Por Julio García G. / Periodista de Ciencia

En un artículo publicado en 1907, dos años después de haber presentado la Teoría de la Relatividad Especial, Albert Einstein planteó una de sus ideas más trascendentes que dio pasó a la construcción de la Teoría de la Relatividad General que llegaría en 1915.

El artículo en cuestión lleva por título “Sobre el principio de la relatividad y las consecuencias extraídas de él” y, en este, el físico alemán afirma que un observador en caída libre no siente su propio peso.

De ahí dedujo –gracias a su inmensa capacidad intuitiva– que, de manera local, los efectos de un campo gravitatorio y los de un sistema de referencia acelerado podían considerarse equivalentes, lo cual significa que, si usted o yo nos encontramos dentro de un elevador completamente cerrado que de pronto comenzara a acelerar hacia arriba, sentiríamos que nuestro cuerpo es empujado contra el piso y, sin ninguna referencia del exterior, nos sería imposible distinguir si esa sensación se debe a la aceleración del propio elevador o a la presencia de un campo gravitatorio.

Pero quizá el ejemplo más interesante que hace indistinguible a la aceleración de la gravedad es el de un elevador en caída libre, donde una persona y los objetos que la acompañan caen con la misma aceleración y parecen flotar; localmente la gravedad parece haber desparecido porque su presencia queda completamente nulificada.