La adolescencia siempre ha sido una etapa de cambios, pero crecer hoy implica hacerlo en un contexto marcado por la hiperconexión digital, las redes sociales, la incertidumbre sobre el futuro, una mayor presión académica y una creciente sensación de soledad. Así describe la adolescencia actual Mark Dangerfield Gudiol (Barcelona, 55 años), psicólogo clínico, psicoterapeuta y director del Instituto Universitario de Salud Mental Vidal i Barraquer. Su análisis coincide con las cifras: casi cuatro de cada diez adolescentes españoles de entre 11 y 18 años presentan malestar psicosomático frecuente, según el estudio Health Behaviour in School-aged Children (HBSC 2022), promovido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y coordinado en España por el Ministerio de Sanidad.Dangerfield lleva más de 25 años dedicado a la atención de adolescentes y sus familias y es uno de los impulsores del Equipo Clínico de Intervención a Domicilio (ECID), un programa pionero para atender a jóvenes con trastornos mentales graves que no pueden acceder a los recursos asistenciales tradicionales. Para él, el deterioro de la salud mental no responde a un fenómeno puntual ni puede explicarse por una única causa, sino por profundos cambios sociales que llevan años transformando la forma en que los jóvenes se relacionan consigo mismos y con los demás. PREGUNTA. En los últimos años se habla mucho de la salud mental de los adolescentes. Desde su experiencia clínica, ¿qué está pasando?RESPUESTA. Esta generación ha crecido en un contexto de cambios sociales vertiginosos, una exposición constante a las redes sociales y un creciente aislamiento emocional. Están permanentemente conectados al teléfono móvil y a las plataformas digitales, pero profundamente solos desde el punto de vista afectivo. P. Habla de profundos cambios sociales. ¿A qué se refiere?R. Actualmente, los jóvenes afrontan una mayor presión académica, una creciente incertidumbre sobre el futuro y disponen de menos espacios seguros para elaborar lo que sienten. Creo que el principal problema es que muchos crecen con menos relaciones profundas, más soledad y mayores dificultades para afrontar el malestar.P. ¿Cómo acaba repercutiendo todo esto en su bienestar emocional?R. Muchos tienen dificultades para gestionar la frustración, la incertidumbre y los conflictos cotidianos. Sabemos que contar con relaciones seguras y de confianza es uno de los mayores factores de protección para el malestar psicológico. Por eso, cualquier cambio social que las debilite debería preocuparnos.P. ¿Con qué preocupaciones llegan hoy las familias a la consulta?R. Suelen llegar muy angustiados por el aumento de la ansiedad, la tristeza persistente, las autolesiones, el aislamiento o el tiempo que sus hijos pasan en las redes sociales y frente a las pantallas. Además, les cuesta entender qué les ocurre, ayudarles o mantener conversaciones profundas con ellos. Muchos padres quieren proteger a sus hijos, pero no siempre saben cómo hacerlo, poner límites o abordar temas difíciles sin que la relación se deteriore. Con frecuencia, ellos mismos están emocionalmente desbordados. Por eso, una parte fundamental de nuestro trabajo consiste también en acompañarlos. No podemos cuidar el bienestar emocional de los jóvenes sin cuidar también el de los adultos. Los padres no necesitan ser perfectos; necesitan apoyo para acompañar mejor a sus hijos.P. Muchas familias no saben cómo actuar en esta etapa. ¿Dónde está el equilibrio entre poner límites y conceder cada vez más autonomía?R. No existe una fórmula perfecta. Lo importante es entender que poner límites y favorecer que los hijos tomen cada vez más decisiones no son objetivos incompatibles. Durante la infancia, los padres toman casi todas las decisiones. Con el paso de los años, el objetivo es ir cediendo ese espacio para que puedan equivocarse, aprender y ganar confianza en sí mismos, sin dejar de ser una base segura cuando necesiten apoyo. No consiste en controlar, sino en proteger mientras desarrollan los recursos necesarios para desenvolverse por sí mismos. El reto es apoyar ese proceso sin impedirles explorar por miedo a que se equivoquen.P. Usted impulsó el Equipo Clínico de Intervención a Domicilio (ECID), un programa pionero para atender a adolescentes con trastornos mentales graves. ¿Cómo surgió la idea?R. El ECID nació para atender a quienes más ayuda necesitaban y menos podían beneficiarse de ella. Se trata de personas con graves problemas de salud mental que no acudían a los centros donde habían sido derivados y, además, muchos llevaban meses sin ir al instituto. Nos dimos cuenta de que el problema no era solo que ellos no aceptaran la ayuda, sino que el sistema estaba organizado dando por hecho que todos los pacientes podían pedirla o aceptarla. Así surgió una idea muy sencilla: si ellos no podían venir, seríamos nosotros quienes iríamos a su encuentro. Hoy trabajamos en sus casas, en sus barrios o allí donde se sientan lo suficientemente seguros como para empezar una relación de ayuda.P. Usted evita decir que estos chicos rechazan la ayuda. ¿Por qué?R. Porque eso parece situar el problema en ellos. Lo que muchos rechazan son formas de ayuda que sienten como amenazantes o inaccesibles en ese momento de sus vidas. Muchos han vivido experiencias de abandono, trauma o exclusión que les han enseñado que depender de los demás puede resultar peligroso. Desde esa experiencia, desconfiar es una forma de protegerse. Cuando entendemos eso dejamos de preguntarnos por qué no aceptan la ayuda y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer para que se sientan lo suficientemente seguros como para tolerar nuestra presencia y, con el tiempo, aceptar esa ayuda.P. ¿Qué han aprendido después de tantos años trabajando de esa manera?R. Lo que más nos satisface es haber conseguido llegar a pacientes que antes quedaban completamente fuera del sistema. Más del 90% acepta iniciar un tratamiento con nosotros, algo especialmente relevante porque todos habían rechazado previamente otros recursos asistenciales especializados. Después vemos mejoras importantes en su vida cotidiana: muchos vuelven al instituto, disminuye la gravedad de los problemas y las familias recuperan la sensación de que no están solas. Pero, probablemente, el cambio más importante es que la mayoría vuelve a creer que pedir ayuda puede tener sentido.P. Después de tantos años trabajando con adolescentes y sus familias, ¿qué le gustaría que todos los padres entendieran?R. Que no tienen que ser padres perfectos. Lo que más importa es que sigan estando presentes cuando las cosas se complican, aunque también ellos se equivoquen. Una buena relación no es aquella en la que nunca hay conflictos, sino aquella que sabe repararlos. Poder pedir perdón, volver a hablar después de una discusión o tratar de comprender lo que el otro ha sentido son experiencias profundamente protectoras.P. ¿Con qué idea le gustaría que se quedaran las familias?R. Los hijos no necesitan que les resolvamos todos sus problemas. Necesitan saber que, cuando aparezcan, porque aparecerán, habrá alguien a su lado dispuesto a ayudarles a comprender lo que sienten y a afrontarlos. Esa experiencia de no sentirse solo es una de las mayores protecciones para el bienestar emocional que una familia puede ofrecer.
Mark Dangerfield, psicólogo: “Una buena relación con los hijos no es aquella en la que nunca hay conflictos, sino la que sabe repararlos”
El director del Instituto Universitario de Salud Mental Vidal i Barraquer analiza por qué aumenta el malestar emocional entre los jóvenes y explica cómo las familias pueden proteger el vínculo sin caer en el control ni la sobreprotección






