Un excelente guion que recrea conversaciones inteligentes entre empresarios/periodistas sobre cómo vender periódicos. He aquí el quid de la cuestión de Ink susceptible de dejar a todo el mundo satisfecho en una apertura de festival de cine. Y es lo que sucedió ayer en la Mostra. Nada más atractivo que una recreación ácida y vibrante de la deriva sensacionalista que emprendió The Sun cuando, en 1969, mientra el hombre pisaba la Luna, el magnate australiano Rubert Murdoch lo adquirió dispuesto a cambiar las reglas del juego de la prensa anglosajona.Uno de los requisitos de una película inaugural del festival de Venecia –reconocía Alberto Barbera, su director– es que interpele a todo el mundo en la sala, que nadie vaya a sentirse un outsider. Ink interpeló a los miles de periodistas que se han desplazado hasta el Lido para informar de lo que se cuece en la rentrée más apetitosa de la escena cinematográfica. Un guiño por partida doble, pues junto a Ink se estrenaba en las salas principales de esta pequeña ciudad del cine que se despliega frente al hotel Excelsior otro biopic sobre la primera fotoperiodista que murió en el campo de batalla, Gerda Taro, conocida como la novia de Robert Capa, aunque ella realizó muchas de las fotos que se firmaban con ese seudónimo.“Murdoch fue un soplo de aire fresco en lo que era una sociedad británica muy rígida”, apunta Danny BoyleAmbas películas adaptan una obra previa: la obra de teatro del británico James Graham del 2017, en el caso de Ink , y la exitosa novela de la bávara Helena Janeczek La ragazza con la Leica ( La chica de la Leica , en la edición de Tusquets que triunfó en el 2019). Claro que sale mucho mejor parada la primera: Boyle ( Trainspoting, Steve Jobs, Yesterday.. .) oficia de mago del cine inglés con un uso invisible de la cámara que, en cualquier caso, subraya las ironías y los sarcasmos. Y lo hace con una pulsión narrativa que sabe alimentarse de la rabia del guion... A saber: la historia de Larry Lamb, el subeditor de The Daily Mirror que arrastra una autoestima maleada por sus iguales y al que Murdoch –“cuidado, Murdoch, no es serio y el periodismo es un asunto de seriedad”, le advierte su exjefe– va a buscar para que le eleve The Sun en las gráficas de ventas.Y a fe que lo consigue. No sin dejar a su paso un reguero de cadáveres –alguno real, otros figurados– y perder la razón en su empeño de ser de los más vendidos.Boyle se rodea de grandes actores. Guy Pierce, también australiano, hace de Murdoch; mientras un inmenso Jack O’Connell ( This is England, Money monster, Black to black ) da vida al auténtico personaje principal, el desquiciado Lamb, dispuesto a vender la privacidad como un producto, y cuya mano derecha y amante interpreta Claire Foy (la reina Isabel II en The crown ).Boyle adapta Ink como una maniobra desesperada hacia la modernidad de una sociedad aburrida y harta de los titulares sobre Nicaragua. Lo que quiere es que le hablen de sexo (de forma pedagógica), que le pongan el parte meteorológico en la segunda página y que le incluyan el horóscopo en el diario. Y que las historias que cuenta sean chocantes. Que le entretengan, vaya.En realidad, el cineasta británico, que ayer dedicó un tiempo generoso a atender a la prensa, está ahondado en los orígenes de la desinformación en el mundo actual. “Queríamos hacer una película que tratara sobre el mundo moderno así que, aunque esté ambientada en 1969, la intención era que se sintiera actual”, dijo. Y el giro final de la película lo subraya...Sin embargo, se excita tanto desarrollando a sus personajes como al hablar de ellos. Y defiende a Murdoch como un renovador, alguien con visión de futuro. “Un soplo de aire fresco en lo que era una sociedad británica muy rígida”, apunta, más allá de la responsabilidad democrática que mostraron estos individuos. Mientras que expone a Lamb en toda su dimensión, sus ansias escaladoras para compensar el maltrato social al que se ha visto expuesto en su vida diaria.El equipo enfatizó que las tácticas mediáticas nacidas en esa época sentaron las bases del clickbait , las redes sociales y las corporaciones tecnológicas actuales. “Es un film intenso, en el que los personajes se protegen unos a los otros porque persiguen un concepto: que la historia es lo más importante y llegar antes, también. Es embriagador, realmente”, apuntaba Foy.Por su parte, la cineasta italiana Alina Marazzi pecó en La ragazza con la Leica de querer ir en busca de una estética narrativa, con mucha cámara en mano y mucho movimiento de cabeza coqueto por parte de Gerda, interpretada por la alemana Emilia Schüle, a quien muestra veleidosa a la par que inconsciente en su deseo de volver y regresar al frente de la guerra civil española, donde finalmente pereció aplastada por un tanque. Aaron Altaras hace un Capa más creíble. La película aporta material de archivo, defiende las fotos tomadas por Taro y la retrata como una joven con mala conciencia por haber huido de Alemania en lugar de hacer frente al fascismo, como los republicanos en España.Es redactora de La Vanguardia desde 1989, responsable en los últimos años de las áreas de ópera, danza y música clásica para la sección de Cultura. Anteriormente se especializó en temas de igualdad entre sexos y solidaridad. Ha publicado series sobre la prostitución y la evolución de las costumbres sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, en la comarca del Baix Ebre, es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York