Alguna vez he contado cómo ocurrió mi primer encuentro personal con Mario Vargas Llosa. Fue hace no sé cuántos años (15, quizás 20) en un tránsito por el aeropuerto de Barajas. En ese ambiente tan poco propicio, en el cual todo el mundo parece tener prisa (aunque no la tenga), descubrí al escritor y, contra mis costumbres, me atreví a abordarlo. Y apenas me le presenté, le solté una confesión: “Maestro, soy un escritor cubano. Y solo quería decirle que cada vez que comienzo a escribir una novela, me vuelvo a leer Conversación en La Catedral… a veces otra vez completa”, le dije y su rostro, hasta ese momento pétreo, se suavizó con una sonrisa y por eso pude agregar: “Con usted siempre aprendo algo sobre las estructuras”, y, sin añadir palabra, el Maestro me tendió la mano y se sumergió en el gentío apresurado.

Varios años después, luego de otros cruces con el ya coronado como Premio Nobel, tuve el privilegio de que la cátedra que lleva su nombre me invitara a inaugurar con él una edición del Festival Escribidores, celebrado en Málaga. Allí, en el escenario de la Sala de Conciertos María Cristina, luego de recordarle otra vez a Vargas Llosa nuestro fugaz encuentro aeroportuario, le dije que seguía manteniendo la costumbre que le había confiado y entonces, en un ataque de sinceridad, le confesé: “Porque una de las cosas que más me atraen de usted es su capacidad de manipulación”. Y al ver la expresión del peruano, más atribulada que la que exhibió durante el impertinente cruce en Barajas, de inmediato aclaré: “De manipulación literaria: esa habilidad suya para arrastrar al lector a donde usted lo quiere llevar”. Y abundé en lo que me ocurría en cada relectura de La guerra del fin del mundo, esa novela en la cual, a pesar de conocer el desenlace de la historia, la maestría narrativa de Vargas Llosa siempre, siempre, me hace pensar que los desarrapados rebeldes de Canudos esta vez saldrán victoriosos de su batalla real y novelescamente perdida.