En el pequeño pueblo de Gatika (Bizkaia, 1.600 habitantes), varios jubilados observan atentamente unas obras. A simple vista, la escena parece cotidiana, como tantas que se repiten en otros puntos del país. En este caso, hay algo diferente, ya que los tres hombres visten petos amarillos y se hacen llamar Boluntak (voluntades, en euskera). No están ahí por curiosidad, sino para “vigilar que se haga el mínimo daño posible” en el avance de uno de los proyectos energéticos más ambiciosos de España y Francia: el inicio de la interconexión eléctrica entre Gatika y Cubnezais, en el país vecino. Será la primera conexión submarina de alta tensión entre ambos países.
Esta escena se repite todos los días durante el horario laboral de los obreros desde hace dos años, cuando los camiones empezaron a circular y las excavadoras, a operar en las seis hectáreas que ocupa la nueva subestación conversora. Los boluntak representan a la plataforma popular Interkonexio elektrikorik ez (No a la interconexión eléctrica), integrada por medio centenar de vecinos de este municipio y de otros próximos como Maruri-Jatabe o Lemoiz, todos en esta zona verde del norte de Bizkaia.
Su portavoz, Óscar Elordui, afirma que la conexión eléctrica actual es “más que suficiente” y cree que esta nueva infraestructura “será ineficiente”. El resto de miembros de la plataforma asiente al escuchar esta reivindicación en el lugar donde atienden a EL PAÍS, un txoko municipal, muy próximo a las obras. “Este proyecto destruirá zonas rurales y de arbolado protegido; pondrá sus cables en el océano, afectando a la fauna marina; y alterará zonas urbanas y de senderismo”, añade.







