La playa del Trampolín se ha convertido en la zona de Ceuta que concentra la mayor tensión por la crisis migratoria actual. Apenas quedan recién llegados en el paso fronterizo del Tarajal o el centro de la ciudad, porque allí han sido más efectivos los operativos de los cuerpos de seguridad. Los que se resisten a regresar apuestan por dos estrategias principales. Intentan llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) y acampan en el barrio colindante (Benítez), donde se encuentra la mencionada playa, o se refugian en los barrios donde predomina la población extranjera (Los Rosales y El Príncipe). Los primeros exploran la vía oficial para obtener ayuda e iniciar una posible regularización migratoria, y los segundos buscan el favor de familiares y amigos. El denominador común de estos tres barrios, según pudo comprobar El Confidencial durante un recorrido este domingo, es que las autoridades todavía no han podido controlar el orden. Las calles estaban llenas de chavales sedientos y hambrientos que interpelaban a los vecinos, deambulaban sin encontrar asistencia sanitaria para sus heridas y violentaban las viviendas y los patios en busca de refugio. Algunos vecinos se han organizado para cortar el paso en sus calles en respuesta a la inacción de los cuerpos de seguridad, que al menos desde el mediodía del domingo redujeron notablemente su despliegue (sobre todo el Ejército). El mayor grupo de inmigrantes se ha concentrado en el CETI, pero allí el despliegue policial y las trifulcas del domingo no fueron tan fuertes como en la playa. El Trampolín se ha convertido en la zona de exclusión establecida por la Policía Nacional para impedir el acceso al CETI, en cuyos alrededores se concentran ya miles de inmigrantes de diferentes nacionalidades. La vaguada que rodea el centro está repleta de chabolas. Casi todos vinieron a través de Marruecos, pero también hay originarios de países como Nigeria, Sudán, Mali, Argelia, Afganistán… El panorama era desolador bajo los árboles que rodean el CETI. “Estamos organizando un reparto de comida junto con la ONG Luna Blanca para entre 1.000 y 2.000 personas”, explica Lara Salceda, una voluntaria de la ONG No Name Kitchen que intentaba contabilizar a los extranjeros. “En días anteriores hemos venido a repartir alimentos; otros días y sin organización es imposible. Llevo días recogiendo testimonios de mujeres embarazadas, familias y menores para registrar sus casos y probar que están aquí para sus futuros procesos de asilo, pero el sistema que les permite solicitarlo ahora está bloqueado. Los menores y las mujeres que quedan aquí no están recibiendo asistencia”. "Aquí no ha llegado la normalidad que dicen los políticos" Ayoub Elasri, de 23 años, lideraba un grupo de amigos que realizaron toda la travesía juntos desde Río Martín, una localidad marroquí ubicada a 33 kilómetros al sur de Castillejos. En el grupo de cuatro chavales había dos menores, uno de 15 años y muy baja estatura, y otro de 17. Este último ayudó a Elasri para pedirnos el móvil con el poco español que hablaban. Orgullosos mostraban en el mapa su barrio, Diza, desde el que salieron hace varios días en autobús sin separarse ni un instante. Cuando la hermana de Elasri le contestó la llamada, él empezó a llorar desconsoladamente tras enterarse del fallecimiento de su madre. Segundos antes, nos había contado su historia: “Entramos después de nadar nueve kilómetros. Llegamos a Castillejos en un autobús después de un viaje de cuatro horas. Me animé para ayudar a mis padres y mis hermanos cuando vi en redes sociales los vídeos que publicaba El Faro de Ceuta sobre la gente que llegaba”. Ninguno de los otros chavales del grupo pudo hablar con su familia. Depositaron todas sus esperanzas en encontrarse con el pariente de Elasri y por eso emprendieron rumbo hacia el otro lado de la ciudad. Los que no tenían a nadie a quien recurrir permanecían debajo de los árboles o de chabolas improvisadas, como Achraf El Hassouni, de 25 años. Llegó el jueves y apenas ha comido desde ese día. Quiere pedir asilo, pero no tiene información de cómo puede hacerlo y aún no ha podido contactar con el hermano que tiene en Málaga. Mientras tanto, pasa las horas debajo de un grupo de ramas que apiló para crear un refugio. Voluntarios de la ONG Luna Blanca cargan una furgoneta con leche y galletas para repartir entre los migrantes. (P. P.) Este chico dice que prefiere estar tranquilo hasta que pase algo, pero no todos son como él. Muchos buscan comida o refugio en las viviendas más cercanas, las de la calle Colina en el barrio Benítez. Allí solo pueden entrar los residentes porque un grupo de vecinos montó una barricada con vallas de seguridad y se turnan las 24 horas para mantener la vigilancia. Tomaron la decisión después de que varios inmigrantes se colaran en sus propiedades y las autoridades no han sido capaces de garantizarles la seguridad del vecindario. “Estos días no he trabajado para proteger a mi familia y mi casa”, detallan Javier Galán y Pedro Heredia mientras sostienen una valla para limitar la entrada a la calle. “Querían llevarse la ropa de un vecino y a otro le comieron todo lo que tenía en su huerto. Aquí no ha llegado la normalidad de la que hablan los políticos. Es una vergüenza que tengamos que estar aquí haciendo guardia como si estuviéramos en guerra. Los cuerpos de seguridad no dan abasto y tuvimos que asumirlo nosotros”. Trescientos metros más abajo, en la zona de Postigo, un policía jubilado declara bajo anonimato a este diario algunos de los sucesos que han tenido que enfrentar en el barrio Benítez: “El primer día esto era un infierno. Venían a comprar las botellas de agua que le vendían a cinco euros en el bar de aquí al lado y, hasta que lo presionamos para cerrar, las peleas eran continuas. Aquí rajaron la alambrada y el vecino tuvo que echar a tres de su casa. Otros dos chavales se turnan en un portal en el que no paraban de mear y cagar. En mi propia fachada también meaban y se iban a cagar al terreno de enfrente. Ya no podíamos con tanta peste. A mi hijo lo apedrearon desde la playa anoche cuando vigilaba junto a otros chavales. No tengo problemas con su origen porque aquí en el mismo barrio vivimos cristianos y musulmanes juntos; solo queremos defender el barrio de estas conductas”. "Prefiero a la Policía que a los vecinos con palos" La amenaza que tiene en vilo a todos estos vecinos proviene de la playa que tienen enfrente. El ambiente se volvió insostenible en El Trampolín sobre las dos de la tarde de este domingo. La Policía Nacional y el Ejército retenían a los extranjeros al sol; estos terminaron desesperándose y aprovecharon el relevo que hicieron varios agentes del cordón para salir corriendo rumbo al CETI. Como pudo recoger en video este diario, una agente respondió disparando una salva de advertencia y la multitud se enardeció, hasta que los nuevos agentes ocuparon sus puestos en el cordón de seguridad y se calmaron los ánimos. Ana Rosado gestiona la recogida de datos de inmigrantes para Elín, una asociación proderechos humanos de Ceuta, que trata de informar en la playa a potenciales solicitantes de asilo. “Muchos de los que están aquí vienen de Chad, Sudán del Sur y otros países en conflicto”, detalla Rosado. “Otros pertenecen al colectivo LGTBI o han sido reprimidos por sus prácticas religiosas, y nuestro objetivo es explicarles la posibilidad que tienen de pedir asilo”. Un par de extranjeros rezaban hundiendo sus rostros en la arena gris durante varios minutos, otros jugaban al fútbol con un balón desvencijado y algunos seguían buscando la forma de llegar al CETI. Abdelhnine El Wardi, un joven marroquí al que seguían varios compatriotas para beneficiarse del fluido español que hablaba, prefería no moverse mucho de la playa. Al menos ahí nadie quería golpearlo. Grupos de migrantes en el barrio del Príncipe observan la frontera con Marruecos. (P. P.) "Yo vivía antes en A Coruña, pero me robaron mis papeles en un viaje de vacaciones a Marruecos y vine ahora nadando para quedarme en España", explica el joven inmigrante. "Me he apuntado en las listas que están haciendo y recién compramos comida. Mis amigos están heridos y no tienen mantas para pasar la noche. Estamos aquí porque los marroquíes que viven en Ceuta nos pegan por las noches en el centro. Empiezan a correr detrás de nosotros con palos y pistolas, por eso prefiero estar aquí cerca de la Policía, que no nos pega”. La sede de la ONG Luna Blanca en el barrio Los Rosales se ha convertido en la esperanza de muchos recién llegados para alimentarse. Sobre las 15:30 horas de este domingo, varias furgonetas cargaban galletas, leche y magdalenas para luego repartir con un dispositivo del Ejército. Alrededor del edificio reinaba el caos. Un soldado guiaba a una decena de magrebíes, entre los que había uno que no podía caminar por una aparente lesión en la columna vertebral y sus compañeros lo llevaban a caballito. Otros jóvenes iban tocando la puerta a los vecinos para pedirles comida y muchos grupos pequeños preferían refugiarse en la maleza colindante. Tenían tanta hambre que uno de ellos no paraba de caminar con la pierna derecha a rastras para pedirle comida a los transeúntes. Debajo del vendaje tenía un enorme agujero en la piel y dijo que se lo hizo tras enredarse en unas alambradas de Marruecos. Después de obtener una botella de agua, se escabulló en una enorme depresión llena de chabolas improvisadas. Herida en la espinilla de un chico marroquí, en el barrio de Los Rosales. (P. P.) En Los Rosales apenas había presencia policial o del Ejército, y el tráfico era una locura. Frente a un mercado había un grupo de chicos, aparentemente residentes, fumando marihuana; se pasaban los porros de mano en mano. Luego se turnaban para derrapar en un par de motos scooter que estuvieron a punto de provocar un par de accidentes. Algo parecido ocurría en la calle San Daniel del barrio El Príncipe. Ni siquiera se podía caminar por las aceras porque estaban llenas de coches de los vecinos. Los chicos recién llegados que no encontraban apoyo de familiares o amigos pasaban el tiempo en los solares yermos y los parques. Nadie hablaba español en la calle. Todos eran árabes, hijos de árabes o nietos de árabes. El Príncipe es uno de los barrios más peligrosos de España, donde han llegado a desarrollarse redes de reclutamiento de yihadistas por la alta concentración de extranjeros que siempre lo han habitado. Es la parte de la ciudad más cercana a la frontera y su influencia marroquí se nota hasta en la arquitectura. Casi todas las puertas y ventanas aluden al país vecino, aunque sea de forma muy austera. Vista de Marruecos y la valla que separa los dos países, desde el barrio del Príncipe. (P. P.) Un vecino de 29 años dijo, bajo condición de anonimato, a El Confidencial que el barrio en realidad siempre es muy caótico y anárquico, pero estos días han vivido “un infierno” por la llegada masiva de inmigrantes: “Hablamos con ellos, les dejamos comida y bebida y les explicamos lo que tienen que hacer, pero son demasiados. Hemos tenido incluso peleas porque nadie puede ayudar a miles de chicos que nos llegan de golpe. A mí me han llamado muchos que no tengo idea de quiénes son para pedirme favores. Aquí la Policía no entra y nadie se mete en las casas a buscar a estos chicos. El problema es que no podemos darle comida a todos, pero aquí están seguros”. A solo 200 metros del puesto fronterizo del Tarajal, cuando los últimos coches abandonados en plena calle empiezan a fundirse con el mar en el horizonte, una veintena de recién llegados fumaba marihuana mientras miraba el sitio por el que entraron días antes. “Aquí bien, no volver”, gritaron a este diario. Minutos después, pudimos comprobar que el paso fronterizo se mantenía abierto para el cruce de vehículos y varias embarcaciones merodeaban el tramo de costa por donde llegaron todos días antes. Quizás seguían buscando los cuerpos de los chavales desaparecidos que muchas familias reclaman al otro lado de la frontera.