Abro el cajón y las encuentro allí, casi al fondo, bajo un enredo de monedas y arcaicos cospeles de subte. El tiempo las ha decolorado pero me reconozco en ellas, cada una en compañía de una maestra diferente, un tanto desvaídos en el desbande de manchas brumosas. Son cuatro fotos pálidas, de vértices vencidos, cuyos dorsos revelan registros en lápiz de años contiguos. La discontinuidad de la secuencia acentúa el prodigio de mi transformación. En esas láminas el devenir ha quedado apresado, sometido a los límites de una jaula de emulsión y papel. Parecen vestigios de recuerdo, testimonios impasibles de un viaje abortado. Mis ojos tantean los rasgos congelados, ansiando recobrar algún soplo efímero y expandir el espacio por fuera del encuadre. Me inquieta sobre todo mi imagen más remota, sonriendo con valija y guardapolvo, tomado del hombro por la señorita Bea. A ese niño lo percibo familiar y también desconocido. Observo sus manos, me detengo en su piel sin arrugas ni cicatrices, en su mirada con preguntas y sueños antiguos.

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