Pasada la mitad de los ochenta, la pintura rescatada comenzaba a estilizarse demasiado. Uslé se presentó entonces con unos lienzos densos y sombríos, y sobre todo cargada de materiales. El Elorrio, un viejo carguero que fue tragado por la virazón del mar justo al pie de la costa cántabra junto a la que vivía de niño, ha ido siempre con él. Pero ya no podría saber si se trata, en realidad, de un recuerdo: el barco, la noche, las siluetas de los vecinos impotentes al borde de los acantilados, el rugido de la tempestad, pasaron a la superficie plana de las imágenes de prensa. Y esa especie de transfiguración del recuerdo en formas gráficas también está desde siempre en la complicación de sus visiones. El exiguo piso que compartía con Vicky Civera cuando estudiaban en Valencia obligaba a su compatibilidad como dormitorio y laboratorio fotográfico —bombilla roja, paredes pintadas de negro—. Y la fotografía tendrá, finalmente, en Línea Dolca (2008-2018) el protagonismo que le otorga un cazador de imágenes callejeras asombrosamente emparentadas con sus propias pinturas (no al revés).