El cine siempre ha sentido una fascinación por la clase obrera. Ya en sus primeros compases, los hermanos Lumière lo primero que retrataron fue a los trabajadores de su fábrica en 1895. Ahí ya se evidenciaba una fricción que se alargaría hasta nuestros días, ¿cómo alguien que viene de una élite, de una clase alta burguesa y rica, puede retratar a aquellos con los que apenas se junta? En el caso de los Lumiére solo fue una cámara fija grabando cómo salían de su trabajo, pero según el lenguaje cinematográfico avanzaba y las narrativas se complejizaban, ese conflicto de clase entre los que miraban y los que eran observados se hacía más evidente.

En 2026 el cine lo sigue haciendo, en un gran porcentaje, gente pudiente. Aunque la tecnología ha democratizado el acceso a quien tiene una cámara de cine (que ahora todos pueden poseer en su teléfono móvil), son pocos los que consiguen las becas necesarias para entrar en las escuelas de cine. Todo esto viene a cuento para hablar de la gran película de este Festival de Venecia (y aunque quedan varias jornadas es difícil que se encuentre una obra tan compleja e inteligente), Possible Love, del cineasta coreano Lee Chang-dong.

El director de títulos como Burning o Poetry —donde ya la clase social y los roces entre ellas estaban— era uno de los nombres más esperados de la Sección Oficial con su primera película en ocho años. La espera ha merecido la pena, Possible love es magistral. Una mirada incisiva, inteligente, llena de capas y detalles a cómo el cine vampiriza a la clase obrera para su propio beneficio: ya sean premios o limpiar la culpa.