11 de septiembre, 2026 - 06h00Hace 25 años me encontraba en Pembroke Pines, una ciudad cerca de Miami. La mañana del 11 de septiembre desperté alrededor de las ocho y media y encendí el televisor. Todavía somnoliento, vi una de las Torres Gemelas del World Trade Center envuelta en humo. Por un instante pensé que se trataba de una película. Entonces apareció un avión y se estrelló contra la otra torre, que quedó cubierta por una enorme llamarada. Comprendí que aquello estaba ocurriendo realmente.Después vimos lo inconcebible: las dos torres se desplomaron, una tras otra.Debía regresar a Ecuador dos días más tarde, pero solo pude hacerlo el 17 de septiembre. Recuerdo las calles casi vacías y a mucha gente refugiada en sus casas. Había miedo. Nadie sabía si los atentados habían terminado o vendrían otros. Yo también viví esa incertidumbre. En aquellos días le dije a un funcionario de un importante banco: “A partir de ahora, el mundo no será el mismo”.Y no lo fue. Vinieron la guerra de Afganistán, profundos cambios en los sistemas de inteligencia y seguridad, controles que transformaron los viajes aéreos y un debate todavía vigente sobre los límites del Estado en nombre de la seguridad.Pero al cumplirse 25 años prefiero recordar algo más cercano. Entre las 2.977 personas asesinadas aquel día hubo 247 latinoamericanos. Quince eran ecuatorianos. Como tantos compatriotas, habían emigrado buscando mejores días para ellos y sus familias.Ahí aparece una de las ironías más crueles de aquella tragedia. El emigrante deja su tierra buscando oportunidades. Acepta la separación, la nostalgia y muchas veces trabajos difíciles porque detrás queda una familia a la que quiere ofrecer un futuro mejor. Aquellos quince ecuatorianos emprendieron ese camino. Buscando mejores días encontraron la desventura, que atravesó fronteras y alcanzó también a las familias por cuyo bienestar habían emigrado.Fabián Soto, de Macará, tenía 29 años. Trabajaba limpiando ventanas del World Trade Center y preparaba la llegada de su hijo de 8 años, que permanecía en Ecuador. Leonel Morocho, de Sígsig, tenía 36 y trabajaba en el restaurante Windows on the World. Ahorraba para llevar a Estados Unidos a sus dos hijas mayores. Murió junto con su hermana Blanca, de 26 años, quien laboraba en el mismo restaurante. Ocho días después, las hijas de Leonel llegaron con visas humanitarias, pero él no estuvo para recibirlas. En el Windows on the World también trabajaba el cuencano Luis Alfonso Chimbo, desde 1996.Ellos fueron cuatro de los quince compatriotas. Los demás se llamaban Henry Romero Fernández, Manuel Asitimbay, Xavier Suárez, Moisés Rivas, Telmo Alvear, Giann Franco Gamboa, Jesús Cabezas, José Cardona, Kléver Molina Vera, Luis Jiménez y Hugo Sañay.Detrás de las 2.977 víctimas hay otras tantas historias de personas que aquella mañana salieron de sus casas pensando que regresarían al terminar el día.Veinticinco años después, al recordar aquella frase que pronuncié en Florida y a quienes murieron aquel día, compruebo que el mundo no volvió a ser el mismo y pienso que Ecuador tiene quince nombres que recordar especialmente. (O)
Jorge G. Alvear Macías: Aquel 11-S | Columnistas | Opinión
Le dije a un funcionario de un importante banco: “A partir de ahora, el mundo no será el mismo”.











