La ley del mar, esa serie de tradiciones por las que los marinos de todo el mundo se han regido a lo largo de la Historia. Lo de que el capit�n, salvo que seas Francesco Schettino, debe ser el �ltimo en abandonar el barco. Lo de las mujeres y los ni�os primero. Y luego otras, m�s interesantes, macabras y, por suerte, menos populares. Como la de que, en caso de naufragio, podemos sortear entre todos a qui�n matamos y nos lo comemos para sobrevivir.El 5 de julio de 1884, el yate brit�nico Mignonette navegaba por el Atl�ntico sur rumbo a Australia cuando una galerna le alcanz� entre las islas de Santa Elena y Trist�n Da Cunha haci�ndolo naufragar. Sus tripulantes eran el capit�n Tom Dudley, Edwin Stephens, Edmund Brooks y el grumete de 17 a�os Richard Parker (como el tigre de La vida de Pi).Los cuatro sobrevivieron en un bote m�s de tres semanas. Tras beberse hasta su propia orina para luchar contra la deshidrataci�n, Parker no pudo evitar beber agua de mar y enferm�. Y ante la idea de que morir�a pronto, Dudley y Stephens decidieron aplicar una interpretaci�n lib�rrima de la ley del mar y matarlo para alimentarse de su cad�ver.El 29 de julio, tras 24 d�as por el oc�ano, el nav�o alem�n Moctezuma rescat� a los tres supervivientes y los restos del cad�ver de Parker, a unas 990 millas al este de R�o de Janeiro. Pero una vez de regreso a Gran Breta�a, lejos de ser recibidos como h�roes, la muerte del grumete Richard Parker a manos de Dudley y Stephens sin que hubiese mediado sorteo, fue juzgada por un tribunal militar como asesinato. Los acusados fueron hallados culpables y condenados a muerte, aunque la sentencia fue conmutada por seis meses en prisi�n.Para saber m�sEl periodista, escritor y abogado estadounidense Adam Cohen reconstruye aquel episodio en La cena del capit�n (Ed. Arpa) y la trae hasta escenarios del presente como el cribado sanitario, la tortura de terroristas como m�todo para salvar vidas o un simple presupuesto para arreglar una carretera.En el caso de Parker, la ausencia de sorteo cambi� la naturaleza del dilema. Ya no se trataba s�lo de preguntarse si est� justificado matar a una persona para salvar a otras. Hab�a que preguntarse tambi�n qui�n decide qui�n debe morir y con qu� criterio, porque Parker no fue escogido al azar.�En cierto nivel, echar a suertes parece mucho m�s justo. Eso significaba que todos ten�an las mismas posibilidades. Y, para las personas religiosas, pod�a decirse que era Dios quien estaba eligiendo. Es democr�tico. Nadie es elegido por estar m�s enfermo, por ser el m�s joven, el m�s d�bil o el m�s pobre�, explica Cohen. �El problema es que era un secreto a voces que aquellos sorteos casi siempre estaban ama�ados. Se fing�a que la elecci�n era justa, pero casi siempre perd�a un grumete, un esclavo, la �nica persona negra o el �nico italiano en un barco ingl�s. Echar a suertes no era m�s que dar apariencia de justicia a una decisi�n fundamentalmente injusta sobre a qui�n hab�a que comerse�.Durante el juicio, la defensa sostuvo hasta la extenuaci�n que, si no mataban a Parker, los cuatro morir�an. El c�lculo parec�a sencillo: una vida frente a tres. Sin embargo, el tribunal rechaz� aplicar la aritm�tica. Y entonces, �cu�ndo deja de ser supervivencia y empieza a ser asesinato? �Me inclino a decir que matar intencionadamente es siempre asesinato, salvo en leg�tima defensa, guerra o pena de muerte ordenada por un tribunal�, sentencia Cohen. �Por lo tanto, incluso aunque el sorteo se hiciera de manera justa, nadie tiene derecho a quitarle la vida a otra persona para sus propios objetivos. Dicho esto, la cuesti�n se vuelve m�s interesante si todos los que participan en un sorteo justo han decidido voluntariamente participar; es decir, si prefieren correr el riesgo de morir asesinados antes que enfrentarse a la posibilidad de morir de sed o de hambre�."Nadie tiene derecho a quitarle la vida a otra persona para sus propios objetivos"Adam Cohen, autor de 'La cena del capit�n'Y si est� mal matar a una persona para salvar a tres, �qu� ocurre si hablamos de salvar a 100, a 1.000 o a un mill�n? �El principio deber�a ser el mismo. Si un terrorista amenaza con matar a una persona inocente o, de lo contrario, har� estallar una bomba que matar� a muchas m�s, la respuesta de una sociedad civilizada deber�a ser hacer todo lo posible para impedir el atentado, y no aceptar matar a un inocente. Las sociedades civilizadas no matan inocentes�.En su sentencia, el presidente del tribunal, Lord Coleridge, se mostr� especialmente perturbado por el hecho de que dos hombres adultos decidieran matar al joven. Cohen lo interpreta como una defensa de los d�biles frente a los fuertes y como un rechazo a la idea de que una sociedad –incluso una sociedad improvisada en un bote salvavidas– deba organizarse seg�n la l�gica de que los m�s d�biles tienen que ser sacrificados para que los m�s fuertes sobrevivan.Y a�n as�, el autor reconoce que, en nuestra sociedad, no paramos de aplicar el utilitarismo a costa de vidas humanas en nuestro d�a a d�a. �Porque podr�amos construir carreteras m�s seguras si gast�ramos m�s dinero en ellas. Pero llega un momento en que decidimos que ese gasto adicional no merece la pena en relaci�n al n�mero de vidas que salvar�a. O gastar en el reparto de crema solar gratis en las playas o en la compra de un coche nuevo y m�s seguro para todo el que tenga un veh�culo antiguo y poco seguro. Pero en todos esos casos tomamos decisiones sobre si el gasto adicional merece la pena en funci�n de las vidas que se salvar�an. Todos somos, hasta cierto punto, utilitaristas; simplemente en distinto grado�.Es cierto que el sorteo no hace desaparecer la muerte ni convierte m�gicamente el asesinato en algo bueno. Lo que cambia es la distribuci�n del poder. Nadie puede decidir que otro debe morir porque considera que su vida vale menos o porque es quien tiene menos capacidad para defenderse. �El capit�n dijo que lo mataron porque era el m�s enfermo, lo cual ya es, en s� mismo, una forma de jerarqu�a social�, explica Cohen. Pero tambi�n parece probable que el capit�n eligiera a Parker porque era el grumete, el m�s joven, el peor pagado, el de menor rango, el hu�rfano, el analfabeto. Para el capit�n, Parker parece haber sido la vida menos valiosa del barco.El juicio se desarroll�, adem�s, en una sociedad profundamente preocupada por las relaciones entre poder, clase y vulnerabilidad. Cohen encuentra en la sentencia una defensa de la dignidad individual frente a la deshumanizaci�n. Parker hab�a dejado de ser visto como una persona y se hab�a convertido, literalmente, en alimento. La paradoja es brutal: para conservar su humanidad, los supervivientes hab�an tenido que negar la humanidad de otro. Y luego est� el problema de que nadie sab�a cu�ndo terminar�a el naufragio. Dudley actu� convencido de que la muerte de los cuatro era inminente. Pero no pod�a saber cu�ndo aparecer�a un barco para rescatarle. Podr�a ser al d�a siguiente. Podr�a ser unas horas despu�s. La decisi�n de matar estaba basada en una predicci�n del futuro."Podemos exigir est�ndares morales aunque no comprendamos c�mo se sent�an cuando cometieron sus actos terribles"Adam Cohen, autor de 'La cena del capit�n'Cohen sostiene que el principio derivado del caso sirve para cuestionar que un hospital pueda retirar a un paciente de una UCI simplemente porque otro tenga m�s posibilidades de beneficiarse de ella; que pueda negarse un medicamento caro que salva una vida porque alguien considera que el dinero podr�a utilizarse de forma m�s eficiente para otra cosa. �Qui�n dice que, cuando empezamos a sacrificar personas, debemos empezar por los enfermos? Se pregunta Cohen. �Tal vez deber�amos proteger especialmente a los enfermos, que son quienes m�s necesitan nuestra ayuda�.Es tentador traer un barco de 1884 hasta el cribado sanitario del 2020 coronav�rico. �Son algunas de las cuestiones �ticas m�s dif�ciles, y no creo que admitan respuestas f�ciles o absolutas. Nos guste o no, en la atenci�n m�dica siempre existe cierto grado de triaje. Los recursos son limitados y no todo el mundo va a recibir una cantidad ilimitada de atenci�n m�dica. En una guerra, el triaje es habitual. Cuando dos heridos llegan al puesto m�dico, empiezas por el que crees que tiene m�s posibilidades de salvarse gracias a tus esfuerzos. Pero es fundamental que mantengamos la idea de que todas las vidas tienen el mismo valor y no debemos dirigir la atenci�n m�dica hacia categor�as de personas que nos gustan a costa de aquellas que nos gustan menos�.Y m�s dif�cil todav�a: �ser�a leg�timo torturar a un terrorista para que nos diga donde est� la bomba? �No, no lo creo. La tortura est� mal y, una vez que permites que los Gobiernos recurran a ella, r�pidamente se convierte en algo que utilizan a gran escala. Dicho esto, en el escenario que planteas, la tentaci�n de utilizarla s�lo una vez ser�a considerable�.La discusi�n del Mignonette tampoco termin� en el tribunal ni con el siglo XIX. La sociedad brit�nica se dividi�. Algunos peri�dicos consideraban necesario castigar a Dudley y Stephens para impedir que la extrema necesidad se convirtiera en excusa para futuros actos violentos. Otros entend�an que resultaba absurdo juzgar a unos hombres desde la seguridad de un tribunal por algo que hab�an hecho tras semanas muri�ndose de hambre y sed en un bote. El Daily Telegraph lleg� a pedir a los jueces que imaginaran lo que har�an si les negaran el desayuno, el almuerzo, la cena s�lo durante el juicio. �Debemos mantener cierta modestia y no asumir sin m�s que nosotros habr�amos hecho lo correcto en las mismas circunstancias�, sentencia Cohen. �Dicho esto, la ley lo hace constantemente. Condenamos a una persona por matar a su amante infiel, aunque nosotros nunca hayamos vivido una situaci�n as�; o a alguien que creci� sin padre, sin dinero y sin educaci�n por haber matado, aunque nosotros hayamos crecido con muchas m�s ventajas. Existe un viejo dicho franc�s: Tout comprendre c’est tout pardonner (Comprenderlo todo es perdonarlo todo). Yo no lo creo. Creo que podemos exigir a las personas que cumplan determinados est�ndares morales aunque no podamos comprender plenamente c�mo se sent�an cuando cometieron sus actos terribles�.Por eso el Mignonette no s�lo nos obliga a preguntarnos qu� habr�amos hecho nosotros en el bote. Nos obliga a preguntarnos qu� reglas queremos que existan antes de llegar a �l. El l�mite de una sociedad civilizada no est� en lo que hace cuando todo va bien, sino en lo que se niega a hacer cuando hacerlo parece la opci�n m�s eficiente.Entonces, tras escribir el libro, �ya sabe qu� habr�a hecho usted en el bote? Preguntamos a Cohen. �Me gusta pensar que defender�a que debemos esperar y confiar en que nos rescaten o veremos tierra. Y si pareciera la �nica opci�n, intentar�a que todos acept�ramos un sorteo justo. Puede sonar idealista, pero es posible actuar por encima de la ley de la selva. Edward Brooks dijo que prefer�a morir antes que participar en el asesinato. Intent� convencer a los dem�s de que no mataran al grumete y se neg� a participar. Se traslad� al otro lado del bote y se cubri� la cabeza con su impermeable. �l es el h�roe de esta historia�.
El naufragio can�bal del Mignonette: "Echar a suertes a qui�n se com�an parec�a justo, pero casi siempre perd�a un grumete"
La ley del mar, esa serie de tradiciones por las que los marinos de todo el mundo se han regido a lo largo de la Historia. Lo de que el capit�n, salvo que seas Francesco...






