Entrevista Exclusivo suscriptores El docente dividía sus días entre las aulas, el trabajo con jóvenes y las plataformas de transporte para reunir dinero y estudiar una maestría.Kevin Santiago Ángel tenía 31 años y era profesor de tecnología en el colegio Santiago de las Atalayas, en Bosa. Foto: Archivo particularSUBEDITORA DE BOGOTÁ 05.09.2026 06:22 Actualizado: 05.09.2026 07:23

Kevin Santiago Ángel Garzón estaba convencido de que una cancha podía disputarles jóvenes a las drogas. Su fórmula cabía en cuatro palabras que terminó convirtiendo en una especie de lema personal: “Más deporte, menos drogas”. No era una frase puesta únicamente en una publicación ni una consigna que repitiera de vez en cuando. Buena parte del trabajo social que hacía fuera de las aulas estaba construido alrededor de esa idea.Tenía 31 años, había nacido en Bogotá y era profesor de tecnología en el colegio Santiago de las Atalayas, en Bosa. Allí compartía con sus estudiantes su interés por la informática, la robótica y la innovación. Quienes trabajaron a su lado lo recuerdan, sobre todo, por una característica menos fácil de poner en una hoja de vida. “Él era un gran ser humano”, dijo Luz Fanny, una de sus compañeras, cuando trataba de explicar el vínculo que Kevin había conseguido construir con quienes lo rodeaban.Su vida, sin embargo, no terminaba cuando acababan las clases. Fuera del colegio había encontrado otro escenario en el que sentía que podía enseñar. Kevin promovía actividades deportivas con jóvenes, especialmente con integrantes de barras de fútbol, y mantenía una relación cercana con miembros de los Comandos Azules de Millonarios.El parque Bellavista era uno de esos lugares a los que los invitaba a hacer deporte. La apuesta del profesor era la de ocupar su tiempo en una cancha, crear vínculos y abrir espacios diferentes, pues eso podía convertirse en una manera de impedir que muchachos jóvenes terminaran atrapados por el consumo de drogas o por entornos delincuenciales.No era policía, funcionario de una entidad pública ni trabajador de una organización dedicada a combatir el delito. Era un profesor que decidió dedicar parte de su tiempo libre a acompañar muchachos a los que creía que todavía era posible ofrecerles otras oportunidades.Kevin Santiago Ángel Garzón. Foto:Archivo particularEsa cercanía explica por qué su muerte golpeó también a personas que lo conocían por fuera del colegio. Cuando se confirmó que Kevin había sido asesinado, Comandos Azules Distrito Capital lamentó públicamente la muerte de quien identificó como uno de sus miembros activos de la Instrumental.“Exigimos justicia por nuestro amigo. Que no quede solo en estadísticas, que se encuentren los culpables y paguen por este hecho que enluta a nuestra organización”, expresó el grupo en uno de los mensajes difundidos después de conocerse el crimen.Durante el día Kevin enseñaba, pero después buscaba la manera de completar sus ingresos como muchos otros profesionales en una ciudad donde las personas honestas consiguen todo al pulso. Su propósito era seguir estudiando. Soñaba con hacer una maestría y necesitaba reunir el dinero para matricularse. Por eso, cuando terminaba sus obligaciones como docente, utilizaba su motocicleta para trabajar a través de plataformas de transporte como DiDi y Uber. Algunas jornadas se prolongaban hasta la noche.Así transcurría buena parte de sus días: entre estudiantes, computadores, proyectos tecnológicos, jóvenes alrededor del fútbol y recorridos en motocicleta por Bogotá. Trabajar más significaba acercarse a la posibilidad de estudiar otra vez. Y estudiar significaba también seguir creciendo en la profesión que había escogido.La docencia tampoco había aparecido por casualidad en su historia. Años antes, Kevin había sido estudiante del colegio Jaime Quijano Caballero, institución de la que se graduó en 2011. Después regresaría al mundo de las aulas, esta vez desde el otro lado, como profesor.Tras su asesinato, aquella comunidad educativa también lo despidió. El rector Juan Manuel Casas Sánchez recordó en un mensaje institucional al antiguo estudiante que años después había dedicado su vida a enseñar y destacó valores como el respeto, la disciplina y la sensibilidad humana que, según el colegio, lo acompañaron durante su paso por la institución.En Santiago de las Atalayas, donde trabajaba al momento de su muerte, la reacción tuvo una dimensión distinta. Allí estaban quienes lo habían visto dar clases hasta pocos días antes, sus compañeros y los estudiantes para quienes Kevin no pertenecía todavía al pasado.Cuando desapareció, la comunidad educativa se movilizó. Hubo búsquedas, fotografías compartidas, cadenas de oración y velatones. Profesores, alumnos, familiares y habitantes del sector se aferraron durante días a la esperanza de que regresara.Después, cuando ya no había un profesor por buscar, sino un hombre al que despedir, las velas volvieron a encenderse frente al colegio. Hubo flores, fotografías, abrazos y lágrimas. El reclamo cambió entonces de una pregunta por su paradero a una exigencia de justicia.Caso de Kevin Santiago Ángel, profesor hallado muerto tras salir de gimnasio en Bogotá Foto:REDES SOCIALESUn mes después, el mensaje seguía siendo el mismo. “Porque recordar también es exigir. Porque amar también es buscar justicia. Porque su historia no puede quedar en el olvido”, escribió la comunidad que continuaba evocándolo.Pero ningún lugar concentró la ausencia de Kevin como su propia casa. Vivía en Kennedy con su mamá, Marta Garzón. Entre los dos existía una comunicación constante. Kevin avisaba dónde estaba, respondía los mensajes y le contaba cuándo regresaría. Ese hábito, aparentemente insignificante, fue precisamente el que encendió la primera alarma la noche en que desapareció.Su mamá sabía cómo se comportaba su hijo. Sabía que podía trabajar hasta tarde conduciendo su moto y que sus jornadas podían extenderse después del colegio. Pero también sabía algo más sencillo: Kevin avisaba. Y aquella noche dejó de hacerlo.Para Marta y el resto de su familia comenzaron entonces días en los que cada llamada podía significar una noticia y cada hora sin respuesta aumentaba la angustia. Mientras ellos recorrían instituciones, preguntaban por él y difundían su fotografía, alrededor de la desaparición comenzaron también a circular versiones y especulaciones sobre la vida del profesor.Eran días en los que todavía no se conocía qué había ocurrido y en los que las preguntas terminaron llenándose con hipótesis que no estaban demostradas. Meses después, la investigación de la Fiscalía terminaría mostrando un escenario muy diferente.La actividad que hoy aparece en el centro de la hipótesis judicial no es una vida oculta de Kevin ni una circunstancia relacionada con su trabajo como conductor de plataformas. Es, precisamente, una de las facetas que quienes lo conocían destacaban de él: su empeño por trabajar con jóvenes y alejarlos de las drogas.Último mensaje del profesor Kevin Santiago Ángel a su mamá antes de desaparecer en Bogotá Foto:ARCHIVOLa desaparición y la verdad que comenzó a revelar la investigaciónLa última conversación de Marta Garzón con su hijo ocurrió el miércoles 20 de mayo. A las 6:20 de la tarde, Kevin respondió un mensaje: “Estoy en el gimnasio”. Había llegado al Smart Fit del barrio Gran Colombiano, en Kennedy. Después dejó de responder.Cerca de las 11 de la noche todavía no estaba en casa. La familia comenzó a escribirle. Los mensajes aparecían como leídos en WhatsApp, pero él no contestaba. Más tarde, el teléfono dejó de conectarse a internet y las llamadas comenzaron a ir directamente al buzón de voz.Al día siguiente empezaron los recorridos por hospitales, estaciones de Policía y Medicina Legal. También comenzó a circular masivamente un volante con su fotografía, las características físicas del profesor y las placas de su motocicleta. Estudiantes, amigos, compañeros y motociclistas se sumaron a la búsqueda.La Fiscalía activó el Mecanismo de Búsqueda Urgente.Lo que su mamá y las personas que lo buscaban no sabían era que, mientras todavía esperaban encontrarlo con vida, su cuerpo ya había sido localizado.El hallazgoKevin Santiago Ángel y el lugar donde fue encontrado su cadáver. Foto:Archivo particular / CityTVEl 22 de mayo fue hallado dentro de una maleta en una zona del sector de El Tintal. Durante varios días permaneció sin ser identificado en Medicina Legal. La confirmación para la familia llegó después, cuando las huellas permitieron establecer que se trataba de Kevin.Para quienes habían pasado esos días preguntando por él, la noticia resultó todavía más difícil de comprender. Karen Valvena, integrante de la comunidad educativa, expresó entonces la indignación que produjo conocer que el cuerpo estaba en Medicina Legal mientras continuaban las jornadas de búsqueda. “Es muy triste que ellos digan que desde el 22 de mayo el cuerpo estaba en Medicina Legal y que no sabían, cuando nosotros hemos estado buscándolo”, señaló.La búsqueda de los asesinosCon la identificación terminó una búsqueda y comenzó otra: la de saber quién había asesinado al profesor y por qué. Durante los meses siguientes, la Fiscalía realizó más de 80 actividades de policía judicial, algunas con apoyo de la agencia estadounidense DEA. Esa investigación llevó a una conclusión que modificó de manera sustancial lo que hasta entonces se conocía sobre el caso.Según el boletín de la Fiscalía fechado el 4 de septiembre, las actividades deportivas que Kevin promovía con jóvenes de Kennedy para prevenir el consumo de estupefacientes habrían interferido con los intereses criminales del ‘Tren de Aragua’, particularmente con actividades relacionadas con el tráfico de drogas y las extorsiones en esa zona de Bogotá.La hipótesis puso bajo otra luz aquella frase que Kevin repetía y la labor que desarrollaba fuera del colegio. Lo que para el profesor significaba ofrecerles a los jóvenes una cancha y una alternativa frente al consumo habría terminado chocando, según los investigadores, con quienes obtenían beneficios económicos precisamente de esos entornos.Los asesinosLa Fiscalía identificó y judicializó a ocho ciudadanos venezolanos señalados como presuntos integrantes de esa organización y vinculados con el crimen. De acuerdo con las evidencias recopiladas por el ente investigador, Kevin habría sido llevado a un inmueble del suroccidente de Bogotá, retenido y sometido a actos de tortura antes de ser asesinado. Posteriormente, su cuerpo fue desmembrado, introducido en una maleta y abandonado en El Tintal.La investigación señala a Osmer Josué Castillo Urbaneja como presunto cabecilla de la organización en Bogotá y como quien habría impartido la orden de cometer el crimen desde un centro de reclusión. Franyer Eduardo Vásquez Ramos habría coordinado su ejecución y la disposición posterior del cuerpo.Según la Fiscalía, Gacelis Nairobid Sojo Lira, alias Alondra, habría comenzado a contactar al profesor desde el 9 de mayo mediante redes sociales para ganarse su confianza y conseguir que acudiera a una cita en un inmueble del barrio Galán. Emiro Manuel Nieves Morgado, alias Mario Bro, presuntamente facilitó el lugar.Luis Alberto Camejo González, alias Luis Panadero; Eduin Vikzabith Herrera Martínez, alias Looney Tones; Arístides José Mendoza Rodríguez, alias Colmillos, y Raúl Antonio Pérez Pérez, alias Tun Tun, también aparecen vinculados por la Fiscalía con diferentes momentos de la retención, la tortura y el traslado del cuerpo.A los ocho procesados les fueron imputados los delitos de homicidio, tortura, desaparición forzada y concierto para delinquir, todos agravados, además de ocultamiento, alteración o destrucción de elemento material probatorio. Ninguno aceptó los cargos.Así, después de meses de interrogantes y de versiones que intentaron explicar su desaparición sin conocer todavía lo sucedido, el expediente terminó poniendo en el centro una faceta de Kevin que sus estudiantes, compañeros y amigos ya conocían.Era profesor. Quería hacer una maestría. Trabajaba horas adicionales para poder pagarla. Vivía con su mamá y mantenía con ella ese hábito sencillo de avisar que estaba bien. Enseñaba tecnología y robótica. Le gustaba el fútbol. Y estaba convencido de que podía utilizar el deporte para evitar que algunos muchachos terminaran consumiendo drogas o acercándose al delito.Esa labor, de acuerdo con la hipótesis que hoy sostiene la Fiscalía, habría sido precisamente la que afectó intereses de una estructura criminal.Por eso, para quienes lo conocieron, reducir a Kevin Santiago Ángel a las circunstancias atroces de su asesinato sería contar apenas el último capítulo de su vida. Antes de la maleta, de las cámaras de seguridad, de los ocho procesados y de un expediente judicial, estuvo el profesor que quería seguir estudiando y el hombre que ocupaba parte de su tiempo intentando convencer a otros de que una cancha podía ofrecerles un camino distinto.Y está también Marta, su mamá, para quien ningún avance judicial cambia la ausencia que comenzó aquella noche del 20 de mayo, cuando el hijo que siempre avisaba dejó de contestar. La última respuesta permanece detenida en aquel teléfono y en la memoria de su familia: “Estoy en el gimnasio”. Después de esas palabras vendrían la búsqueda, el horror y las preguntas. Antes de ellas estaba Kevin.CAROL MALAVERSUBEDITORA BOGOTÁEscríbanos a carmal@eltiempo.com Lea también: Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.