Cuatro hombres vigilan el acceso en una calle de la barriada de Los Rosales de Ceuta en la que han colocado una valla de obra amarilla que cierra el paso. Pusieron su frontera particular el jueves, el mismo día en el que se produjo la entrada de más de 60.000 personas en la ciudad desde Marruecos, temerosos de que los inmigrantes entraran en sus casas. Teniendo en cuenta la proporción de quienes llegaban y la población de la ciudad, de 83.000 habitantes, se temía que no tardarían en llegar hasta allí, como ocurrió. El sábado a mediodía, cuando la inmensa mayoría de los que accedieron a la ciudad de forma multitudinaria a través del espigón del puesto fronterizo de El Tarajal había regresado por su propio pie a Marruecos, pastoreados por el Ejército, mantenían su cinturón de seguridad. Los migrantes apenas se veían por el centro de la ciudad, pero todavía quedaban diversos grupos de jóvenes —“varios miles”, según el Gobierno de la ciudad autónoma— paseando por los barrios residenciales, dormitando en las sombras o intentando comprar algo de agua, tabaco o algo que comer. Uno de los vecinos de Los Rosales había colocado un sillón e ironizaba diciendo que allí, vigilando a la sombra, estaban “de lujo”. Con recelo de que se les estuviera grabando, señalaban los diferentes puntos con más vallados particulares. “Mi hermana se ha encontrado al levantarse que le han robado la ropa del trabajo”, aporta uno de ellos. “Intentamos ser lo más justos posible, aquí en nuestro barrio no ha pasado nada, está todo controlado”, defendía otro en un relato atropellado al que iba incorporando incidentes en otras zonas como Hadú, La Reina o El Príncipe. “A ese hombre de ahí, que está enfermo, le acaban de dar un guantazo”, señalan.El vecino, de unos 60 años, de 1,70 metros y muy delgado, se duele, sentado en el mármol de la entrada de una casa. Tiene dos marcas rojas en el pómulo y está fuera de sí. “Estoy enfermo de cáncer y mira lo que me han hecho por pedirme un cigarro que no tenía. ¡Me metió! Ahí están los chavales; fueron detrás y no los cogieron. Llevo toda mi vida aquí. ¡Me cago en todo!”, recita intercalando insultos y frases en dariya, el dialecto del árabe que se habla en Ceuta. En la misma calle, uno de los jóvenes migrantes que ha escuchado su retahíla se lamenta: “Estos cabrones [los que pegan a los vecinos o delinquen] nos están robando el futuro”. No muy lejos, en los pisos de una zona conocida como La Reina, “la cosa está caliente”. Mohamed, un chico residente en El Príncipe de 17 años, muestra un vídeo de un apuñalamiento de un ceutí el viernes a mediodía. “A muchos los echaron de El Príncipe y se vinieron aquí, que está una de las mezquitas más grandes de Ceuta, a ver si les daban comida”, explica.Durante un paseo de media hora por el entorno, uno de los jóvenes que cruzaron desde Marruecos pregunta por dónde puede ir a un centro de menores y dos militares que tratan de conducir a los migrantes hasta la frontera impiden el paso a otros dos chicos hasta que uno de ellos le muestra una herida sangrante en la cabeza. Entonces les permiten seguir su camino hasta el hospital universitario. Tras el cerrojazo de la ciudad, el sábado comenzaron a abrir algunos negocios, como panaderías o tiendas de alimentación. Dolores, orgullosa caballa [como llaman a los ceutíes porque este pescado abunda mucho en el Estrecho], vive desde hace 47 años en la barriada de Pantera, donde ha criado a sus dos hijos, de 46 y 38 años, “sin tener ni un problema”. La zona, que recibió este sobrenombre porque sus pisos estaban pintados de rosa, tiene muchas entradas y salidas y también se llenó de migrantes en los últimos días. “Hay más de 300 personas todavía. Los hemos echado porque no se podía andar. Se han juntado la gente de tres o cuatro barriadas, amenazándolos con palos, para que se vayan. Ayer lo hicimos y esta tarde otra vez. Llevamos tres días sin pan. A ver si se acaba esto de una vez, pero todavía quedan”. Con el cabello recogido con una pinza, cargaba con una bolsa con cuatro barras de pan. En la mano llevaba un cuchillo envuelto en una servilleta. De pie, cerca del parking público del barrio, en el que su yerno trabaja haciendo tareas de vigilancia, la mujer relata el miedo de los últimos días. “Tuve que ir a la farmacia, porque mi marido está enfermo y ya me fui con esto”, cuenta, señalando el cuchillo. “El susto de que estén aquí y de decir: ‘¿Y si me hacen algo?’ Igual no te hacen nada, pero el susto está”, añade su yerno. “Hay que estar muy pendiente. Se metieron en casas con gente y se saltaron por la ventana. Ahora están escondidos por todos lados y, cuando ven venir a los militares, se van por la parte de abajo”, describe Dolores, antes de marcharse a hacer la comida. En la calle Romero de Córdoba, en el populoso barrio de Hadú, una veintena de migrantes esperaban para que abriera una tienda-panadería con la persiana levemente levantada. Junto a ellos había tres vecinos, dos mujeres y un hombre, de en torno a 60 años. “Ayer y hoy, gracias a dios, en esta zona, que yo sepa, no ha habido incidentes. Es lógico que nos pidan ayuda, pero ¿cómo le das, si no tienes para ti?”, incide el hombre, llamado Francisco. “Ellos están igual que hemos estado nosotros estos días [con el cierre de los negocios]. La mayoría han regresado voluntarios porque han visto lo que hay. En Los Rosales y El Príncipe les han pegado, pero tampoco es así. A mí nadie me dijo absolutamente nada. Tampoco es para que salgas a la calle y los agredas”, reflexiona. “Si a mí me lo hicieran, yo me defendería. En España hemos sido emigrantes y hay que pensar en lo que pasaron nuestros padres. Se debe recordar y ponerte en la situación del otro. Somos personas”, pide. El domingo por la tarde todavía quedaban algunos migrantes recorriendo las calles de estos barrios. La mayoría se movía con sigilo cuando veían a los militares, que no les dejaban acceder a la zona residencial. Los jóvenes se han ido desplazando hasta la playa Benítez, una zona que los taxistas consideran “peligrosa”, por la pura presencia de los jóvenes, pero en la que el domingo se bañaban los ceutíes con total normalidad. Otma, de 20 años y procedente de Casablanca, los miraba desde la barandilla del paseo marítimo junto con unos amigos que entraron antes del jueves, el día del gran aluvión. Vestido con pantalón negro corto y camiseta del Real Madrid llena de arena, dice que por las noches se esconden en zonas de monte cercanas, y que, tanto los tres amigos con los que entró como él, piensan aguantar en la ciudad hasta que la cosa se calme. “Los militares nos dicen que nos vayamos, que nos quitemos el sueño de venir a España”.