Fare casinoQue sea ministro del Interior es otra de esas loter�as que proporcionan una d�cada m�s de vida a esta manera tan extra�a de ganarse la vida'La Tertulia', un cuadro de �lvaro Toledo, que recrea una tertuliaActualizado Martes,
septiembre
23:15Audio generado con IADE VEZ en cuando alguien aparece a salvar al periodismo. Cuando todo parec�a perdido, Florentino P�rez reanim� la profesi�n al se�alar a un periodista deportivo, no s�, alguien que supo activar el enfado, da igual qui�n, en la rueda de prensa m�s famosa de los �ltimos tiempos. Florentino cay� en la trampa que los peri�dicos esconden entre algunas p�ginas. Todo el mundo pudo ver sus esfuerzos por bajar de la liana que lo hab�a colgado cabeza abajo por los tobillos. Atrapada la presa, los implicados tardaron muy poco en hacer comestible la atenci�n que les hab�a prestado; la procesaron de inmediato para solventar algunos problemas derivados de la escasez de atenci�n que sufren los peri�dicos y los periodistas. Influir es enfadar a alguien, por mucho que los cursis sentados en las redacciones se comporten como relaciones p�blicas y pongan todo el esfuerzo en agradar a sus objetivos. La mayor�a acaba se�alando a los periodistas en vez de a los protagonistas. Molestar con cuatro palabras bien ordenadas a lo largo de una frase, sin sudar y a varios a�os luz del contacto f�sico, es un privilegio. Por eso hay que estar a la altura y evitar los lloriqueos que boicotean la grandeza, o sea, el aura.El periodismo, en fin, suele vivir de sus detractores. Una informaci�n de �lex Requeijo ha expuesto la obsesi�n de Fernando Grande-Marlaska por los periodistas. Que sea ministro del Interior es otra de esas loter�as que proporcionan una d�cada m�s de vida a esta manera tan extra�a de ganarse la vida. El ministerio m�s crucial, destinado a las tareas tan poco interesantes como salvaguardar la seguridad o la convivencia, es una tapadera que permite al pol�tico fascinado por la luz cat�dica el seguimiento televisivo. El �lbum de tertulianos, diferenciados por sus ideolog�as, salva las tertulias justo cuando el p�blico hab�a empezado a plantearse si era normal que hubiera tanta gente hablando de todo. Este grupo de especialistas en la producci�n de opiniones ejerc�a, sin saberlo, una profesi�n de riesgo. Ocupa, desde ya, un lugar de honor en la vitrina junto al reportero de guerra, al noticiero pol�tico o al infiltrado.Hablar en televisi�n provoca un silbido parecido al que se siente al superar un cambio de rasante. Parec�a una pr�ctica inocua, dirigida a entretener e informar a los teletrabajadores, a las amas de casa, a los enfermos y a los chavales que hacen la rata. Ahora ya sabemos que era radical. Al otro lado hab�a un chekista chisporroteante tomando nota de todo lo que se dec�a.






