En el barrio de Los Rosales, a pocos minutos a pie del hacinamiento del Príncipe, hay un piso donde un hombre espera con tranquilidad. Ha hecho sus cálculos, y no forma parte del trasiego de chabolas ni de las colas de Cruz Roja. Tiene ahorros, un techo y, sobre todo, una fecha: diciembre. Mientras miles de personas malviven en el Trampolín o en el polígono del Tarajal, hay una serie de personas, como Yousef (nombre ficticio, 27 años), que han decidido esperar a que "la cosa se calme" antes de dar el siguiente paso.

Su situación es casi un lujo. El 20 de agosto, las autoridades desalojaron el campamento improvisado que se había formado en la playa del Trampolín, con cerca de 4.000 personas durmiendo al raso. El Gobierno habilitó plazas para 1.800 de ellas, y días después parte del resto volvió al mismo sitio del que había salido. En ese recuento, Yousef es una anomalía. Un número que no hace cola en ningún sitio.

Yousef no tiene aspecto de recién llegado. Viste ropa limpia, lleva el pelo bien cortado y un reloj Tissot en la muñeca. En la cartera guarda una tarjeta de crédito que enseña "orgulloso", pero con recelo. A su alrededor, en el barrio de Los Rosales, el trasiego de inmigrantes no cesa. Los mira de reojo. Desconfía de ellos, y no lo esconde.