El 11 de septiembre de 2001, EE. UU. despertó bruscamente de un largo sueño. Durante una década el país se había creído prácticamente invulnerable, y no era extraño: en diez años habían llevado a la Unión Soviética a la desintegración, habían empujado a israelíes y palestinos a los acuerdos de Oslo y habían impuesto la paz en Bosnia. El “fin de la historia” del que hablaba Fukuyama parecía un escenario razonable en forma de una larga “pax americana”.Hasta aquel día. En los siguientes veinticinco años, EE. UU. ha perdido buena parte de su prestigio, su prosperidad, su tranquilidad y su liderazgo mundial. No todo empezó con el 11-S, pero el hueco que dejaron las torres fue el primer gran picotazo de un enorme agujero en el orgullo nacional, en la fe de los estadounidenses en su propio gobierno y en la del resto del mundo hacia lo que significa ser aliado de Washington.Mucho más allá de una venganzaDesde el mismo día de los atentados, casi todo el mundo daba por seguro que EE. UU. respondería militarmente, pero muy pronto quedó claro que lo que venía no iba a ser un mero castigo, ni siquiera una venganza desproporcionada, sino algo más profundo y duradero. No había pasado ni una semana de los ataques cuando el presidente Bush usó por primera vez el término “guerra contra el terrorismo”.Por supuesto, todo tenía que empezar con Osama bin Laden. El líder de Al Qaeda era un viejo conocido de la inteligencia estadounidense, pero el plan de ataque del 11-S había superado todas sus expectativas de éxito, como él mismo reconoció. Seis días después de los atentados, Bush ya había declarado que EE. UU. lo quería “vivo o muerto”, y, en menos de un mes y ante la negativa del gobierno talibán a entregarlo, se desplegaron los primeros soldados estadounidenses en Afganistán.Osama bin Laden con Ayman al-Zawahiri, en noviembre de 2001Daily Dawn / ReutersHasta ahí Bush contaba con el pleno apoyo de los estadounidenses, con el de sus tradicionales aliados extranjeros y hasta con el de algún enemigo declarado: Irán, por ejemplo, no solo condenó los atentados, también ofreció a Washington ayuda en sus operaciones contra Afganistán.Sin embargo, el núcleo duro de Bush no quería simplemente acabar con Bin Laden o dar una lección a los talibanes, quería crear un mundo nuevo donde ese tipo de atentados no fueran posibles, donde a EE. UU. no le quedaran enemigos capaces de hacer eso.Así fue como Washington pasó en cuestión de meses de la Operación Justicia Infinita, el nombre original que había dado a su plan para cambiar el gobierno de Afganistán, al concepto mucho más amplio del “eje del mal”. En esa lista estaban Irak, Irán y Corea del Norte, tres gobiernos ciertamente antidemocráticos y poco amigos de Washington, pero que nada habían tenido que ver con los atentados.Decir “no”Europa se lanzó a apoyar a Washington nada más suceder los atentados, y antes de un mes, la OTAN ya había activado formalmente y por primera vez en su historia el artículo 5 de su tratado, que establece la defensa colectiva de todos los socios a un miembro que ha sido atacado.Todo empezó a cambiar cuando Bush dirigió su mirada hacia el Irak de Saddam Hussein, un viejo enemigo de EE. UU. que tenía sus propios conflictos con Al Qaeda. A pesar de los intentos de intoxicación informativa por parte de la cúpula del gobierno estadounidense, sus insinuaciones de que Irak había colaborado en la organización de los atentados quedaron pronto desacreditadas por sus propios servicios de inteligencia. Fue entonces cuando la administración Bush lo fió todo a la justificación de las “armas de destrucción masiva”.otografía de archivo fechada el 8 de septiembre de 2004 que muestra a una mujer iraquí que se cruza con soldados estadounidenses que patrullan las calles de Bagdad (Irak)EFE/ Mohammed MessaraEl tiempo acabaría por demostrar que Saddam Hussein no tenía esas armas, pero los problemas diplomáticos para Washington empezaron mucho antes. Multitud de países que habían apoyado a EE. UU. después de los atentados y que veían completamente justificada la invasión de Afganistán, simplemente no entendían qué pintaba Irak en esto.En ningún sitio se apreció como en Europa. Alemania y Francia, los dos Estados más poblados e influyentes de la Unión Europea, rechazaron de plano participar en cualquier tipo de operación en Irak. En el Reino Unido y en España, cuyos gobiernos sí apoyaban los planes de Bush, manifestaciones multitudinarias rechazaron en la calle la invasión y la complicidad de sus líderes con la administración estadounidense.Sin la ONU y sin motivoEn un último intento, Bush envió a la ONU a su secretario de Estado, Colin Powell. Su misión era convencer a los otros miembros del Consejo de Seguridad de que Saddam tenía efectivamente armas de destrucción masiva, y lo intentó usando unos supuestos informes de inteligencia. Francia se opuso a dar el aval de Naciones Unidas a la invasión, pero también lo hicieron otros miembros permanentes como China y Rusia. EE. UU. decidió seguir adelante de todas formas, una decisión que entonces sonaba mucho más rupturista que hoy.El secretario de Estado de EE. UU., Colin Powell, gesticula durante su discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 5 de febrero de 2003 en la ciudad de Nueva York. Powell realiza una presentación con el objetivo de convencer al mundo de que Irak oculta deliberadamente armas de destrucción masiva.Mario Tama/Getty ImagesEl portazo de los otros países, y particularmente de algunos europeos, se interpretó en EE. UU. como nada menos que una traición. Entre la población estadounidense, que apoyaba muy mayoritariamente la intervención en Irak en aquel momento, hubo quien organizó boicots contra la compra de productos franceses.El empecinamiento de George W. Bush hizo que Washington perdiera cierta aura multilateralista que había cultivado cuidadosamente durante una década, pero, además, dejó mucho prestigio dentro y fuera de sus fronteras, al hacerlo con una justificación que resultaría falsa.Misión incumplidaUna de las imágenes que ha quedado para los libros de historia es la del presidente Bush en la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln el primero de mayo de 2003, poco más de un mes después del inicio de la invasión. El presidente sonríe con el pulgar hacia arriba delante de una gigantesca pancarta que proclama: MISIÓN CUMPLIDA.Bush conmemoraba así “el final de las principales operaciones de combate en Irak”, pero a EE. UU. aún le quedaban ocho años de dolorosa presencia en Irak. Si hasta ese día había perdido en el país a 139 soldados, la ocupación le iba a costar casi cuatro mil quinientos más.El coste en vidas y en presupuesto que dejaron las invasiones de Irak y Afganistán es una de las grandes razones que llevaron a EE. UU. a elegir a Obama y luego a Trump, pero los cambios que provocaron en el país esas dos guerras van mucho más allá de lo electoral. En los años siguientes al 11-S, el trauma nacional de los atentados derivó en una paranoia gubernamental que restó derechos a los estadounidenses y, al estilo de lo que sucedió durante el conflicto en Vietnam, hizo entender a muchos de ellos que sus líderes les habían mentido para llevarles a la guerra.Si a principios de 2002 un 73 % de los estadounidenses apoyaba que su país derrocara a Saddam Hussein por la fuerza, en 2019 apenas el 32 % decía que la guerra había valido la pena. Las cacareadas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein nunca aparecieron, pero sí lo hicieron las penosas imágenes de las tropas estadounidenses torturando a presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, las de los tribunales militares en el limbo legal de Guantánamo y las de las cárceles secretas de la CIA en otros países.Centro de detención de Guantánamo Javier de la Sotilla / PropiasAdemás, en su obsesión por evitar un nuevo 11-S, el gobierno de Bush empezó a socavar el estado de derecho dentro de su país. El fiscal general firmaba informes en los que venía a decir que la tortura era legal si la ordenaba el presidente; el secretario de Defensa autorizaba el uso de “técnicas de interrogación mejorada”, que incluían el ahogamiento simulado con agua o la privación de sueño. El Congreso, que debería haber fiscalizado de cerca esos abusos, apoyó abrumadoramente la Ley Patriota, que ampliaba espectacularmente la capacidad del gobierno para espiar a los ciudadanos.Estado de excepciónBush y sus fieles tardaron años en reconocer que se habían pasado de frenada con muchas de aquellas medidas, pero el deterioro de la imagen de EE. UU. dentro y fuera de sus fronteras era ya enorme. Cuando Obama llegó a la presidencia, el país estaba sumido en dos ocupaciones militares carísimas e imposibles de ganar, y, a la vez, sufría una crisis de identidad y la peor recesión económica de su historia desde la Gran Depresión.Fue en aquellos ocho años de presidencia de Obama en los que se hicieron más evidentes las consecuencias de la mala digestión del 11-S: la desestabilización de Irak creó un nuevo fundamentalismo más retorcido y más asesino, el del Estado Islámico; la recuperación económica, cuando por fin llegó a EE. UU., resultó desigual y dejó tirados a millones de sus ciudadanos; por último, el desastroso bagaje de las aventuras militares convenció a la mayoría de los estadounidenses de que había que ocuparse menos de lo internacional.El presidente de EE.UU., Barack Obama, durante un discurso en 2014EFEEse descontento fue la base sobre la que se apoyó Trump para llegar al poder en 2016. Su discurso contra “las guerras que nunca acaban” y su invitación a “reconstruir nuestro país”, antes que seguir gastando en el exterior, le conectaron con muchos votantes republicanos que estaban hartos del discurso neocon de los tiempos de Bush, pero también con muchísimos demócratas que no habían visto llegar esa “recuperación” de la que hablaban sus líderes.Trump también llevaba por bandera el racismo antimusulmán que surgió del 11-S y que había estado soterrado. El presidente republicano Bush visitó una mezquita después de los atentados para evitar que se culpara a los musulmanes, pero Trump prometió prohibir su entrada en el país. Además, no dudó en construir su carrera propagando el bulo de que Obama era musulmán y un presidente ilegal porque habría nacido en Kenia.Y todo para quéEl país tardó una década en dar caza a Bin Laden, a quien mató en 2011 después de haber estado cómodamente oculto en un país “aliado”, Pakistán; fue por esa época también que abandonó por fin Irak, pero no sin antes haber perdido miles de soldados y haber provocado una enorme ola de violencia y terrorismo; por último, después de una invasión y casi veinte años de presencia militar, EE. UU. tuvo que salir huyendo de Afganistán en 2021, mientras sus viejos enemigos, los talibanes, regresaban al poder.Los atentados trajeron las guerras. Las facturas económicas, humanas y morales de aquellas han dejado una situación muy diferente de la que prometía la esperanzadora década posterior a la Guerra Fría: una China mucho más fuerte, una Rusia envalentonada en Europa y, sobre todo, un EE. UU. profundamente dividido y sin un plan común para su futuro.