Si uno se duerme yendo a Galicia por la autovía A-6 a la altura de Ponferrada (León) y el que conduce se desvía sin previo aviso por la carretera N-120 y lo despierta solo un cuarto de hora después en el mirador de Cobas (Ourense), creerá que está en el cielo, porque lo que ve es paradisíaco: un ancho río que no sospecha que es el Sil represado en el embalse de Peñarrubia, en cuya tersa superficie se refleja como sobre un espejo el sol naciente y un cañón bordado de árboles majestuosos y riscos dorados. Lo que no creerá, desde luego, es que está ya en Galicia, porque los árboles no son eucaliptos, sino encinas. Los riscos no son de granito o de pizarra —lo habitual allí—, sino de roca caliza. Y aquel alimoche común que sobrevuela este idílico panorama es tan poco gallego como una tortilla de patata con cebolla, muy hecha y sin sal.Lo que descubre el viajero desde el mirador de Cobas no parece Galicia. Pero lo es. Es Enciña da Lastra, el parque natural más desconocido de la región, de clima mediterráneo y sustrato calizo, un paraíso de las orquídeas —hay 25 especies— y una puerta de entrada magnífica a la comarca de Valdeorras. Parque y comarca son el extremo oriente de Galicia, donde Ourense linda con León y Zamora. Tan extremo oriente es que se parece más a Castilla y León que a la propia Galicia. Al mejor amigo del hombre, los valdeorreses le dicen perro, no can. A la ventana, ventana, no fiestra. Al vino sí lo llaman viño, pero para conservarlo tienen tropecientas bodegas subterráneas, como si esto fuera la Ribera del Duero. Y lo dicho: en lugar de eucaliptos, que no hay monte en Galicia sin ellos, lo que uno encuentra al entrar en Valdeorras son majestuosas encinas, las que dan nombre al parque natural. La guardiana de un tesoro ocultoPoco más abajo del mirador de Cobas —o de Covas, pues de las dos formas se escribe—, en la última curva que hace la carretera antes de entrar en la aldea del mismo nombre, proyecta su sombra de 25,60 metros de diámetro una encina monstruosa de 16,90 de altura y con un perímetro de 8,80 en la base de su tronco trifurcado. Es la Aciñeira de Covas o Enciño de Fontenouva, el único ejemplar de Quercus ilex reconocido y protegido por la Xunta de Galicia como árbol singular, y eso que hay 151 catalogados de otras especies. Esta encina de edad incalculable —entre 200 y 500 años— es la guardiana de la aldea, del parque natural y de la comarca. Y, según dicen, también de un tesoro oculto entre las rocas calizas donde hunde sus raíces. Allí, cuentan, lo escondieron o dejaron olvidado los mouros, seres fantásticos de la mitología gallega que habitaban bajo tierra rodeados de riquezas antes de que llegaran los humanos.En Cobas se puede bajar paseando en 10 minutos a la orilla del embalse para refrescarse en las aguas del Sil y para ver somormujos lavancos, garzas reales y, en septiembre y octubre, cuando pasan camino de sus cuarteles de invierno andaluces y africanos, águilas pescadoras. O bien echarse a andar por la pista forestal que es prolongación de la calle principal y que va ganando suavemente altura, a unos 200 metros sobre la superficie del embalse, hasta Vilardesilva. Son unas tres horas de camino, siguiendo una ruta circular sencilla de 11 kilómetros. Si somos más de ir observando la flora y la fauna que de andar por andar, con llegar hasta un antiguo horno de cal que hay a media hora del inicio ya está bien. Por el camino y al pie mismo del calero, florecen en primavera la orquídea abejera (Ophrys sphegodes) y la piramidal (Anacamptis pyramidalis), dos de las especies más llamativas de este orquidario natural, y en un escarpe calizo que hay poco antes de cruzar el arroyo de Pereda y de avistar la enorme mole troncocónica del viejo horno, arraigan plantas como la Armeria rothmaleri y la Petrocoptis grandiflora, que no lo hacen en ningún otro lugar del planeta.Hay que acercarse también al centro de visitantes del parque natural, en Biobra, donde se informa con detalle de cuanto hay en él y de las rutas más curiosas, como la de Tras os Penedos —la mejor para observar mariposas— o la de As Dúas Vertentes. Recorriendo esta última, se ven en lontananza las minas romanas de Las Médulas y, en el cielo, el alimoche común, que en Galicia es un ave muy poco común, valga la redundancia. Si se viaja en un grupo de al menos ocho personas, se puede hacer las rutas acompañados por un guía del centro de visitantes sin pagar nada, solo escribiendo con antelación a su correo electrónico (servizo.conservacion.natureza.ourense@xunta.gal). Pero hay que tener en cuenta que el centro solo abre de jueves a domingo y que echa el cierre desde mediados de septiembre hasta Semana Santa. Así no es de extrañar que este sea uno de los parques naturales más desconocidos de España. Dos pueblos ‘enxebres’: Vilardesilva y PardollánAdemás de la naturaleza inaudita de Enciña da Lastra, en el centro aconsejan visitar Vilardesilva y Pardollán, dos de los pueblos más enxebres, más auténticos, con más encanto del parque y de Valdeorras, una región donde el desarrollismo y los marmolistas han causado estragos. El feísmo apenas ha hecho mella en ellos. En Vilardesilva abundan las casas de piedra caliza bien labrada, con galerías de madera hermosamente tallada y con buenas historias a sus espaldas. Historias como la que fue propiedad de Paco González, que emigró con sus padres a Alemania, donde fue fontanero y luego payaso —el primero titulado de Europa—, y que volvió regularmente en verano a esta aldea de su Valdeorras natal para hacer un alojamiento rural —Chao do Prao— y dar cursos de clown. Así, hasta que Paco murió en 2017 y su casa rural y su escuela se perdieron. El cercano mirador da Cruz es un buen lugar para olvidarse del triste final del sueño de verano de Paco, admirando el paisajazo —el espolón calizo de Peñarrubia aflorando de las aguas quietas del Sil como la aleta dorsal de los peces acorazados que poblaban este rincón de Galicia hace 400 millones de años, cuando era un cálido mar tropical— y oliendo a tomillo salsero, una planta tan exótica en Ourense como un clown valdeorrés en Alemania. Pardollán, por su parte, tiene un lugar especialmente cuidado, que justifica por sí solo la visita: la céntrica plaza donde todos los vecinos —43; 10 más que Vilardesilva— beben y llenan sus regaderas en una preciosa fuente de tres caños, rodeada de macetas floridas, pinturas murales y casas con galerías azules. Este colorido rincón, más que de una aldea del interior de Galicia, diríase de un pueblo marinero de las Rías Altas.La ‘alvariza’ que surgió del fuegoEn el centro de visitantes del parque también recomiendan, si se va a pasar más de un día en la zona, acercarse a conocer la empresa apícola familiar O Marquesado, en O Real. “Apicultores desde 1896”, reza un cartel en la fachada de la casa-taller, pero enseguida se da uno cuenta, viendo y oyendo a los dueños, Antonia Franco y Jens Kleinwächter, de que no llevan tanto tiempo en esto y tampoco en Valdeorras. Antonia, hija de emigrantes gallegos en Alemania­ —y prima de Paco, el clown—, volvió hace 12 años a la tierra de su padre con su marido y ambos decidieron seguir el dulce oficio del tío de ella, que iba a retirarse. El caso es que hacen lo mismo que otras cuatro generaciones de Francos —una miel con un sabor especial, gracias al microclima mediterráneo de este rincón de Ourense—, pero con una técnica y una precisión alemanas, como se ve en la limpieza y el orden del taller, de la tienda y de la sala de catas. “En Alemania”, explica Jens, “aprendimos a trabajar con la dócil abeja cárnica y aquí tuvimos que aprender de nuevo con la negra ibérica, que es mucho más nerviosa, más defensiva, más brava”. Una abeja a la que no tranquiliza y vuelve más manejable y productiva el cambio climático y tampoco los graves incendios que sufrió la comarca en 2020 y 2025. “Mi tío”, explica ahora Antonia, “producía siete toneladas al año con 150 colmenas. Nosotros, con el doble, solo cuatro”.Para compensar, y porque no saben parar, estos emprendedores de cabeza alemana y corazón español llevan a los visitantes que lo desean a hacer de apicultores por un día en alguno de los terrenos donde tienen sus 300 colmenas. Por el camino, van parando aquí y allá para admirar los soutos, montes de castaños productivos que han sido estos últimos años eficacísimos cortafuegos. En una ladera no tan limpia, la maleza ardió como la yesca en agosto de 2025, durante el incendio más grande registrado hasta entonces en España, y entonces apareció una alvariza, una muralla circular que se usaba hace más de un siglo para defender las colmenas de los osos. “Un convenio entre la Xunta y la Fundación Reina Sofía”, informa Jens, “va a permitir recuperar en breve esta estructura patrimonial: nosotros la devolveremos a la vida, llenándola de colmenas. Ya solo queda abrir un camino para poder llegar en un 4x4 allá arriba”. Mientras tanto, Jens lleva a los apituristas al pie del monte donde reapareció la alvariza, en Oulego, y la observa de lejos con la mano en el corazón. Beber en una cueva y comer en otraOtra cosa que se hacía en Valdeorras desde siempre, además de miel, es vino, pero poca gente de fuera se fijaba en esta denominación de origen hasta que uno de Rafael Palacios, Sorte O Soro 2020, obtuvo 100 puntos en la guía Robert Parker Wine Advocate. Ahora todo el mundo vuelve los ojos y los paladares hacia esta comarca y alucina con sus montes llenos de vides de Godello —la uva autóctona, la más apreciada, con la que se elaboran vinos frescos, afrutados y elegantes, que se beben solos— y de cuevas. Se decía que había muchas, más de mil cuevas, y un reciente estudio de Carina Rodríguez y Cristina de la Torre, As covas de Valdeorras, ha confirmado que no es una exageración: han catalogado 1.103. Una cueva bien conservada, que da gusto visitar, es la de Adega Melillas, una bodega familiar creada a principios de siglo por emigrantes retornados de Suiza a su pueblo natal, A Rúa. ¿Y por qué se llama Melillas? Pues porque así llamaba al abuelo de Sonia Prada —copropietaria, gerente y quien explica la saga a los enoturistas—, que hizo la mili en Melilla. Arriba se degustan y se compran los vinos —el mejor, el Lagar do Cigur Godello 2025— y abajo se entra casi a tientas en la cueva, que no es de clara roca caliza, sino de negra pizarra. Cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad, se descubre una de las cuevas más altas de Valdeorras, con techos de más de cuatro metros, donde antiguamente el vino se conservaba bien en los veranos de clima tan poco gallego de esta comarca, igual que en una vinoteca. Mayor aún es una cueva de Seadur, la segunda que vale la pena visitar: tan grande es, que cabe en ella un restaurante, Cova da Xabreira, con 42 comensales dando cuenta en sus mesas de las berenjenas con queso de O Cebreiro y miel de O Marquesado, el chuletón de vaca madurada Simmental y cuanto va saliendo de las brasas. Para beber, nada como el rosado Viñas de Seadur As Fontelas que elabora la misma propiedad con la autóctona y muy escasa uva brancellao. Y para elucubrar en la sobremesa: ¿cómo abrirían semejante boquete en la roca madre del monte? Porque es puro granito. No hay huellas de barrenos. Fue a pico.Dormir a orillas del Bibei y del SilDespués de mucho comer y elucubrar, no es mala idea dirigirse a As Ermidas, en O Bolo, para dar una cabezada en la playa fluvial del río Bibei, el principal afluente del Sil por su orilla izquierda, o un paseo por los alrededores, viendo cómo Diego de la Torre cuida los viejos olivos que se retuercen en las escarpadas márgenes, muchos de los cuales debieron de ser plantados en 1624, cuando se creó el santuario barroco de As Ermitas que hay en lo alto. Con las aceitunas que con arduos trabajos obtiene de estos y otros olivos centenarios de Valdeorras, Diego produce con cuentagotas el AOVE Terras Gigurras, que sale a 56 euros el litro y se agota en un amén. Ahora mismo hay que esperar dos meses a que los olivos y este oleicultor heroico hagan más.Quien quiera algo más que una siesta en bañador —una con pijama—, puede volver a Seadur y alojarse en A Rectoral, la casona de 1783 donde vivía y prácticamente teletrabajaba el cura de la localidad: solo tenía que levantar la voz para decir misa en la vecina iglesia. El lugar, que tenía también algo de cueva, con sillares ciclópeos y rincones sombríos por doquier, ha sido reformado a fondo y decorado alegremente por sus propietarios, Isabel Val y Lucas Presedo, que han tenido el acierto de colgar en casi todas las habitaciones y apartamentos lienzos de la artista de A Rúa Carina Rodríguez, que evocan las máscaras y los trajes del Entroido orensano. Otro acierto: el apartamento A Lareira, con la moderna cocina y un antiguo escaño con mesa abatible integrados a modo de office dentro de la monumental campana de la vieja chimenea.Una buena opción también para alojarse y para poner a esta ruta punto final —o aparte, porque hay que volver para seguir explorando el extremo oriente de Galicia— es el hotel rural A Pontevella, en Sobradelo. Está en un lugar difícil de creer: a orillas del Sil, junto a un puente seiscentista de 90 metros cuyos siete ojos han visto cosas tremendas —como la crecida de 2010 o como la francesada, que para detenerla se derribó su arco central en 1810—. Soraya Docampo, su propietaria, levantó con sus propias manos este hotel boutique de acabados impecables, como solo puede hacerlo alguien que antes se dedicó a la construcción. Además de buena obrera, es buena cocinera y amena anfitriona. Mientras los huéspedes se chupan los dedos —muy ricas, las croquetas de cecina artesanal y la lubina al horno con vino Godello—, les cuenta cosas maravillosas de este pueblo que es la capital de uno de los municipios más ricos de Galicia, Carballeda de Valdeorras, el mayor productor mundial de pizarra. Las piscinas naturales de Sobradelo tienen playa de arena fina, mucha pizarra —¡claro!— y hasta hidromasaje. Mañana habrá que ir a probarlas.