Pluma invitadaLa ciencia puede explicar la composición química de una rosa, pero no puede sustituir la experiencia de regalarla.
En un artículo anterior propuse una imagen para comprender la historia intelectual de Occidente. Expuse que el desarrollo podría entenderse como una familia en donde el hijo mayor era la ciencia. Pienso, por sugerencia de un colega, que a la metáfora se le puede sacar mayor rendimiento. Ya que en el seno de esta familia también creció una hija menor a la que se le llamó Arte.
Si la ciencia heredó de su madre, la filosofía, el método, el arte heredó de ella el sentido de la belleza. Los griegos comprendieron que lo verdadero, lo bueno y lo bello no eran realidades
aisladas, sino dimensiones distintas de una misma plenitud del ser. La belleza no era un simple adorno de la realidad, sino el resplandor de la verdad. Por eso, para la tradición clásica, la estética nunca estuvo separada de la metafísica. Esta vinculación proporcionó a la hija el sentido de la armonía, la proporción, la medida, el buen gusto, cierta objetividad.
De la teología heredó algo todavía más profundo: el contenido. El arte descubrió que el mundo entero podía convertirse en un lenguaje capaz de hablar de Dios, y la Sagrada Escritura se transformó en una fuente inagotable de inspiración. La Última cena de Leonardo, las Estancias de Rafael, la Piedad de Miguel Ángel, las grandes catedrales góticas, la Pasión según san Mateo de Bach, El Mesías de Händel o la Divina Comedia de Dante no fueron simples expresiones religiosas, sino algunas de las cumbres de la civilización occidental. En todas ellas late un mismo anhelo: hacer visible lo invisible, dar forma a lo eterno y ofrecer, a través de la belleza, un destello de lo más divino.








