Estados Unidos respondió al atentado en Nueva York como querían sus atacantes y contribuyó a crear un mundo donde el terrorismo es tan normal que ya ni sabemos cuándo usar esa palabra
El 11 de septiembre de 2001, cuando di mi tercera clase como profesor de historia de Europa del Este en Yale, tuve bien claro cuál debía ser el tema: la provocación. Los servicios secretos del Imperio Ruso (y después los soviéticos) habían perfeccionado el arte de convencer a sus adversarios de que hicieran lo que ellos querían haciéndoles creer que lo hacían por motivos propios. Cuando ocurre algo terrible, como aquel día, la cuestión no es el sufrimiento causado (aunque sin duda es algo deseado por los perpetradores). La cuestión es poner al atacado en un estado de ánimo que lo lleve a hacer algo que lo perjudicará todavía más.
La historia está llena de actos terroristas. Lo que realmente importa, dije entonces a mis alumnos, es lo que uno hace después. Cosas terribles sucederán siempre; es imposible evitarlas todas. Pero tu libertad empieza por tu respuesta. Lamentablemente, los estadounidenses dimos la respuesta exacta que querían los terroristas; de hecho, es probable que hayamos superado sus expectativas y logrado al hacerlo que el mundo sea mucho peor para nosotros y para el resto.










