0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialDe vez en cuando, mi hijo amenaza con regalarme un perro, convencido de que le pillaré cariño, verá conmigo el fútbol en televisión y ayudará a rehacer mi vida –al parecer, material de derribo– porque sostiene que se liga mucho o, como mínimo, más saludablemente que en los locales nocturnos que frecuento.–¡No quiero obligaciones!Como si oyera llover. Erre que erre. ¡Incluso el solterón de Tintín, reportero intrépido, tenía a Milú! Me habla de convivir con un perro como si estuviese exento de ciertas obligaciones terroríficas: dar a diario cuatro vueltas a la manzana con un botellín de agua, recoger las defecaciones, comprarle chuches si se porta bien –¿y si se porta mal?– o llevarlo al veterinario de urgencias donde tengo entendido que clavan unos sablazos apocalípticos. Luca Zennaro / EfeYo no digo que me disgusten los perros, como tampoco los nietos de los amigos, las broncas entre lectores a cuenta de ciertos artículos en la web –más divertidas a veces que el texto original– o la fiebre homérica que nos invade. Me limito a rechazar obligaciones superfluas, lutos adicionales y todo lo que conlleva apechugar con un can aunque se llame Michigan, Pichichi o Taras Bulba.Mala señal cuando alguien quiere que pongas un perro inocente en tu vidaReconozco que los perros son los últimos seres vivos en Barcelona que saben que quien paga, manda, y que en dos días te camelan, como el colectivo de rubias de pote pero intuyo que empiezas paseando un perro y terminas con plantas en la terraza, de esas que al regresar de vacaciones están más tiesas que la mojama.Mala señal cuando te aconsejan poner un perro en tu vida y no una novia en Alcalá que ni es novia ni es na. Algo estás haciendo mal o acaso eres sospechoso de llevar una vida contraria a la “salud emocional”, un concepto de moda donde cabemos todos y todas.Y para zanjar el rechazo, me gusta apelar al mismo argumento que ofrezco a quienes quieren presentarme a una amiga majísima que se acaba de divorciar y no quiere compromisos sino airearse –ya–, otra iniciativa popular cargada de buenas intenciones.–¿No has pensado en la vida que le daría yo al pobre perro?Nacido en Barcelona, licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y becado un curso en la Missouri-Columbia University, entró en 'La Vanguardia' en 1982, donde ha hecho casi de todo. Corresponsal en Hong Kong (1987-1993), Washington (1993-96) y París (1996 al 2000). Ha cubierto tres elecciones presidenciales en EE.UU., tres en Francia, las guerras de Kuwait, Irak, Ucrania y Gaza, los funerales de Hiro Hito, Rajiv Gandhi, Deng Xiaoping, Nixon o Hassan II, el 11-S de Nueva York, el accidente nuclear de Fukushima así como tres mundiales de fútbol y los JJ.OO de Seúl, Barcelona, Atlanta y Atenas. Redactor jefe de Internacional y actualmente articulista del diario. Ha perpetrado tres libros: 'Menuda tropa', 'Esta ronda la pago yo' y 'Cuando de dejan'.
No tengo perro, ¿es grave?, por Joaquín Luna
De vez en cuando, mi hijo amenaza con regalarme un perro, convencido de que le pillaré cariño, verá conmigo el fútbol en televisión y ayudará a rehacer mi vida –al parecer, material de derribo– porque sostiene que se liga mucho o, como mínimo, más saludablemente que en los...








