A principios de 1991, liderando una coalición de 34 países, las tropas norteamericanas obtuvieron una rápida victoria sobre Irak en la guerra del Golfo. Ese año concluyó con la disolución de la Unión Soviética, lo que supuso la firma del certificado de defunción de la guerra fría. EE. UU. quedó como la única superpotencia del planeta, y su primacía no se demostró solo en el terreno político.La economía globalizada parecía asentarse sin oposición. En 1994 entró en vigor el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, que reducía los costes aduaneros entre EE. UU., Canadá y México. En esa misma década, las empresas tecnológicas estadounidenses se convirtieron en los nuevos modelos de éxito en el sistema capitalista.Por supuesto, esta expansión también tuvo su oposición. Frente al optimismo en los gobiernos y mercados financieros, también surgió a escala mundial un movimiento heterogéneo compuesto por sindicatos, ecologistas, organizaciones campesinas y activistas antisistema.Sin rival en el tablero globalLa contestación al modelo económico que lideraba EE. UU. estuvo en las calles, pero ninguna otra potencia se atrevió a plantarle cara, ya fuera por incapacidad o porque también obtenía beneficios con la globalización.La Rusia que surgió del hundimiento de la Unión Soviética vivió humillada durante buena parte de la década. El colapso del modelo anterior supuso una caída del 40 % en su PIB entre 1991 y 1998, y la inflación llegó a ser un problema serio al alcanzar el 2.000 % en 1992.El presidente estadounidense George Bush y el presidente soviético Mijaíl Gorbachov se reúnen en la Cumbre de Helsinki, el 9 de septiembre de 1990© CORBIS/Corbis vía Getty ImagesEE. UU. le prometió ayuda económica, lo que subrayó aún más el rol subsidiario de Rusia, gobernada por un Boris Yeltsin que se convirtió en la encarnación de la debilidad y corrupción que azotaban al país. Por si fuera poco, la OTAN se amplió hacia Europa del Este, con la incorporación de Polonia, Hungría y la República Checa en 1999.Esta ampliación, la guerra de Kosovo, también en 1999, y un nuevo estallido bélico en Chechenia fueron demasiado para el cuestionado Yeltsin, que acabó entregando el poder a un político en alza: Vladímir Putin. El nuevo presidente afianzó su posición al ganar las elecciones del 26 de marzo de 2000, y comenzó un proceso de acumulación de poder que le ha permitido mantenerse en el Kremlin hasta hoy.Putin presta juramento presidencial junto a Borís Yeltsin, mayo de 2000TercerosEuropa se subió al carro del optimismo de la globalización validando su proyecto de integración económica. El Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992, puso las bases de la creación de la UE actual. Además, también permitió a los Estados avanzar hacia la unión monetaria, que llegó diez años después. Progresivamente, también fueron aumentando sus Estados miembros, en un proceso que culminó en 2004 con la incorporación de varios países excomunistas.Al contrario de la desconfianza que se vive actualmente con la administración Trump, la relación entonces era de una subordinación cómoda: la UE se centraba en el desarrollo económico, mientras dependía militarmente de la OTAN para su protección. Los intentos por desarrollar una diplomacia propia fueron tímidos y limitados, como se vio con las guerras balcánicas entre 1991 y 1999, cuando tuvo que recurrir a Washington para acabar con aquellos conflictos.China también comenzó a anticipar su papel de gran potencia en los noventa. Por lo general, Beijing se centró en el crecimiento económico y evitó grandes confrontaciones con Washington, con breves excepciones como la crisis en Taiwán de 1996, el bombardeo de la embajada asiática en Belgrado tres años después, o el incidente con un avión de reconocimiento estadounidense cerca de la isla de Hainan en abril de 2001.La China de los años noventa logró un notable éxito, con tasas de crecimiento que superaban el 10 % anual. El papel de la República Popular como agente económico de primer orden quedó claro en diciembre de 2001, cuando ingresó en la OMC.La amenaza que nadie supo calibrarLejos del foco de las grandes potencias, el terremoto que iba a azotar el mundo el 11 de septiembre de 2001 se gestó en un país aparentemente de segunda fila: Afganistán.Tras una guerra de diez años, el 15 de febrero de 1989, el Ejército Rojo se retiró del país, con setenta mil bajas en su haber y dejando entre uno y dos millones de afganos muertos (el 90 %, civiles). Con la derrota soviética, EE. UU., que había ayudado a los muyahidines afganos, perdió todo interés por el país, que se sumergió en un largo conflicto civil entre facciones a lo largo de toda la década siguiente.Retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, 1988ÁlbumJunto a los muyahidines habían luchado miles de voluntarios venidos de países musulmanes. Entre ellos, en 1984, había llegado Osama bin Laden, un joven de veinticuatro años radicalizado por el fundamentalismo islámico, que procedía de una de las familias más ricas de Arabia Saudí.En vísperas del inicio del repliegue soviético, el 11 de agosto de 1988, Bin Laden y otros voluntarios islamistas se reunieron en Peshawar (Pakistán) para decidir el futuro del movimiento yihadista más allá de Afganistán. Allí se acordó la fundación de Al Qaeda al-Askariya (la Base Militar), que contaría entre sus filas con una nutrida representación de veteranos de la lucha contra el Ejército Rojo.En sus orígenes, Al Qaeda tenía unos objetivos difusos. Todavía no veía a EE. UU. como su principal enemigo. Su gran meta era ayudar a otros movimientos islamistas en lugares como Cachemira, Filipinas, Chechenia o Argelia. Pero el escenario cambiaría pronto.La invasión de Kuwait por parte de Irak, en agosto de 1990, fue un catalizador para que Bin Laden pusiera a EE. UU. en su punto de mira. El líder islamista ofreció a sus combatientes a la familia real saudí para defender el país de una posible invasión de Saddam Hussein. La monarquía rechazó la propuesta y recurrió a las tropas de EE. UU. y otros países occidentales para proteger sus fronteras.Declaración de guerraBin Laden denunció la presencia de soldados “infieles” cerca de lugares sagrados para el Islam, como La Meca y Medina. Dividida por la guerra civil y las luchas entre facciones, Afganistán ya no era una base segura, así que, en 1991, se instaló en Sudán para huir de las posibles represalias del régimen saudí. Allí, el líder de Al Qaeda comenzó a ver a EE. UU. como su gran enemigo, por la ayuda de Washington a los gobiernos árabes tiránicos, así como por su apoyo a Israel.Al principio, Bin Laden se mantuvo principalmente en el terreno de la retórica. Al-Qaeda no era aún la organización que iba a atemorizar al mundo a partir de 2001. El líder terrorista prefirió centrarse en crear negocios en Sudán para hacer crecer su organización y canalizó su hostilidad contra EE. UU. con un perfil muy bajo.Imagen de Bin Laden, en la localidad afgana de Tora BoraPropiasA su vez, EE. UU. lo tenía identificado como un financiador del terrorismo internacional, aunque tenía poca base legal para actuar contra él, porque aún no había matado a estadounidenses. Washington se limitó a presionar a Sudán para que limitara sus acciones, y el gobierno de Jartum, para evitar males mayores con la potencia occidental, expulsó a Bin Laden en mayo de 1996.Entonces, el fundador de Al Qaeda regresó a Afganistán, donde los talibanes se habían afianzado en el poder dos años antes. El régimen fundamentalista esperaba que también invirtiera en el país, como había hecho en Sudán, y les ayudara en su lucha contra los grupos opositores, coaligados en la Alianza del Norte.En este entorno, Bin Laden se envalentonó. Formalizó su declaración de guerra a EE. UU. mediante un comunicado el 23 de agosto de 1996. El paso de la retórica a la acción llegó dos años después con los atentados simultáneos contra las embajadas de Nairobi y Dar es-Salaam, que mataron a 224 personas. Washington respondió con bombardeos en Sudán y Afganistán que no alcanzaron a Bin Laden ni desmantelaron su estructura.Convencido de que EE. UU. contaba con una gran fuerza militar, pero era políticamente frágil –incapaz de sostener un conflicto prolongado, como había ocurrido con los soviéticos en Afganistán–, Bin Laden ordenó una operación de mayor envergadura que obligara a Washington a intervenir militarmente en el país centroasiático. Así empezaron a gestarse los atentados del 11 de septiembre de 2001.Entrevista de 1998 con Osama Bin LadenCNN vía Getty ImagesCon esta acción espectacular, el caudillo islamista buscaba repetir el éxito obtenido contra la Unión Soviética, es decir, empantanar a Washington en un largo conflicto en Afganistán que drenara sus recursos y lo enemistara con buena parte del mundo musulmán.Objetivos: Nueva York y WashingtonBin Laden recibió por primera vez un plan para atacar EE. UU. en 1996 por parte de Jaled Sheij Mohamed, tío del autor del primer atentado contra el World Trade Center (WTC) tres años antes. Entonces, el líder de Al Qaeda descartó la idea, porque consideraba que aún no podía dar un golpe de gran magnitud contra Washington.El plan sería retomado en la primavera de 1999. Bin Laden convocó una reunión secreta en Kandahar con Mohamed y otros comandantes de Al Qaeda. En ese encuentro decidieron atacar objetivos simbólicos como la Casa Blanca, el Pentágono o el WTC utilizando aviones secuestrados.Imagen del atentado yihadista que pretendía tirar las Torres Gemelas con un camión bomba en 1993TercerosDe esa reunión se salió con un plan general, sin concretar aún los detalles por falta de pilotos entrenados. Todo cambió en noviembre de 1999, cuando llegaron a los campamentos afganos de Al Qaeda cuatro jóvenes dispuestos a unirse a la yihad.Destacaban porque eran estudiantes de varios países musulmanes con permisos de residencia en Alemania, tenían formación técnica y dominaban el inglés. En particular sobresalía Mohamed Atta, arquitecto, que lideraba el grupo. Salieron de Afganistán con órdenes de viajar a EE. UU. y formarse allí como pilotos.Aunque EE. UU. tenía en su punto de mira a Al Qaeda y a Bin Laden, quien desde los ataques de 1998 estaba en la lista de los diez hombres más buscados por el FBI, sus servicios de inteligencia y seguridad no supieron armar el puzle para desarticular a tiempo los planes del grupo de Atta.La cadena de errores y recelos entre la CIA y el FBI permitió que, en la mañana del 11 de septiembre de 2001, los terroristas de Al Qaeda secuestraran cuatro aviones en EE. UU.: dos en el aeropuerto de Logan, en Boston, con destino a Los Ángeles, uno en el de Dulles, en Washington, y otro en Newark, Nueva Jersey.El World Trade Center de Manhattan (Nueva York) se erigía como el símbolo del poder económico de Estados Unidos antes del atentado del 11 de septiembre PropiasCasi tres mil personas murieron en los ataques del 11-S. La mayoría de las víctimas, 2.606, se produjeron en el World Trade Center. Entre ellas, hubo 343 bomberos de Nueva York. En los vuelos fallecieron 265 personas, incluidos los 19 terroristas, mientras que en el interior del Pentágono perdieron la vida 125 miembros del Departamento de Defensa.La magnitud de los ataques hizo despertar a EE. UU. de la sensación de seguridad que se había gestado en la década previa. En los meses y años siguientes, el mundo contempló con estupor las guerras de Afganistán e Irak, iniciadas como consecuencia del 11-S, y fue testigo de otros atentados de Al Qaeda en Bali, Madrid, Londres… Aquel día de septiembre de 2001 comenzó el siglo XXI.