La Diputación de Álava amenaza a la de Burgos con cortar en el futuro el convenio de administración de servicios a una zona burgalesa en suelo alavés
Las pintadas en las puertas y las pegatinas en las farolas revelan el sentir popular: “Lehen orain eta beti Araba bai!” o “Trebiñu Araba Da”. Es decir, “primero, ahora y siempre ¡Álava, sí!” o “Treviño es Álava”. Hay ikurriñas y mensajes reivindicativos en euskera, el callejero usa esa lengua cooficial y el castellano y hasta el contenedor de Cáritas lleva un en vasco. Pero es Burgos. El histórico condado de Treviño (1.500 habitantes en 48 núcleos) pertenece a esta provincia castellana, y por tanto pertenece a la Junta de Castilla y León, pero late por Álava. Su gestión depende de conciertos entre la Diputación alavesa (PNV) y la burgalesa (PP), juntas y revueltas según la época y ahora en t...
ensión porque la de Álava amenaza con cortar los convenios en 2029, cuando vence el actual. Burgos intenta calmar las aguas y reivindica sus prestaciones mientras en Treviño miran para Vitoria, se despiden con “agur” y piden zuritos en los bares.
La calle Mayor, o Nagusia kalea, plasma las dos almas: una Caja Rural de Burgos y una Kutxabank, cara a cara. La gasolinera-bar retiene a parroquianos y conductores al son de Ramoncín y su Vamos muy bien, título cuyos parroquianos no corroboran sobre el encaje de Treviño. En la puerta, un cartel del mago Antxon. Carlos Berganzo, de 68 años, tira de geografía: “Yo soy de Vitoria, solo tienes que mirar el mapa y ver dónde está el condado”. Muchos de los vecinos viven en esa ciudad, a 15 kilómetros, y matriculan en sus colegios a los niños o trabajan y compran allí pese a su residencia burgalesa. El gran conflicto es por la Sanidad: tienen un centro médico con doctor 24 horas, pero en caso de problema grave les toca ir a Miranda de Ebro, relativamente cercano, pero si es muy serio les puede tocar el Hospital de Burgos, denuncian, a más de una hora de coche, con el centro vitoriano de Txagurritxu a un brinco. Los treviseñes señalan en la localidad Pancorbo, con su mítico viaducto, como frontera imaginaria: varios afirman “¡Después de Pancorbo, nada!”, tanto en el interés de la Diputación como por esos “politiquillos que cambian de chaqueta” cuando lo cruzan apunta uno de los entrevistados.






