Elena del Rivero se quejaba de que desde sus ventanas no podía ver el cielo: se lo tapaba la Torre Sur del World Trade Center, a solo unos pasos de su casa-taller en Nueva York. Pero el 11 de septiembre de 2001 todo cambió. Para el mundo en general y para ella en concreto. Para el mundo, porque los ataques yihadistas contra el corazón de Estados Unidos inauguraron un tiempo de dolor e incertidumbre. Para ella, porque su mundo se vino abajo. Desde entonces, se ha dedicado a documentar la herida que dejaron esos ataques. La vista al cielo, eso sí, quedó despejada desde su vivienda. Ahora, cuando se conmemoran 25 años de esos ataques, la artista española está preparando las maletas. Tiene pensado volver a Madrid el próximo octubre. Llegó a Nueva York en 1988, hace casi cuatro décadas. Pero la ciudad, y el país, no es ya de la que la enamoró, la que, según reconoce, le ha dado premios y reconocimientos. Se va por motivos familiares: su hija vive en París y quiere estar más cerca de ella. Pero también por la deriva del país. “Estoy muy decepcionada por todo lo que está pasando en la política. Aunque no sé si me voy de Málaga para ir a Malagón. Porque los tentáculos de este señor son muy largos. Solo hace falta mirar lo que está pasando en Alemania”, asegura. No especifica a quién se refiere cuando habla de “este señor”, pero tampoco hace falta. Le preocupa la deriva hacia la extrema derecha que vive Estados Unidos. Y la mercantilización de todo que ve en Nueva York. Recuerda que en los años ochenta y noventa veía en esta ciudad un sentido de comunidad que hoy queda en muy pocos lugares. Uno de ellos es Lot-Ek, el estudio de arte y arquitectura del East Village donde ha citado a EL PAÍS, que acoge una exposición de sus obras relacionadas con el 11-S. “Tienes que mencionarlos en el artículo. Son fantásticos. Aquí sí dan oportunidades a gente del barrio para mostrar su obra”, asegura. Otra petición al periodista: “No pongas mi edad, por favor. Está en todas partes. Es muy fácil buscarla, pero no quiero verla escrita en un periódico”. El arte como lujoDel Nueva York que conoció al llegar y el que reaccionó ante el 11-S queda poco. Se queja de que la mercantilización haya infectado de lleno el mundo del arte: “Las galerías pequeñas sufren para sobrevivir, y las grandes imponen a sus artistas en los museos. Los directores de museos hablan de mercado, de gente famosa, no de arte. El artista se ha convertido en un creador de productos de lujo”. Pero no quiere sonar agorera. Cree que en los momentos de transformación es cuando surgen los artistas potentes. “Mira Pollock, que revolucionó el arte en los años cuarenta y cincuenta, tras la guerra. O David Hammons. Cuando lo conocí, aluciné. Nunca había visto nada igual”. Ahora, cree, también deben estar surgiendo nuevas voces. Pero es pronto para detectarlas. Intuye que deben estar en algún sitio, entre las mujeres, los afroamericanos, el colectivo LGTBIQ+, la gente que está diciendo no a lo establecido. La historia de Del Rivero es la historia de muchas casualidades. Cuenta que aseguró todas sus obras pocos días antes del 11-S. “Lo hice porque gané un premio y me recomendaron contratar un seguro. Cuando se lo dije al que era mi marido, él me respondió: ‘Tú no sabes de eso’. Así que solo por esa frase dije que tenía que hacerlo. Y mira, gracias a eso el seguro me pagó un estudio igual al que perdí con los atentados”. Ella había volado de Nueva York a Madrid el 9 de septiembre de 2001. Dos días más tarde recibiría una llamada de su madre. “¿Has visto lo que está pasando? Pon la tele”, le dijo. Del Rivero entró en un bar y las imágenes le sobrecogieron. No solo por lo que veía todo el mundo. Ella, aparte de ver cómo se desplomaban las famosísimas torres, también podía comprobar, a miles de kilómetros de distancia, cómo se hundía su casa, donde lo tenía todo. Estuvo diez días sin saber si su marido estaba vivo o muerto. “Yo enloquecí”, repite varias veces a lo largo de la conversación. Lo que pasó en septiembre de 2001 cambió radicalmente el sentido de su obra. Desde entonces, explica, se obsesionó con la idea de convertir la destrucción en creación, y en buscar fórmulas para sanar la herida que se había generado. “Empecé a pensar no solo en la idea de herida, sino también en la de sutura”, explica. Tuvieron que pasar varios meses desde los atentados hasta que pudiera volver a entrar en su casa. Y lo que vio cuando llegó le sobrecogió. Todo lleno de polvo. Un destrozo absoluto. Y una infinidad de papeles en el suelo. A su casa había llegado material de todo tipo. Informes médicos de personas desconocidas. Vidas laborales. Cheques. Con esos papeles empezó a crear su nueva obra, la que quedaría marcada de forma ineludible por el horror del 11-S. La idea de la destrucción quedó tan impregnada en ella que años más tarde decidiría quemar toda su obra de juventud, en el proyecto que bautizó como La quema. Una retrospectiva en la aldea gallega de San Pedro Fiz de Vilar. Todo esto queda reflejado en la exposición en Lot-Ek, que sirve de despedida a su vida neoyorquina. Hay vídeos de ella desnuda bajando las escaleras de su estudio destrozado y lleno de polvo tras el 11-S. Otros en los que se ven a hombres recogiendo los escombros. Cinta aislante que la policía en Estados Unidos pone para que no se acerquen los curiosos con la frase: “Crime Scene, do not cross” (Escena de un crimen, no cruzar). Del Rivero quiere que toda su obra acabe algún día en España. Sabe que no será fácil. Pero cree que se lo debe al país donde nació. También cree que algo nuevo surgirá que volverá a revolucionar el mundo de la creación. Y para eso recuerda una cita de Duchamp: “El artista más grande del futuro surgirá del underground”.