“Argentina no es solo un mal perdedor”, afirmó un columnista de “The Spectator”, sino un “horroroso ganador”. Prosiguiendo con una línea editorial generalizada en Gran Bretaña, y que no hace sino expresar la frustración de un antiguo imperio frente a su inimaginable derrota futbolística, el dedo intentó apuntar a la “arrogancia” del equipo vencedor. En ese sentido, la banderola que desplegó el equipo argentino luego de su triunfo, descrita como “desgraciada y mentirosa”, era la prueba contundente de una “leyenda” (Las Malvinas son argentinas) absurda. Porque, a pesar de que la inobjetable victoria blanquiceleste les otorgó a millones de argentinos el privilegio de una clasificación con “dignidad”, al resentido contrincante le ganó, de acuerdo a “The Spectator”, la “falta de compasión y la crueldad”. Lo que me lleva directamente a lo que nunca se menciona en estos ataques: el impacto emocional de una guerra terrible en la que centenares de jóvenes reclutas argentinos fueron enviados, por un dictador alcoholizado, a una muerte segura. Y, aunque han pasado 44 años de un acto vil e inhumano, entre los centenares que cometió una dictadura asesina, todavía nos duele. Tanto o igual como la arrogancia –vale regresar al concepto de “The Spectator”– de un thatcherismo que utilizó la estupidez e irresponsabilidad del general Galtieri para reforzar la imagen y el poderío militar de una potencia en declive.

El exjefe del Ejército analiza el impacto de la victoria celeste y blanca, traza paralelismos entre la cohesión del equipo de Scaloni y la templanza de sus tropas en 1982, y…

El gesto de los jugadores de la selección de fútbol, que sacaron una pancarta tras vencer a Inglaterra, incomoda al Gobierno ultraderechista mientras las voces expertas señalan…