Paco Durandeau es un ingeniero francés que reside en un apartamento de Hendaya (Francia) ubicado a un paso de la playa y desde el que tiene unas vistas envidiables a la bahía de Txingudi y el monte Jaizkibel. Todos los días pasan por encima de su vivienda varios aviones a reacción que maniobran para despegar y aterrizar en el aeropuerto de San Sebastián, en Hondarribia. Este modesto aeródromo, inaugurado hace 70 años, se encuentra a vista de pájaro desde su terraza. Desde su privilegiada torre de control suele grabar los movimientos de las aeronaves con el propósito de difundir las molestias que generan en la población francesa fronteriza (18.700 habitantes, muchísimos más durante el verano). Durandeau ha decidido lanzar una campaña de recogida de firmas contra el aeropuerto guipuzcoano que ya ha sumado, hasta este miércoles, 870 adhesiones en poco más de un mes y medio: “Stop a los vuelos del aeropuerto de San Sebastián dañinos e inútiles sobre Hendaya”, pide en su iniciativa a través de change.org.
El enfado que muestran Durandeau y otros vecinos de Hendaya, al que años atrás han solido sumarse mandatarios de esta villa costera, viene de lejos y tiene que ver con las dificultades técnicas que tienen que solventar los pilotos cada vez que enfilan los aviones hacia la pista de Hondarribia, una instalación de reducidas dimensiones (1.754 metros) y condicionada por las limitaciones del entorno por estar encajonada entre el mar y la montaña. “Sufro a diario las consecuencias de 24 vuelos del aeropuerto español de San Sebastián”, dice el citado ingeniero hendayés, “que causan contaminación acústica y la acumulación de queroseno quemado, sospechoso de ser cancerígeno”. “El impacto en nuestro medio ambiente y nuestra salud es preocupante y es hora de que actuemos para poner fin a esta polémica”, expone en su campaña de protesta.







