En un entorno natural entre avellanos y otros árboles autóctonos, de las aguas de un manantial en Fresno del Río, en el municipio cántabro de Campoo de Enmedio y cerca de la linde con la provincia de Palencia, brota uno de los ríos más importantes de Cantabria: el Besaya, a unos 10 kilómetros de donde también nace el Ebro en Fontibre. El Besaya fluye de sur a norte a lo largo de unos 50 kilómetros, atraviesa hermosos valles de infinitos tonos de verde y desemboca, ya unido a su hermano, el Saja, en la ría de Suances, cerca de las playas con las olas más fieras del Cantábrico.Pero es el tramo de los últimos 20 kilómetros de su discurrir lo que forma parte de la vía verde del Besaya, un camino rural que bordea la margen derecha y que se extiende entre Los Corrales de Buelna, a 40 kilómetros de Santander, y la villa de Suances, en una excursión que puede dividirse en recorridos de diferentes distancias y que pasa por algunos de los pueblos más bonitos del patrimonio cántabro, como Cartes o Riocorvo, una importante iglesia románica, el parque que alberga la estela discoidal —símbolo de las tribus cántabras— más famosa de la región o un balneario donde tomaba sus aguas la reina Isabel II.El camino es de asfalto excepto en un pequeño tramo de tierra, ideal para el senderismo y la bici, pues es llano casi en su totalidad, salvo en el repecho del parque de La Viesca, en Torrelavega, y la ascensión que implica tomar un desvío para visitar la iglesia románica Santa María del Yermo.Lo más conveniente es llegar en transporte público desde Santander a Los Corrales de Buelna, o a Torrelavega si se opta por hacer la ruta en sentido contrario, hacia el interior. Si se parte desde Los Corrales, a apenas tres kilómetros merece la pena salirse de la vía verde y entrar en el pueblo de Barros para dirigirse al Parque de las Estelas y admirar las dos estelas discoidales talladas por artesanos de una tribu cántabra hacia el siglo IV antes de Cristo —la mejor conservada y más conocida figura en el escudo de la comunidad— halladas en esta localidad y que pudieron formar parte de la tumba de un guerrero de la Edad del Hierro o del Bronce. De vuelta al camino rural en pleno valle de Buelna, a tres kilómetros aparece junto a un precioso salto de agua el imponente Hotel Balneario de Las Caldas de Besaya, visitado por quienes buscan unos días de desconexión y el poder sanador de las aguas provenientes del propio Besaya desde 1826 —aunque hay quienes aseguran que los romanos e incluso los celtíberos de la zona ya disfrutaron de ello— y que contó entre sus visitantes ilustres con la reina Isabel II. El balneario está rodeado por un parque de 15 hectáreas al borde del río, donde solo se oye el murmullo del caudal y el canto de los pájaros.En una colina a unos 10 minutos a pie desde el balneario se yergue el Santuario de Nuestra Señora de las Caldas, de entre los siglos XVII y XVIII. Bien de Interés Cultural desde 2002, merece la pena visitar la iglesia con su colección de retablos churriguerescos y tomar algo en la terraza de la hospedería con vistas al templo.Continuando el camino hasta la entrada al pequeño pueblo de Riocorvo, entre el río y unas laderas donde crecen los robles, castaños, abedules y acebos, a kilómetro y medio de Las Caldas, hay que fijarse en un escondido sendero, la calle El Lugar, que asciende hasta Santa María del Yermo, una joya del románico en Cantabria consagrada en 1203, como atestigua la inscripción de la lápida de la portada. Declarado como Tesoro Artístico Nacional en 1930 y posteriormente Bien de Interés Cultural, el templo se alza sobre una colina, rodeado de unas pocas granjas donde pasta una manada de caballos. Al templo le precedió un monasterio en fechas tan tempranas como el siglo IX, y conserva varios canecillos que muestran escenas eróticas o imágenes de animales y monstruos mitológicos como los grifos, tan habituales en las iglesias medievales. Pero es la soberbia imagen del caballero San Jorge armado con una lanza en su pugna contra el dragón que preside la portada del edificio la que más destaca en la fachada. Si se acude en una visita guiada o el domingo a la hora de la misa, nada más traspasar el umbral, otra talla certifica la victoria del santo sobre la bestia —que tiene patas de león, alas de rapaz y cola de serpiente—, una alegoría del Bien contra el Mal que se repite en otros motivos en el interior.El mismo camino desciende en pocos minutos hasta el pequeño pueblo de Riocorvo, cuya calle principal es el antiguo Camino Real, instituido en el siglo XVIII a instancias del marqués de la Ensenada, consejero del monarca Fernando VI, para comunicar la costa norte con la meseta castellana y que pudo haberse construido sobre una antigua vía romana. Menos de 200 habitantes viven en Riocorvo, entre las casonas de estilo barroco montañés de los siglos XVII y XVIII que lucen sus escudos heráldicos a ambos flancos del Camino Real, como el Palacio de los Alonso Caballero o la Casona de Velarde. El conjunto histórico de Riocorvo, al igual que el de su vecino Cartes, es igualmente Bien Cultural. Sobre la misma orilla del Besaya para aprovechar un salto de agua, el antiguo molino harinero de El Salto es un interesante edificio protoindustrial que mantuvo su actividad hasta las últimas décadas del pasado siglo. En este punto del camino hay un par de buenas opciones para un descanso y tomar algo si la caminata o el pedaleo ha abierto el apetito. En Riocorvo, el bar Malevo sirve unas buenas rabas y raciones de anchoas de Santoña, tablas de quesos locales o platos combinados; mientras en Cartes, a solo dos kilómetros y también sobre el Camino Real, La Bolera puede ser el restaurante con más historia, en una típica casa montañesa con un diseño interior muy acogedor y una carta original que incluye pastel de bacalao, tostas de sobao pasiego con anchoas y queso de Tresviso, las inevitables rabas cuando nos hallamos en Cantabria o pimientos rellenos de marisco.Cartes, bastante más grande que Riocorvo —tiene casi 6.000 vecinos—, es el pueblo más atractivo de la ruta. Aquí dos arcos de piedra presiden el Camino Real, que de nuevo conserva a ambos lados unas impresionantes casas palacio de los siglos XVI al XVIII, y algunas con orígenes medievales, como el Torreón de Cartes, una casa fortaleza erigida a principios del XV por los marqueses de Aguilar para defenderse de las razzias con las que amenazaban los señores feudales de la antigua Vega, hoy Torrelavega. Antigua sede de la Audiencia y cárcel, hoy el Torreón es un centro cultural. Otras casonas notables del centro histórico son la Casona de los Quijano-Rasa, que ha conservado su fachada medieval, una portada sostenida por columnas, y hoy es la Casa Consistorial, o la Casona Obregón y la de Oviedo, con su portada gótica cuya misteriosa inscripción medieval todavía se intenta descifrar.Los menos de cuatro kilómetros que separan Cartes de Torrelavega se recorren por una ruta a orillas del Besaya —que muy cerca, en Ganzo, se une al río Saja—, donde predominan los sauces, fresnos y chopos. Y en los últimos años, la recuperación ambiental del río ha propiciado, sobre todo en este tramo, la vuelta de algunos de sus habitantes que apenas se veían ya: garzas reales y martines pescadores, los salmones que nunca desaparecieron del todo y hasta es posible avistar alguna nutria.Y así se llega hasta el Área Natural de La Viesca, a la entrada sur de la localidad, un bonito y cuidado espacio verde que es hábitat de mirlos, urracas, camachuelos y otras aves y donde un par de pasarelas cruzan el río para dirigirnos al centro, donde un autobús o un tren nos lleva en poco más de media hora de vuelta a Santander. Si se decide continuar la ruta hasta el mar a pie o, mejor, en bici, el tramo más largo de la misma, 10 kilómetros, nos conduce hasta la ría de Suances, donde las aguas del Besaya y el Saja se derraman en el Cantábrico. Es el momento de darse un chapuzón, un cole como dicen los santanderinos, en la playa de La Concha, de aguas generalmente tranquilas al encontrarse en una ensenada, o, si se quiere una experiencia adrenalínica y las olas son las que deben ser, probar una cabalgada sobre las del arenal de Los Locos, enclave favorito de los surferos más experimentados.
La vía verde del Besaya, un plan infalible en Cantabria
Esta ruta de unos 20 kilómetros, ideal para hacer a pie o en bici, se detiene por algunos de los pueblos más bonitos del patrimonio cántabro, como Cartes o Riocorvo, una importante iglesia románica o un balneario, y se termina junto al mar








