Carlos Uriarte Sánchez
Actualizado 09/09/2026 - 02:29h.
La victoria de la AfD, a las puertas de la mayoría absoluta, pone a prueba el cordón sanitario alemán y muestra que aislar a la extrema derecha puede ser útil, pero no basta. El resultado plantea una duda que va más allá de Alemania: cómo responder al descontento y recuperar la fe en las fuerzas democráticas sin renunciar a los valores constitucionales ni al proyecto europeo. Las urnas dejan una imagen difícil de ignorar. La AfD ha obtenido el 43,8 por ciento de los votos y 39 de los 83 escaños. La mayoría absoluta se sitúa en 42: le faltaron apenas tres escaños. La participación, del 77,8 por ciento, fue muy alta. Es un triunfo grande para la AfD, pero a la vez incompleto. Este partido domina el nuevo Parlamento regional, pero no tiene los votos que hacen falta para gobernar en solitario. CDU, SPD, Verdes y Die Linke rechazan cooperar con ella. El BSW, con cinco escaños, es el único que no cierra esa puerta. La paradoja es clara: un partido que roza el 44 por ciento puede dominar un legislativo y no poder formar gobierno. Aquí surge un rasgo clave del sistema alemán: ganar no equivale a gobernar. La legitimidad electoral es vital, pero también lo es tejer una mayoría capaz de sostener el Gobierno.











