¿Qué perdemos cuando aprendemos a pensar por separado aquello que en la vida ocurre junto? ¿Puede la ciencia prescindir de las preguntas por el sentido? ¿Puede el humanismo mantenerse al margen de los avances científicos y tecnológicos? ¿Cómo educar, entonces, para un futuro que necesitará de ambas maneras de leer y transformar el mundo? En la próxima Fiesta del Libro y la Cultura dce Medellín, tendré la alegría de presentar mi libro, La imaginación como capacidad. Humanismo y tecnociencia en diálogo. En él recojo, desde la filosofía, una reflexión que me ha acompañado durante varios años sobre cómo hacer converger el humanismo con la ciencia y la técnica. Y una pregunta profundamente educativa se abre paso. ¿Cómo formar personas capaces de interpretar la realidad que habitan y, al mismo tiempo, crear posibilidades para el futuro?En ese recorrido identifiqué en la imaginación una capacidad para el encuentro. La imaginación está en la ciencia cuando formulamos una hipótesis, ensayamos una explicación o concebimos algo que todavía no existe. Y está en el humanismo cuando intentamos entender otras vidas, interpretar el mundo o preguntarnos por el sentido de aquello que hacemos.Si esta capacidad resulta tan esencial para conocer, entender al otro y proyectarnos hacia lo que todavía no existe, la pregunta inevitable es educativa: ¿Cómo cultivarla? De allí surge la propuesta de una educación imaginativa, algo mucho más profundo que estimular la creatividad.Educar la imaginación supone desarrollar la capacidad de comprender y crear, aprender desde la realidad, conectar saberes, integrar razón y emoción y proyectar futuros posibles.La imaginación podría parecer una invitación a alejarnos de la realidad. Ocurre justamente lo contrario. Imaginamos desde un cuerpo, una experiencia, una circunstancia. Necesitamos conocer el mundo para poder ensancharlo. Por eso importan el contacto con los problemas reales, la experiencia sensible, la experimentación y todo aquello que permite que aprender sea también tocar, observar, valorar y crear.Pero la realidad tampoco viene organizada en disciplinas. Una pregunta sobre el cambio climático puede llevarnos de la física a la economía y, de allí, a la ética. Una tecnología puede exigirnos conocer tanto su funcionamiento como sus efectos sobre las personas. Conectar saberes es reconocer que las preguntas importantes desbordan las fronteras con las que hemos organizado el conocimiento.Algo semejante ocurre con la antigua separación entre razón y emoción. Pensamos también desde aquello que nos asombra, nos conmueve o nos inquieta. Las emociones dirigen nuestra atención, intervienen en nuestros juicios y muchas veces están en el origen de las preguntas que decidimos perseguir. La imaginación tampoco actúa sola. El pensamiento crítico le ofrece juicio; las emociones le dan profundidad y nos permiten dejarnos afectar; la comprensión reúne pensamiento y emoción para orientar una acción con sentido.Y también está el futuro. Toda educación contiene una hermosa paradoja: enseñamos lo que sabemos a personas que tendrán que vivir en un mundo que todavía desconocemos. ¿Cómo prepararlas para aquello que nosotros mismos no podemos anticipar?Podemos enseñarles a leer historias y otras vidas para ampliar su perspectiva y fortalecer su pensamiento crítico. Podemos invitarlas a formular hipótesis, experimentar y explorar para cultivar una imaginación creadora. Podemos enseñarles a construir escenarios, anticipar consecuencias y pensar futuros posibles. Y podemos acompañar todo ello con una pregunta ética cada vez más importante ante el poder de la ciencia y la tecnología. De todo aquello que podemos llegar a hacer, ¿qué merece realmente ser hecho?Ahí está el diálogo que he buscado entre humanismo y ciencia. He llamado a ese encuentro creación reflexiva y reflexión creadora. Crear desde la responsabilidad. Y reflexionar sin quedar atrapados en la crítica o la parálisis, sino abriendo posibilidades para actuar y hacer las cosas de otra manera.Pero entonces surge otra pregunta. ¿Basta con educar en la imaginación? También es necesario crear las condiciones para que pueda florecer. Lugares donde se encuentren el arte, las humanidades, la ciencia y la tecnología. Espacios para experimentar, crear, conversar y equivocarse. Una cultura que valore la curiosidad y las buenas preguntas. Estructuras flexibles que permitan cruzar disciplinas. Y comunidades capaces de sostener esas experiencias en el tiempo.Por eso una educación imaginativa es también una pregunta por la universidad que queremos construir. El campus, las aulas, los laboratorios, las bibliotecas, los espacios culturales, las relaciones entre profesores y estudiantes y hasta la manera como organizamos el conocimiento pueden ampliar o reducir el horizonte de lo posible. Toda institución educativa enseña también a imaginar, o a dejar de hacerlo, a través del mundo que alberga en su interior.Me gusta pensar entonces en la universidad como un laboratorio de imaginación. Un lugar donde recibimos la herencia del conocimiento sin hacer de ella un límite. Donde humanismo, ciencia y técnica vuelven a conversar. Donde aprendemos a leer lo que existe y también a preguntarnos por aquello que podría existir.Quizá esa sea, finalmente, una de las tareas más bellas de educar. Entregar a una nueva generación el mundo que hemos conocido, sabiendo que su tarea no será simplemente conservarlo. Tendrá que interpretarlo, cuestionarlo, cuidarlo y también transformarlo. ¿No es eso, después de todo, aprender a recibir un mundo sin resignarnos a pensar que es el único posible?
Una educación imaginativa
La imaginación podría parecer una invitación a alejarnos de la realidad, pero ocurre justamente lo contrario: necesitamos conocer el mundo para poder ensancharlo








