0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLa mañana del 11 de septiembre del 2001 fue radiante. Yo vivía a las afueras de Washington y acababa de dejar a mis hijos en el colegio cuando la radio del coche dio la noticia de que, al parecer, una avioneta se había estrellado contra una de las dos torres del World Trade Center de Nueva York. Parecía un accidente y costaba entender lo que las televisiones empezaron a retransmitir en directo: el impacto del segundo avión, el derrumbe de los dos edificios más altos de la ciudad, el heroísmo de los policías y bomberos, la tragedia en el corazón del imperio.Nada te prepara para la posibilidad de perderlo todo y menos en ciudades como Washington y Nueva York. Puedes perder muchas cosas –el empleo, la vivienda, la mujer–, pero la angustia de que toda tu vida pende de un hilo y que no hay nadie más que tú aguantándolo es tan abstracta y pesa tanto que dejas de razonar. Te mueves por instinto. Solo piensas en protegerte, en proteger a tu familia y en enviar una crónica para este diario.El 11-S impuso la lógica de la fuerza y marcó el carácter del siglo XXIHaber cubierto conflictos en los Balcanes, Irak y Chechenia no te prepara para el vértigo que sientes cuanto tu familia está en la línea de fuego, y fue precisamente ahí donde estuvieron millones y millones de estadounidenses durante aquel 11 de septiembre tan radiante y siniestro.No había gobierno. El presidente volaba de aquí para allá en el Air Force One y no fue hasta el atardecer que aterrizó en Washington y se dirigió a la nación. Habló con patriotismo y determinación, pero la gente ya se había organizado. Los niños habían regresado del colegio, los teléfonos echaban humo y no quedaba nada en los supermercados.El siglo XXI nació de las ruinas del World Trade Center de Nueva York Alexandre Fuchs / AFPMi mujer, que trabajaba cerca de la Casa Blanca, tardó casi tres horas en llegar a casa. Llegó andando, por avenidas desiertas, acompañada por desconocidos que se hicieron compañeros. Los francotiradores se habían apostado en las azoteas. Al enemigo no se le vía pero se le sentía muy cerca.El presidente prometió venganza y declaró una “guerra contra el terror”, un gravísimo error estratégico del que aún pagamos las consecuencias.El siglo XXI empezó el 11 de septiembre del 2001. No solo porque EE.UU. sufrió el peor ataque desde Pearl Harbor, sino porque cambió el carácter de la nación más poderosa del mundo. A partir de entonces, ha sido el nosotros o ellos.Esta furia tan simplista alimenta la violencia política, económica y militar. A ella se deben las guerras en Afganistán, Irak, Yemen, Irán, Ucrania, Sudán y Palestina, conflictos que colocan a millones de personas frente a la muerte. Este abismo agrava la inseguridad de todos y a los occidentales nos deja a merced de los populistas, los predicadores de la supremacía blanca.El problema es que estos popes del mesianismo tienen buena prensa. Prometen la seguridad absoluta y la gente los sigue porque tiene miedo a perderlo todo en un atentado, una crisis financiera o un virus universal.Así empezó el siglo de la fuerza y así continúa.Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S
Nada te prepara para perderlo todo, por Xavier Mas de Xaxàs
La mañana del 11 de septiembre del 2001 fue radiante. Yo vivía a las afueras de Washington y acababa de dejar a mis hijos en el colegio cuando la radio del coche dio la noticia de que, al parecer, una avioneta se había estrellado contra una de las dos torres del World Trade...













