“La libertad fue atacada esta mañana por cobardes sin rostro. Y la libertad será defendida... Los ataques terroristas pueden sacudir los cimientos de nuestros edificios más imponentes, pero no pueden derribar los cimientos de Estados Unidos”. George W. Bush se dirigió así a la nación el mismo día de los atentados. Era un presidente que había ganado unas elecciones muy ajustadas pocos meses antes, con una popularidad menguante y que debía tomar con firmeza las riendas del país después de un hecho profundamente traumático. EEUU había sido golpeado por sorpresa en su mismo corazón, Nueva York.

Pasado el shock inicial, la reacción del gobierno Bush fue rápida y contundente. Tomó medidas que transformaron el país, que elevaron el sentimiento nacional estadounidense y que reunieron a sus ciudadanos alrededor de la bandera. EEUU había sufrido un ataque que podía repetirse, con lo que era prioritario reforzar la vigilancia, también la de sus ciudadanos. Pero, más allá del marco securitario, Bush Jr. tomó decisiones que pusieron las bases de los años venideros y transformaron el mundo.

Menos de un mes después, el 7 de octubre de 2001, dio inicio la Operación Libertad Duradera. El ejército estadounidense bombardeó con ataques aéreos y misiles de crucero instalaciones talibanes en Afganistán. Comenzó una invasión en la que participó Reino Unido y en la que países aliados prestaron apoyo. España se sumó a partir de enero de 2002 como fuerza de estabilización.