“¿Qué hacías cuando se estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas?” Es una pregunta que ha marcado a varias generaciones. Casi todo el mundo que en 2001 tenía una edad suficiente recuerda el momento en el que se quedó clavado ante la televisión con unas imágenes que jamás olvidarían. Ahora, por primera vez, existe una generación que no tiene ningún recuerdo, simplemente porque no había nacido. Unos 100 millones de estadounidenses no habían visto aún la luz el 11 de septiembre de ese año. Estados Unidos se enfrenta al reto de transmitir la memoria a quienes no pueden tirar de vivencias, sino solo de lo que les cuenten sus padres o profesores. Al salir a las calles de Nueva York y preguntar a un grupo de jóvenes, la primera impresión es que muchos detalles de la historia se están perdiendo. La consulta no tiene valor sociológico, pero resulta interesante conocer la opinión de chicos y chicas de hasta 25 años que viven en la ciudad que sufrió la peor parte de los atentados. Una de las primeras conclusiones es que generalizar es un error. El abismo de conocimiento entre unos y otros es amplísimo: un muchacho cree que los aviones de los terroristas se estrellaron contra el Empire State Building mientras que otro es capaz de proporcionar los detalles con los que los 19 yihadistas organizaron el secuestro de cuatro aviones (dos en Nueva York, el que impactó contra el Pentágono y el que se estrelló en Pensilvania). Lo más habitual, pese a todo, son respuestas muy genéricas. Solo uno de los seis consultados es capaz de mencionar el nombre de Osama Bin Laden.“Sé que fue algo trágico y que hay muchas teorías de la conspiración. Pero si te digo la verdad no tengo claro quién lo hizo”, asegura Josephine Stenquist, de 21 años, estudiante de negocios de la moda. Otro rasgo común: pueden no tener muy claro qué pasó, pero sí intuyen que su vida hoy sería distinta si no hubieran ocurrido esos hechos de los que han oído hablar en sus casas o en el colegio. El tabloide The New York Post mencionaba este domingo un informe según el cual dos tercios de los profesores de Estudios de Oriente Próximo aseguran que los universitarios no saben identificar quién o por qué atacó a Estados Unidos el 11-S. 75 millones de dólares para concienciar En los colegios de Nueva York, los escolares estudian durante tres cursos la historia de los atentados. El Ayuntamiento destinará un millón de dólares a ampliar la programación educativa del Memorial y Museo del 11 de Septiembre, con visitas gratuitas para 20.000 estudiantes. Además, el museo lanzó en junio una campaña para recaudar 75 millones de dólares para concienciar a los jóvenes. El exalcalde Michael Bloomberg ya ha aportado 25 millones. Pese a estos esfuerzos, hay grandísimas diferencias entre lo que saben unos chicos y otros. Lucia Zadroga es la única de los consultados que vivía durante el 11-S. Había nacido medio año antes. El brutal atentado afectó a sus primeros meses de existencia. Hasta entonces vivía en el East Village, en el sur de Manhattan, no muy lejos de donde Mohamed Atta y sus secuaces estrellaron los dos aviones. Preocupados por los efectos que el polvo en suspensión podía tener sobre una recién nacida, sus padres decidieron mudarse al norte del Estado de Nueva York. Zadroga dice que en el barrio sufrieron el estigma de haber huido de la ciudad en el momento de mayor dolor. Ella recuerda desde muy pequeña oír hablar de los atentados, con historias como el hermano de un amigo de sus padres que murió en las torres o un cura muy cercano a su familia que se involucró en el rescate. Quizás por vivir cerca del lugar del atentado, su recuerdo se centra más en las consecuencias para los vecinos que en los atentados en sí. “Siento que hay muchas cosas que no se dijeron entonces y que probablemente habrían ayudado a las familias. No se habló de la contaminación y de la pésima calidad del aire. Hay casos de cáncer que están afectando a muchas personas que vivían cerca”, asegura. Esta joven está totalmente en lo cierto. Este mismo martes, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha desclasificado 170.000 páginas de documentos que muestran cómo las autoridades de la ciudad ocultaron los efectos perniciosos para la salud de los que estaban cerca de la Zona Cero. “Casi 25 años después, han muerto más personas por enfermedades relacionadas con el 11 de septiembre que las que murieron el propio día del atentado”, aseguró el demócrata. Más despistado parece Dafry, de 21 años, que vive en el Bronx. Reconoce que no sabe mucho de lo que pasó entonces. Solo que alguien secuestró unos aviones y que los estrelló, pero no tiene claro contra qué. “Fue contra el Empire State Building, ¿no?”, pregunta. Al decirle que en realidad fue contra las Torres Gemelas, responde que algo había oído, pero no que no lo tenía muy claro. “Lo siento, estoy un poco desconectado”, se disculpa. Sí que sabe, en cambio, que los ataques cambiaron muchas cosas, sobre todo en la seguridad en los aeropuertos. “Es una locura. Pasó hace 25 años y la gente todavía se emociona y sigue hablando de eso”, concluye.La escuela es el medio en el que más se transmiten los conocimientos sobre el 11-S. Según una encuesta de Pew Research Center, un 60% de las personas entre 18 y 24 años se enteraron de los ataques en clase. Los otros métodos son mucho más minoritarios: el 16% dice que supo de lo ocurrido por familiares o amigos y un 8% a través de la lectura o al ver algo por su cuenta.Tarek Elbali, que acaba de empezar a trabajar como ingeniero, nació en Nueva York hace 23 años de padre egipcio y madre marroquí. Él tiene mucho más claro lo que ocurrió. “Fue un ataque terrorista organizado por un grupo islamista radical, creo que de Afganistán”, asegura. Le falla la memoria, en cambio, al buscar palabras como Al Qaeda o Bin Laden. Pero de estos atentados, sobre todo, recuerda el efecto que la ola de islamofobia posterior tuvo en su familia: “Mi padre llegó a Estados Unidos poco después del 11-S. Se ganaba la vida como podía, trabajando de lo que saliera. Y sufrió prejuicios por sus orígenes. En su trabajo le decían que no hablara árabe en la calle, que no era bienvenido. Luego la situación fue poco a poco normalizándose”, recuerda.Una perspectiva muy distinta tiene Boaz Segal, de 24 años, que nació en Israel y a los dos años su familia se trasladó a Nueva Jersey. Él es de los pocos que al preguntarle cómo ha cambiado en los últimos 25 años va más allá de las restricciones en los aeropuertos. “Todos los países reforzaron las medidas después de aquello. La gente empezó a tomarse mucho más en serio el terrorismo”, asegura este joven con doble nacionalidad estadounidense e israelí. Segal cree que es una pena que haya gente de su edad que no pueda señalar a Al Qaeda o a Bin Laden al hablar de este atentado: “Es algo que no se debe olvidar nunca, como el Holocausto. Hay gente que desmiente los hechos, que no le gusta mirar a las cosas como realmente son. Es algo natural, no querer ni siquiera saber que hay personas que puedan cometer esa atrocidad”.