Durante miles de años, vestirse de púrpura no fue una simple elección estética. El color llegó a representar riqueza, rango social y, finalmente, poder político hasta tal punto que Roma legisló quién podía exhibirlo y en qué circunstancias. El historiador Jordi Pérez González, investigador de la Universidad de Barcelona, explica en un estudio publicado en Studia Antiqua et Archaeologica que la púrpura terminó convirtiéndose durante el Imperio en una “cuestión de Estado”, vinculada a un grupo reducido de personas cercanas a la familia imperial.

La llamada púrpura de Tiro, obtenida de determinados moluscos marinos, combinaba una fabricación laboriosa, una disponibilidad limitada y una resistencia superior a la de numerosos tintes vegetales de la época. En Roma, donde las telas purpúreas se hicieron especialmente visibles desde el siglo III a. C., las leyes suntuarias trataron de contener la ostentación antes de que algunas de las variedades más prestigiosas del color quedaran estrechamente asociadas a la corte.

La historia es, sin embargo, mucho más antigua que Roma. El químico Christopher J. Cooksey reconstruyó en la revista científica Science Progress cerca de cuatro milenios de producción de púrpura de molusco y documentó evidencias de esta actividad desde la Edad del Bronce en distintos puntos del Mediterráneo. El nombre que ha sobrevivido procede de Tiro, la ciudad situada en la costa del actual Líbano, aunque los restos arqueológicos muestran una geografía productiva mucho más amplia y no permiten reducir necesariamente allí el origen de toda esta industria.