WASHINGTON, DC—El 11 de septiembre de 2001 era un martes de cielos despejados y azul brillante. Estaba en mi casa en Cambridge, Massachusetts, cuando mi esposo llamó para decirme que un avión había impactado contra una de las Torres Gemelas. Presumimos que una aeronave pequeña se había estrellado por accidente, pero pronto nos dimos cuenta de que estaba ocurriendo algo mucho más grave. Encendimos CNN mientras la noticia se difundía entre los vecinos y las multitudes de la hora pico. Mi madre llamó y nos mantuvimos al teléfono (aún una línea fija), boquiabiertos de horror mientras la primera torre se derrumbaba y luego la segunda. Uno de mis hermanos trabajaba en Nueva York; hicimos una cadena de llamadas familiares para asegurarnos de que estuviera bien. Cuando llegó la noticia del ataque al Pentágono, me di cuenta de que éramos testigos de una campaña dirigida contra diferentes centros de la vida estadounidense. Me apresuré a recoger a nuestros hijos, de cuatro y dos años, en su guardería al otro lado del río. Ese fin de semana conduciríamos 12 horas hasta Virginia para el 75º cumpleaños de mi padre. Todos los aviones estaban en tierra, pero sentimos una necesidad abrumadora de abrazarnos. Conduciendo de noche por la autopista New Jersey Turnpike, podíamos ver las ruinas aún humeantes de las torres iluminadas por reflectores: una visión espeluznante que nuestros hijos insisten en recordar. Un cuarto de siglo después, seguimos reflexionando sobre los detalles de aquel día, muchos de los cuales quedaron grabados permanentemente en nuestra memoria por el ácido de la conmoción y la incredulidad. El ataque planteó muchísimas preguntas: ¿quién pudo haber hecho esto y, sobre todo, por qué?