Las bebidas energéticas no se consumen por placer. No se sirven en una copa de balón, con hielos y pajita, no se sorben con lentitud gozosa. En el imaginario colectivo, se toman directamente de la lata, frente al ordenador, mientras se hace otra cosa. Más que una bebida son una poción, un brebaje que promete convertirnos en una versión más rápida y eficiente de nosotros mismos. Tienen sabores químicos y nombres absurdos como Focuss Passionate, Absolutely Zero o Lando Norris Zero Sugar edición limitada dorada. Llevan años arrasando entre los hombres jóvenes. Y ahora empiezan a dar el salto al resto de la sociedad.Bebida energética es un término comercial. El técnico sería bebida con alto contenido en cafeína, pero claro, vende mucho menos. Este detalle ejemplifica cómo la idea que tenemos sobre estos refrescos está condicionada por el marketing. En parte porque su historia de origen tampoco es muy atractiva. Las bebidas energéticas surgieron de la explotación laboral. En Bangkok (Tailandia) a finales de los setenta, el dueño de una farmacéutica local creó un brebaje pensado para que los obreros aguantaran despiertos toda la noche trabajando. Lo llamó Krathing Daeng. Toro rojo en español. Red Bull, en inglés. “A Europa llegaron en el año 87, cuando empezó la producción de Red Bull en Austria”, explica Ana Teijeira, especialista en medicina preventiva y salud pública que ha estudiado la expansión y los efectos de este producto. “Lo que pasa es que la popularidad entre los adolescentes empezó en Estados Unidos en el 97, diez años después”. El público objetivo eran los deportistas, pero vieron que tenía mayor predicamento entre hombres adolescentes y recalibraron su estrategia. Lo lograron presentándose como el combustible para las grandes aficiones masculinas: jugar a videojuegos, practicar deporte y emborracharse. Y fueron a por todo. Las bebidas energéticas se convirtieron en el producto alimentario más publicitado en plataformas de streaming. Patrocinaron eventos deportivos que les permitieron asociar sus productos con valores como energía, rendimiento, aventura y adrenalina. Un estudio de 2015 publicado en la revista Health Psychology analizó por qué estas bebidas triunfaban tanto entre los hombres. Descubrieron que, cuanto más asumía un hombre los ideales de masculinidad, más creía que consumir estas bebidas lo hacía varonil; y cuanto más las consumía, menos dormía.Pero a medida que este grupo demográfico ha ido creciendo, las bebidas energéticas han ido adaptándose. Leyeron el signo de los tiempos y empezaron a venderse como una herramienta de eficiencia. Ampliaron su nicho de mercado hacia las mujeres, asociándose en los últimos años con famosas como Paris Hilton y Kim Kardashian. Cambiaron el packaging negro con toques flúor por monísimos tonos pastel. Y se vendieron (con escasa base científica) como tónicos para mejorar el aspecto de la piel y el pelo. Empezaron así a prepararse para dar el salto a todos los grupos poblacionales.“Las bebidas energéticas son para el siglo XXI lo que la Coca Cola fue para el siglo XX”, explica el antropólogo especializado en juventud Carles Feixa Pàmpols. “Si la marca de la famosa fórmula secreta fue el símbolo del capitalismo industrial, las marcas de bebidas energéticas (cuya fórmula también ignoramos, aunque sea pura química) son el símbolo del capitalismo postindustrial”. Porque las bebidas energéticas no solo hablan de la situación de los jóvenes. Feixa Pàmpols entiende el salto que estos productos están dando, porque no es la primera vez que pasa. “En ambos casos las nuevas generaciones fueron los conejillos de indias para prestigiar su consumo y difundirlo entre la población”, opina.En su libro Aceleración. Una crítica social de los tiempos, el sociólogo Hartmut Rosa explicaba que vivimos en una “estabilidad dinámica”, que nos obliga a correr cada vez más y a producir cada vez más, aun a costa de vivir alienados, para evitar que el sistema se hunda. En este contexto, las bebidas energéticas se convierten en una poción mágica, la estrella de Super Mario, que promete acelerarnos para conseguir que lleguemos, que rindamos y podamos sincronizarnos con un mundo espídico.Pero todo esto tiene consecuencias. Las bebidas energéticas son productos insanos. Pueden producir arritmias, hipertensión, insomnio y nerviosismo. También aumentan el riesgo de desarrollar diabetes, como consecuencia de sus altísimas concentraciones de cafeína (una lata puede llevar tanta como dos cafés concentrados) y azúcar (que puede suponer el 10% de las calorías diarias en un solo envase). “Hasta la fecha, el 60 % de los países del mundo ha implementado algún tipo de regulación sobre las bebidas energéticas”, explica Teijeira, que estudió esta variabilidad en un estudio de la Universidad de Santiago. “Las medidas más habituales son las restricciones a la publicidad, la prohibición de su venta a menores y la limitación del contenido de cafeína”. En España, Galicia las prohibió hace tiempo y el Gobierno central ha anunciado su intención de hacerlo, aunque no parece que tenga apoyos.Pero incluso con prohibiciones o limitaciones, parece complicado que alguien rebaje a las bebidas energéticas del lugar que han alcanzado en el imaginario colectivo juvenil. Y del stand del supermercado. “Las drogas, tanto las legales como las ilegales, han sido siempre un rito de paso a la edad adulta”, reflexiona Feixa Pàmpols. “En la era de la información, las viejas drogas —en nuestro país, tabaco y vino— dejan de estar de moda con argumentos higienistas o generacionales —las consumen padres y abuelos—, siendo reemplazadas por productos más modernos y prestigiados, aparentemente más inocuos, como los vapers y las bebidas energéticas. Estos tienen mayores márgenes de beneficios para las multinacionales que los comercializan, cuyos efectos secundarios obvian”. Los datos parecen respaldar esta idea. El consumo de alcohol entre los jóvenes ha disminuido de tres a cinco puntos porcentuales en la última década, mientras que el de bebidas energéticas se ha disparado un 13%. Representan valores culturales casi opuestos. El alcohol persigue la suspensión, el abandono y la pérdida de control; las bebidas energéticas pertenecen a una cultura de la maximización del yo y la eficiencia. No sería del todo justo decir que se está produciendo una sustitución, pues mucha gente las mezcla con alcohol, pero sí se intuye cierto cambio de paradigma. Las bebidas energéticas explican muy bien el contradictorio sentir de una época. Como dice Feixa Pàmpols, “reflejan la esquizofrenia que se proyecta sobre la juventud contemporánea: vida sana, higienismo y puritanismo versus culto al exceso, la competencia y la productividad”.