La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones de Sajonia-Anhalt, obteniendo más del 43% de los votos, ha saltado a todos los titulares. La idea de que el partido populista de extrema derecha se encuentra en un ascenso hacia el poder está extendida, a pesar de que la realidad es que las opciones de que acceda al poder a nivel federal son mínimas. El verdadero riesgo de AfD tiene que ver con algo mucho más sutil y profundo, mientras que se extiende una sensación de parálisis en Bruselas y Berlín ante su avance en las encuestas.
Hay razones para sentir que AfD se encuentra en un ascenso imparable, porque esa es la imagen que se está viendo en buena parte de Europa. En Italia, que, como siempre, llega antes al futuro que el resto, la historia de una derecha radical reconvertida a fuerza hegemónica del campo conservador y canalizada dentro de los límites de lo aceptable a nivel europeo y convertida en el nuevo establishment en Roma ha enviado un mensaje de relativa tranquilidad al resto de Europa. La melonización de la extrema derecha, en referencia a la primera ministra Giorgia Meloni, parece un buen pacto para todo el mundo: la extrema derecha se hace algo más aceptable para el resto de formaciones y las grandes empresas y, además, amplía su base electoral.










