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En recientes declaraciones, Carolina Restrepo, la nueva directora del ICBF, estigmatizó a una colectiva de niñas que se llama “Resistencia chiquita”, perfilándolas como si estuvieran vinculadas con un grupo armado y diciendo que usar una palabra como “resistencia” (“¿resistencia a qué?”, dijo) era una forma de “usar a los niños”. En paralelo, se filtró que el director encargado del ICBF en el departamento del Huila, Carlos Cabrera, pidió por escrito que dejara de mencionarse a las niñas en los documentos oficiales y que en cambio se hablara de “niños y adolescentes”. Finalmente, Restrepo optó por decir que “de ahora en adelante se debe usar el término ‘niñez’ en los documentos oficiales, pues se considera que ya incluye a los niños y a las niñas”. La filtración seguramente obligó al ICBF a moderarse, pues excluir con el lenguaje ya no es tan fácil, gracias al Código de Infancia y Adolescencia (Ley 1098 de 2006). Ahora Restrepo se verá obligada a hablar de “niñez”. ¿Qué cara pondrá cuando se entere que el término neutro incluye a las infancias trans?

Es evidente que el lenguaje incluyente no es suficiente para que haya inclusión real; los gestos del lenguaje no siempre se traducen en acciones y muchas niñas colombianas están en un grado extremo de vulnerabilidad. Pero miren nada más lo chocante que fue eso de que la entidad que debe proteger los derechos de las infancias solo dijera “niños”. No fue un sentimiento marginal de algunas feministas: fue un escándalo, porque se hizo evidente que no podemos ni pensar en, ni trabajar por las niñas si no las nombramos. Eso es una conquista tangible, luego de veinte años de uso del lenguaje incluyente.