El atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 es una de las heridas fundacionales del siglo XXI. El mundo cambió radicalmente después de aquello. Todo se volvió frágil, inestable… El miedo se apoderó de todos y, para seguir adelante, hacía falta que alguien nos cogiera de la mano. En momentos traumáticos, son las historias, los cuentos, los que hacen esa labor para, si no sanar la herida, al menos hacer que escueza menos. La humanidad cuenta relatos para avanzar, para autoconvencerse en una realidad que es insostenible e incomprensible.
Quizás eso es lo que pasó al colectivo de víctimas del 11S cuando decidió creer la historia de Tania Head, aquella superviviente que consiguió escapar desde el piso 78 de la segunda torre, que perdió a su marido con el que estaba a punto de casarse porque trabajaba en el edificio de enfrente y que se convirtió en la líder de aquel grupo que luchaba para que se les hiciera caso y se les tuviera en cuenta. Su historia era bastante inverosímil pero, ¿acaso era verosímil que un avión se estrellara contra un edificio del centro de Nueva York?
Tania Head les cogió a todos de la mano, les unió y les hizo pelear por sus derechos como víctimas así como a avanzar de forma colectiva en la curación de su trauma. Solo había un problema, ella nunca había estado en ninguna torre. Ni siquiera había estado en Nueva York. Pero había más, su nombre no era Tania Head, sino Alicia Esteve. Una barcelonesa de una familia rica y conocida de la ciudad catalana que construyó una máscara incomprensible para muchos. Head, o Esteve, fue descubierta cerca del décimo aniversario del atentado por The New York Times y su identidad revelada por el periódico español La Vanguardia.












