“¿Qué más puedo dar?…”. Anoche estaba escuchando esta canción de Michael Jackson y preferí salir de Spotify. Elegí un libro. Me capturó entonces releer El mundo de ayer de Stefan Zweig. Sin embargo, tampoco pude continuar. Tan solo llegué a la frase “Ahora mismo, el mundo se está acabando”. La verdad es que yo estaba recordando los sucesos del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York. En esa época, residía en Estados Unidos. Muy temprano en Salem, Oregon, me enteré de que ese día, en el año uno del milenio, el mundo había comenzado a derribarse. Tres días antes, en el jardín de mi casa, había encontrado una brillante y motorizada cortadora de césped, de esas que usan los jardineros profesionales o los más avezados amos de casa. ¡Qué extraño! No era mía, pero tampoco de mis vecinos. Los llamé y ninguno dijo ser su dueño. Se me ocurrió que, tal vez, era un truco de venta y que, al día siguiente, un amable comerciante tocaría mi puerta y me ofrecería la cortadora por una módica suma mensual. No fue así. Y por eso debo contarles la historia de otra persona, Thiago Joseph Miranda de Melo, el jardinero brasilero que me hacía servicio y que insistía todo el tiempo en que yo mismo debía cortar mi césped. En vez de su nombre larguísimo, prefería llamarlo Pepe o simplemente amigo. Lo hacía pensando en Pepe Carioca y en la inagotable simpatía de mis amigos del Brasil. Como todo jardinero, Pepe Carioca era un filósofo y su conversación estaba colmada de frases sabias. Inmigrante pobre y casi analfabeto, Thiago había hecho muchos progresos y tenía una empresa propia, pero nunca abandonó los proverbios que había aprendido en lo que él llamaba “la universidad de la vida y del jardín”: “El invierno llega rápido a los jardineros perezosos”. “La confianza es una planta de crecimiento lento”. “Las manzanas ajenas son las más dulces”. “La fe nos hace sembrar, no la vista”. “Las hojas llegan antes que la tormenta, pero la tormenta se lleva las hojas”. 11 de septiembre de 2001. Foto: AFP. Nuestro aprecio era mutuo porque, en una ocasión, yo había escrito una carta de recomendación para que su hijo Thiago pudiera ingresar a una universidad en Nueva York, y era justamente allí donde Pepe Carioca se encontraba en esos días. En agosto de ese año, al cumplir los 70, Thiago Miranda se jubiló y decidió que su vida se repartiría cada año en visitar a su hija Karina, abogada de inmigración en Miami, a Thiago que pronto terminaría sus estudios de ingeniería, y por fin a María Elena, que ejercía la medicina en Oregon. Sería la primera vez que tendría vacaciones “porque las plantas no las tienen”, y también la primera vez que haría tantos viajes, ya que solamente se había subido en un avión tres o cuatro veces en toda su existencia porque, según él, “los árboles no se mueven y las hojas no viajan en avión”. ¿Qué andaba haciendo Thiago allá en la isla de Manhattan? ¿Y de quién sería la podadora de césped? El 11 de septiembre, muy temprano, Thiago y su hijo salieron de Queens y fueron al centro de la isla, a las Torres Gemelas, porque el muchacho quería invitarle un desayuno y hacerle conocer uno de esos edificios en los que trabajaba para financiar sus estudios universitarios. Ese mismo 11 de septiembre, en vano trataba yo de comunicarme con mi amigo Isaac Goldemberg en Nueva York. Su teléfono parecía apagado. Tampoco tenía forma de ubicar a mis hijos Eduardo y Anabelí, estudiantes universitarios en la Gran Manzana. Lo que ocurría era que el servicio telefónico de Nueva York había colapsado. Varios días después, María Elena, la hija de Thiago, me llamó para decirme que el aparato que brillaba en mi jardín era mío. Al jubilarse su padre, vendió la maquinaria, pero reservó algunas de las herramientas para obsequiarlas a los clientes que más estimaba. Iba a decírmelo a su regreso de Nueva York, pero de allí nunca volvería porque “las hojas no viajan en aviones”, y porque Thiago y su hijo nunca salieron de la cafetería en una de las torres el 11 de septiembre del 2001. Se transformaron en hojas y en recuerdos que darán vueltas, vueltas y vueltas por el universo, y tan solo habrán de regresar cuando la muerte sea derrotada y otra vez esté aquí la primavera.
Septiembre de 2001: el mundo se está acabando, por Eduardo González Viaña
El ataque a las Torres Gemelas es uno de los actos más terroríficos del siglo XXI. Y por eso mismo, todos tenemos una impresión de los efectos que dejó.











