A las puertas del Museo Británico, un hombre-anuncio se paseaba de lado a lado de la calle con un enorme cartel doble que anunciaba The Beer Tapestry, el nombre del bar que hay frente a la entrada del museo. Es algo provisional. El local ha sido rebautizado por un mes, para aprovechar el tirón de uno de los acontecimientos culturales más relevantes en la historia del Reino Unido: la exposición The Bayeux Tapestry (El Tapiz de Bayeux), la tela de lino de casi 70 metros cuyos bordados en hilo de lana cuentan, como un cómic contemporáneo, la historia fundacional de Inglaterra que culminó en la Batalla de Hastings de 1066.El préstamo del Gobierno francés, después de décadas en las que hizo oídos sordos a las peticiones de su vecino y rival, ha revolucionado los alrededores de una de las instituciones culturales más importantes de Londres. Centenares de personas aguantaban pacientemente, bajo el sol, una larga cola con sus entradas en la mano. Este miércoles era el primer día de una exposición que se prolongará durante un año y que, de momento, ha agotado ya todas sus entradas hasta finales de 2026.Adrian Harris ha sido la segunda persona en entrar al recinto. A las puertas esperaba a los visitantes un grupo de figurantes disfrazados de conquistadores normandos. Grupos reducidos de personas. Distribuidos de 10 en 10. Cuarenta minutos tasados para ver la muestra, que se recorre casi como una cinta de cine desplegada en línea recta. Antes, el público sube a una plataforma que permite una visión cenital del tapiz; una imagen general de una sucesión de secuencias plagada de detalles.“Yo trabajo en la Abadía de Westminster, y ver la imagen de la abadía reflejada en el bordado y la mano de Dios bendiciéndola ha sido algo absolutamente increíble”, explica Harris, que se ha hecho ya con el catálogo de la exposición y señala con entusiasmo cada uno de los fragmentos de la obra que más le han fascinado. Se refiere a la secuencia número 26, en la que surge del cielo una mano para bendecir la abadía, donde permanece enterrado Eduardo el Confesor. “Esto no hubiera ocurrido sin el apoyo del presidente Macron, y te demuestra que, con todos sus altibajos, la relación entre ambas naciones es algo muy profundo, que aparece reflejado en la exposición”, señala Harris.El tapiz como reclamo publicitarioA su espalda, otro hombre-anuncio busca la atención de los visitantes que esperan con paciencia su turno de entrada. En este caso, publicita a la cadena de ópticas Specsavers, y utiliza como reclamo la escena del tapiz en la que el rey Harold fallece al atravesarle el ojo una flecha. “La verdad es que para mí todo era bastante nuevo. Sabía que los franceses habían desembarcado aquí en Inglaterra en 1066, pero poco más. No tenía ni idea de los personajes ni de sus nombres. Pero, por favor, no haga mofa de mí como otra estadounidense ignorante más”, ruega Quincy Martin, originaria del Estado de Nueva York y que reside en la capital británica con una beca de investigación en la London Business School.La exposición del Tapiz de Bayeux, como otros acontecimientos culturales ampliamente anticipados, también padece del mal de esta época, el llamado FOMO (Fear Of Missing Out, o Miedo a Perdérselo), que lleva a miles de personas a apuntarse a todo lo que genere ruido.“No tenía unas expectativas muy elevadas, porque no sabía mucho sobre la historia. No es algo que te enseñen en el colegio allí en Australia. Pero la verdad es que he aprendido muchas cosas, porque estaba muy bien explicado”, reconoce Jennifer Rubenach, una matrona australiana que ha pasado unos días de vacaciones en Londres junto a su amiga, Charmaine Tsia. La visita a la exposición coincide con su último día en el Reino Unido. Ambas admiten que esperaron casi una hora para comprar en internet las entradas de un evento del que toda la prensa hablaba, a pesar de que en su vida habían oído hablar del tapiz.“Todo estaba muy bien organizado. Podíamos ir avanzando sin problemas, y tuvimos tiempo de sobra para verlo todo. Las imágenes en pantalla, que daban la explicación de cada escena, resultaban de gran ayuda”, asegura Charmaine, que desmiente así algunas historias surgidas en la prensa británica que hablan de las prisas que supuestamente transmitían a los visitantes del museo los organizadores, e incluso de los que se habían quedado sin poder entrar por el abuso de los visitantes VIP en los fragmentos de tiempo anteriores.Este corresponsal pudo constatar que la primera jornada se desarrolló con bastante fluidez, aunque ayudó a ello la resignación con la que muchos visitantes agilizaron una visita a la que, de tener opción, habrían dedicado más tiempo.“Nos hubiera encantado poder estar más rato, pero no paran de pedirte que avances, aunque de un modo muy amable. Cuarenta minutos es poco tiempo para poder apreciarlo, pero entiendo que lo hagan así. Primero, por el enorme número de visitantes, y luego porque el tiempo en que el tapiz puede estar iluminado es muy limitado, para que no se deteriore”, explica Madeleine Abramson, una profesora jubilada que ha acudido acompañada de su esposo, Richard, un actuario de seguros también retirado. “Todo esto lo estudié, aunque ya me había olvidado. Resulta fascinante. Sobre todo la armada que pone en pie Guillermo para la invasión, con una escala similar a la de la Segunda Guerra Mundial. Es impresionante”, dice él.Una obra en el imaginario colectivoPara muchos británicos, la posibilidad de ver en persona una obra que ha sido instalada en su imaginario desde pequeños tiene algo de rito especial, magnificado además por el bombardeo previo de los medios de comunicación durante los últimos meses. La visita conjunta privada a la exposición por parte del rey Carlos III y el presidente francés Emmanuel Macron, el pasado 2 de septiembre, se vio como la culminación de una maniobra para reforzar la alianza anglofrancesa tras las profundas heridas que dejó el Brexit.“Es algo que nos han enseñado desde pequeños en la escuela. La fecha de 1066 es una de las primeras cosas que aprendemos, así como el Tapiz de Bayeaux es probablemente la primera obra de arte que nos enseñan. No sé si ahora será igual, pero para mi generación todo esto es algo que perdura en tu imaginación”, explica Serena, una londinense elegante, ya jubilada, que tiene pasión por las artes textiles y por las tareas de conservación de algunas piezas históricas. Capaz de detectar el mínimo parche o la mínima fisura del tapiz, lo que más ha terminado por fascinarla ha sido el respeto reverencial de los visitantes que la han acompañado en su recorrido: “Creo que todo el mundo lo ha observado con bastante concentración, no se escuchaban muchas conversaciones ni murmullos. En mi caso, yo estaba muy focalizada en lo que veía. La fila iba avanzando ininterrumpidamente, en una atmósfera que yo definiría como de asombro”, relataba.
Curiosidad, asombro y reverencia: Londres vibra al contemplar al fin su historia fundacional en el Tapiz de Bayeux
Los primeros visitantes acceden a uno de los acontecimientos culturales más relevantes en la historia del Reino Unido. La afluencia obliga a limitar el tiempo de estancia














