Por Carmen McEvoy Historiadora Actualizado el 19/07/2026, 06:58 a.m.Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.Ilustración: Giovanni Tazza “Argentina no es solo un mal perdedor”, afirmó un columnista de “The Spectator”, sino un “horroroso ganador”. Prosiguiendo con una línea editorial generalizada en Gran Bretaña, y que no hace sino expresar la frustración de un antiguo imperio frente a su inimaginable derrota futbolística, el dedo intentó apuntar a la “arrogancia” del equipo vencedor. En ese sentido, la banderola que desplegó el equipo argentino luego de su triunfo, descrita como “desgraciada y mentirosa”, era la prueba contundente de una “leyenda” (Las Malvinas son argentinas) absurda. Porque, a pesar de que la inobjetable victoria blanquiceleste les otorgó a millones de argentinos el privilegio de una clasificación con “dignidad”, al resentido contrincante le ganó, de acuerdo a “The Spectator”, la “falta de compasión y la crueldad”. Lo que me lleva directamente a lo que nunca se menciona en estos ataques: el impacto emocional de una guerra terrible en la que centenares de jóvenes reclutas argentinos fueron enviados, por un dictador alcoholizado, a una muerte segura. Y, aunque han pasado 44 años de un acto vil e inhumano, entre los centenares que cometió una dictadura asesina, todavía nos duele. Tanto o igual como la arrogancia –vale regresar al concepto de “The Spectator”– de un thatcherismo que utilizó la estupidez e irresponsabilidad del general Galtieri para reforzar la imagen y el poderío militar de una potencia en declive.Conforme a los criterios deTipo de trabajo: NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.
Fervor y memoria de una Argentina irreductible
“Argentina no es solo un mal perdedor”, afirmó un columnista de “The Spectator”, sino un “horroroso ganador”. Prosiguiendo con una línea editorial generalizada en Gran Bretaña, y que no hace sino expresar la frustración de un antiguo imperio frente a su inimaginable derrota futbolística, el dedo intentó apuntar a la “arrogancia” del equipo vencedor. En ese sentido, la banderola que desplegó el equipo argentino luego de su triunfo, descrita como “desgraciada y mentirosa”, era la prueba contundente de una “leyenda” (Las Malvinas son argentinas) absurda. Porque, a pesar de que la inobjetable victoria blanquiceleste les otorgó a millones de argentinos el privilegio de una clasificación con “dignidad”, al resentido contrincante le ganó, de acuerdo a “The Spectator”, la “falta de compasión y la crueldad”. Lo que me lleva directamente a lo que nunca se menciona en estos ataques: el impacto emocional de una guerra terrible en la que centenares de jóvenes reclutas argentinos fueron enviados, por un dictador alcoholizado, a una muerte segura. Y, aunque han pasado 44 años de un acto vil e inhumano, entre los centenares que cometió una dictadura asesina, todavía nos duele. Tanto o igual como la arrogancia –vale regresar al concepto de “The Spectator”– de un thatcherismo que utilizó la estupidez e irresponsabilidad del general Galtieri para reforzar la imagen y el poderío militar de una potencia en declive.










